I
Mere decidió que su familia era cualquier cosa menos normal. Podría jurar que en otras familias se concedía a los novios cierto periodo de transición. Al fin y al cabo, el matrimonio era un paso arriesgado en la vida de una persona, una decisión esencial, trascendental, ¿angustiosa? Podía salir bien, regular o rematadamente mal. Su mente rugía mientras firmemente sostenida de la mano por John, se deslizaba por la escalinata de su nuevo hogar en dirección al salón, impresionada por el alboroto que se escuchaba en su interior.
El escándalo resultaba inconfundible. La secta Evers al completo, reunida y al acecho. Intentó sin demasiado esfuerzo soltar su húmeda mano para restregársela en el vestido, pero John afianzó con firmeza su presa, como si temiera que si se le daba la oportunidad fuera a desaparecer. Mere contempló brevemente la posibilidad de sentarse en uno de los escalones como forma de protesta hasta que su familia se diera por enterada y evacuara la mansión, pero en su fuero interno sabía que resultaría inútil. John la llevaría en volandas, enfureciéndola y, para colmo, sus hermanos eran unos tercos insistentes, además de cotillas, capaces de instalarse en la habitación hasta que pudieran verla y darle su bendición.
Su mente rebuscó obsesivamente cualquier forma de escaqueo. Nada surgía.
¿Y no podríamos volver y achucharnos un poquito más? susurró esperanzada. Pese a encontrarse situada tras él, dos escalones por encima, el grandullón aun le superaba con creces en estatura.
No me des ideas, enana. tras besarle en el cuello y la punta de la nariz prosiguió su camino tirando de Mere con más ímpetu.
John conocía a su familia, sus defectos, manías, preocupaciones y lealtades. Al fin y al cabo, se había criado entre los Evers; por ello, no extrañó a Mere que su previsión resultara tan exacta como un reloj de fabricación suiza. Estaban todos a la espera, expectantes, y el escrutinio al que sometieron a ambos tan pronto cruzaron el umbral, fue detallado y exhaustivo. En realidad fue más bien un fugaz e intenso repaso corporal seguido de gestos paternales de satisfacción. Mere no pudo evitarlo.
¿Hemos pasado la prueba? lanzó extendiendo los brazos, girando sobre sí misma y terminando con un ligero traspiés.
Sus hermanos se observaron entre sí.
Estamos satisfechos, renacuajo.
¡Que no me llaméis eso!
¿Estamos protestones hoy o es que alguien no quería levantarse de la cama en un día tan espléndido e íntimo? su hermano Jared enarcó las cejas. Las risillas, incluida la de John, que sonaron por todo el salón hicieron que Mere se sonrojara hasta la raíz del cabello.
Dejad a vuestra hermana en paz su santa madre se le acercó y tras observarla detenidamente la abrazó contra su pecho. Hola cariño, veo que el matrimonio te sienta bien. Estás sonrosada la frase ocasionó un incremento en el volumen de las risas y un ocasional e insinuante silbido. Su madre sonrió con dulzura. Cielo, ignórales y bienvenida al farragoso y agotador mundo de las mujeres casadas.
Esa extraña, y por otro lado típica, bienvenida tranquilizó a Mere ya que si su madre había disfrutado tantos años de matrimonio, ella también podría. Claro que al gruñón le encantaba mandar mientras que su padre era un bendito varón. Se encogió de hombros. Ya bandearía los problemas según surgieran. Por ahora tenía toda la intención de ponerse morada a suculentos bollitos de crema y empanadas con leche durante el desayuno familiar, ya que el día se había abierto ante sus ojos brillante y soleado. Agarrando uno de pasada, en dirección a unos de los asientos situados junto a la larga mesa de cedro, y tras relamerse, suspiró de placer, satisfecha, mientras se ubicaba entre su hermano Jared y su propio, y en exclusividad, señor esposo. Repitió en su mente esa palabra varias veces. Esposo. Sonaba a gloria...
¿De acuerdo, cariño?
¡Oh, oh! Tragó como buenamente pudo el resto de la empanada.
