I

Estaba amaneciendo. Un día de principios de invierno, como cualquier otro, húmedo, frío, desangelado, pero tan diferente al resto. Se encontraba frente al espejo, con la barba postiza en la mano, vestido con los pantalones de faena y con el corazón bombeando sin parar. En cualquier momento esperaba ver a su padre entrar en la habitación con ojos angustiados, al igual que en cada ocasión en que se introducía de incógnito en uno de sus casos.

Su amoroso padre, que los malnacidos con los que peleaban casi, casi se lo habían arrebatado.

Dudó entre colocarse la barba o la camisa, justo en el momento en que escuchó abrirse la pequeña y delgada puerta de acceso a su cuarto. Bueno, llegó el sermón habitual de su pertinaz padre.

Rob no era la voz de su padre, sino otra, igual de familiar pero mil veces más grave y ronca.

¡Diablos! Peter.

El estómago le dio un vuelco. A través del pequeño espejo, lo suficientemente grande como para ver únicamente el reflejo de su rostro, observó cómo su amigo se situaba en el lateral de su todavía revuelta cama y su corazón incrementó la velocidad de los latidos, sin previo aviso, ni razón alguna que lo justificara. ¿Por qué se ponía nervioso, si no estaban enfadados ni discutiendo, por el momento?

Alcanzó con frenesí la camisa color crema y casi se la colocó al revés antes de volverse para fijar la vista en su mejor amigo, con un inmenso interrogante contenido en su mirada azul.

Sonreía con su más que evidente incomodidad, el muy cabrón, y llevaba algo oscuro y alargado en las manos.

Peter, casi está amaneciendo, ¿qué haces aquí?

No podía dejarte ir sin llenarte esa terca cabezota de instrucciones, algo de sesera y proveerte de armas, ¿no crees?

Rob sonrió. No tenía solución. El que nace mandón muere aun más mandón, nunca menos, y a Peter el dicho le iba como anillo al dedo.

He dejado a Doyle en la cocina con tu padre, intentando tranquilizarle o mejor dicho sosegarse mutuamente, aunque no sé yo...

La mirada de Rob se fijó en lo que portaban las fuertes manos.

¿Qué llevas ahí?

¿Tu qué crees?

¿Le estaba provocando?

Peter el aviso en su voz le resbaló descaradamente por la gruesa piel de elefante mientras esos negros ojos brillaban de humor.

Un regalo.

Los azulones ojos se le iluminaron, ocasionando que los de su amigo se llenaran de ternura.

No tienes enmienda ¿verdad? inclinó la cabeza y le recorrió con la mirada, provocando que tragara aire incontroladamente los regalos te pirran y como sé que mis invenciones te vuelven loco, hace unos días decidí fabricar algo especial para ti.

Dios, me va a dar algo como no me lo enseñes.

La inmensa figura se acercó lentamente dejando que apreciara la maravillosa obra de arte que llevaba entre las manos. Se asemejaba a unas suaves correas cruzadas, en cuya parte central se ubicaba una delgadísima y rematada funda. Sus ojos, curiosos e ilusionados se dirigieron a los negros que le observaban esperando a ver su reacción.

¿Qué demonios es?

Peter hizo un suave gesto como pidiéndole permiso para aproximarse y él solo pudo asentir. Avanzó hasta quedar a un paso.

Quítate la camisa.

¿Qué?

Hazme caso.

Notaba la ligera impaciencia en el tono de su mejor amigo, pero sus músculos no terminaban de moverse.

Por favor...

Como seguía sin abotonar y flotando abierta mostrando parte del pecho, le resultó sencillo, pero al mismo tiempo le costó un triunfo hacer lo que le pedía, incluso tras la suave súplica.

Se sentía avergonzado y algo vulnerable, lo cual era estúpido; por Dios, era su mejor amigo y en más de una ocasión se habían bañado en el río desnudos, claro que de niños, no con el impresionante aspecto que tenia Peter ahora. ¿Por qué diablos se estaba poniendo colorado? Por todos los..., tenía que controlarse.

Peter extendió las manos en su dirección con cautela, como si tuviera miedo de asustarle y dejó que observara la piel trabajada con mimo, extremado mimo, por el brillo que mostraban las tiras de piel.

Tendrás que cruzarlas sobre tu pecho y espalda, bajo la camisa, y las fundas quedarán ubicadas en la zona de tus paletillas, rozando los hombros para tener un fácil acceso a los puñales.

¿Puñales? Dios se estaba poniendo duro solo de pensar la maravilla que le había fabricado, como si le leyera la mente y supiera aquello que más deseaba, no, aquello que más necesitaba. Era un cabronazo, pero era su cabronazo.

Bueno, no suyo, en un sentido extraño, eso. Suyo, en el sentido de su mejor amigo, claro, eso quería decir, su mejor amigo, su inmenso mejor amigo. ¿Y por qué demonios estaba pensando estas idioteces?

¿Cómo me lo pongo?

Peter indicó, con un ligero gesto de la oscura cabeza, que se girara, que le diera la espalda y así lo hizo. Esperó pero nada ocurría por lo que giró la cabeza hacia un lado, entrando la oscura forma en su rango de visión. Su amigo estaba quieto, absorto, mirándole la espalda desnuda, sus ojos resbalando por toda la extensión dirigiéndose hacia abajo ¿imaginando cómo colocarle la correa? Se volvió de nuevo mirando hacia la pared y el espejo hasta que sintió que deslizaba unos de los extremos encajándolo en el brazo y después, lentamente, en el otro.

Era suave, muy suave y ligero. Y faltaba algo.

¿Qué va dentro?

Una mano aferró su antebrazo y le giró hasta quedar el uno frente al otro.

Esto.

Peter sujetaba una funda en la mano y la abrió. Dentro había dos puñales con un aspecto de lo más extraño y estilizado, mortal, afilados como cuchillas.

¿Los fabricaste tú?

Ajá.

¿Cuánto tiempo te llevó? Son hermosos.

Y letales Peter fijó la mirada en él. Le miraba de un modo extraño. No importa el tiempo que me llevaran, lo que importa es que sean útiles. Tienen un equilibrio perfecto para ser lanzados y un filo que rasga todo, absolutamente todo sonrió con esa sonrisa que calentaba el aire que les rodeaba así que, cuidado con esos deditos torpes, amigo mío. Vuélvete.

De espaldas por segunda vez, sintió que deslizaba esas máquinas de matar en las planas fundas, quedando los finos y labrados mangos rozando sus hombros, a una distancia perfecta para asirlos. ¿Cómo había podido calcular tan a la perfección las distancias? Tenía que saberlo o la duda se iba a implantar en su cerebro hasta desquiciarle.

¿Cómo has conseguido...? Peter no le dejó seguir.

¿Calcular la forma para que encajara a la perfección?

Sí.

Conozco tu cuerpo como si fuera el mío, amigo lo dijo mirándole de frente, y su mirada parecía querer decir algo importante, algo que Rob sintió que debía comprender, algo importante, realmente importante para Peter, pero no alcanzaba a aferrarlo, como si en parte tuviera miedo de llegar a comprender lo que significaba.

Eso lo dejó amedrentado mientras su amigo seguía observándole con los ojos entornados, las largas y curvadas pestañas casi ocultando las dilatadas pupilas que apenas se distinguían del color que las rodeaba y ¿por qué se estaba caldeando el ambiente de la habitación?

Tenía que decir algo, cualquier cosa, para romper la tonta y repentina tensión surgida entre ellos.

Te prometo que los cuidaré con mi vida.

Su amigo lanzó una carcajada, una preciosa carcajada, de las pocas que surgían de esa boca.

La idea es al revés, lerdo, que ellos cuiden de ti.

Sonrió en respuesta porque se sentía incapaz de hacer otra cosa.

Ponte la camisa.

La alcanzó del mismo lugar donde la había depositado, encima de la cómoda junto al espejo, y se la colocó, con suavidad, encajándola en su lugar, sintiendo junto a su piel la tranquilizadora sensación que le ofrecían las dagas. Dios, eran sencillamente impresionantes. Apenas sentía el peso de lo ligeras que eran y...

Peter aferró ambos bordes de la camisa, tiró de ellos y lentamente comenzó a abotonársela, con calma, una engañosa calma, por la tirantez que se había adueñado de esas recias manos, formadas para luchar.

Algo iba a ocurrir...

Rob, tenemos que hablar.

Su mente no dio la orden, podría jurarlo ante quien fuera. Sus malditas manos obraron a su libre albedrío al cubrir las de su amigo, parándolas de golpe, haciendo que esos ojos de obsidiana se dirigieran de inmediato hacia los suyos, las manos unidas. Apretó con fuerza, las miradas trabadas. La negra mirada cayó sobre sus labios. Sus bocas chocaron. Brutales.

Los alientos se entremezclaron, las manos temblaron unas encima de las otras, los cuerpos se tensaron asustados por lo que sentían. Su mente no conseguía procesar lo que le estaba ocurriendo. ¡Peter!, Peter le estaba besando, esos labios presionaban los suyos, suaves y calientes, agresivos y perturbadores, cada vez con más fuerza hasta sentir algo cálido que acariciaba su labio inferior. Esas compactas manos que hasta hace un instante estaban unidas a las suyas, se deslizaron hasta posarse en su desnuda cintura, rozando con sus yemas los cubiertos glúteos, apretando con fuerza, dándole calor, asfixiándole...

¡Chicos! ¿Qué diablos hacéis? la puerta se abrió de sopetón, y ambos dieron un salto librando un espacio entre ellos de al menos diez palmos.

¡Joder! será... el gruñido surgió de labios de Peter causando que su hermano lo mirara con esos ojos plateados, como platos.

Bajo el marco de la puerta Doyle observó con detenimiento la escena que ofrecían ambos hombres, el estado de semidesnudez de uno de ellos, la mirada furiosa que le lanzaba su hermano, sin cortapisas, y la azulona, totalmente perdida del otro, y sonrió, ampliamente, como si solo él conociera y se regodeara con un delicioso secretillo.

Chicos, es hora de bajar. Cuando estemos decentes del todo, claro, y si habéis terminado con lo que he interrumpido, faltaría más ¿o queréis otro momentito para vosotros?

Con una risa de maniaco total lanzó un juguetón guiño a su hermano. Peter reaccionó lanzando un rugido y escapó a grandes zancadas en cuanto su hermano menor movió un pie en su dirección. Siguiendo un impulso natural, Peter persiguió al mayor pero antes de continuar permaneció en la puerta un instante, dubitativo, con la espalda en dirección al interior de la habitación, hacia su mejor amigo, los nudillos blancos contra el marco lateral de la puerta y habló en un susurro apenas perceptible.

Júrame que volverás.

Rob tragó en seco. Entre lo sorprendido, atontado y aterrado que estaba, no pudo soltar palabra. Peter continuaba de espaldas, rígido como una barra de inflexible metal.

Júralo, Rob.

Lo intentaré, Peter, lo intentaré.

La tensa figura asintió con un gesto suave y partió en busca del hermano.

Amor entre acertijos
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