¿De acuerdo?
Sí, que si estás de acuerdo demonios, el ceño del gigantón ya empezaba a fruncirse.
Creo que no te ha escuchado, cuñado. ¡Ja! Tan solo lleváis un día de casados y ya te ignora a Mere le surgió un casi incontrolable arrebato por escupir a su hermano Jared en el ojo. Se giró fulminándole con la mirada.
Sí escucho, so lerdo el ceño de John aumentó. No te lo decía a ti, sino al tontolaba ese con su índice señaló a su hermano. Dirigiéndose a John de nuevo musitó, rebosando dulzura ¿qué decías?
Ahí estaba de nuevo esa femenina y atolondrada risilla. Como su hermano volviera a sonreír, tan siquiera mentalmente, se iba a abalanzar sobre él, bollitos incluidos, y al demonio con todo.
Maldición, Mere. No es que no te cuente las cosas, sino que no me escuchas cuando hablo runruneó su marido resignado.
¡Sí escucho!, casi siempre... Las cejas masculinas se enarcaron hasta el infinito ¿Algunas veces? Bueno, no todos tenemos tu portentoso poder de concentración, marido.
Vaya, parecía que el sonido de esta última palabra sosegaba a la bestia. Incluso sonreía. La miraba de nuevo de forma hambrienta. Mere comenzaba a reconocer esa mirada y lo que la solía acompañar. Solo imaginar lo que estaría cruzando por la mente de John le provocaba una inquietante mezcla de sudores y escalofríos.
Estaba comentando que mañana, tras volver del despacho, podríamos salir de compras.
¡Oh!
Diantre. Odiaba salir de compras, probarse infinidad de vestidos hasta el desfallecimiento y que la pincharan con los alfileres al tener que soltar las apretadas costuras para agrandarlos. Siempre ocurría igual, las refinadas y estilizadas costureras la miraban como si fueran a enfrentarse al mayor reto de su existencia, lo que terminaba siendo una pesadilla en toda regla; aunque el ir acompañada del grandullón podría resultar una experiencia nueva. Se le ocurrió una idea prodigiosa.
¿Y por qué no hacemos una cortísima visitilla a la tienda de Norris y... las caras de los presentes, de todos los presentes, incluido su amoroso padre, se tornaron recelosas...y le invitamos a tomar un té con pastas?
No era eso lo que ibas a decir soltó su marido. ¡Rábanos! ¿Acaso le leía el pensamiento?
No, no te leo la mente, enana. Simplemente he convivido contigo años y años y sé cuando planea algo y tiene toda la intención de ocultármelo. A tu avanzada edad ya deberías haber aprendido que es más sencillo rendirse y soltarlo cuanto antes. Tienes la endemoniada costumbre de...
Mere le observó con detalle ¿Le acababa de llamar vieja? Sacudió la cabeza a ambos lados. Tenía que haber sido un lapsus de su oído interno o externo o que su cerebro no procesaba bien esa mañana.
Y bien, ¿me lo vas a contar o tendremos que discutir de nuevo?
¡Vieja! Su mente se había congelado en tal espeluznante palabra. Se negaba sistemáticamente a moverse hacia adelante ni hacia atrás y mucho menos a atender lo que intentaba explicar el gruñón. Congelada, sin más, en esas horripilantes palabras, avanzada edad. Sentía que la furia se iba adueñando de ella.
¡Meredith!
Estoy estupenda, ¡podenco!
Su padre y sus hermanos se le quedaron mirando como si hablara en un idioma desconocido para ellos, ajeno a su entendimiento, y John no les iba a la zaga. Se dirigió exasperado hacia la única figura en todo el salón que en esos momentos podía vislumbrar los derroteros por los que navegaba el pensamiento de Mere
Tía Mellie, habla con ella porque a mí me falta un suspiro para pegarle un bufido o darle unos azotes para ver si entra en razón ¡de una maldita vez! por un breve momento pareció sopesar si llevar a cabo su amenaza, incluso lo acompasó con un corto movimiento hacía la figura femenina, pero se le adelantaron. Y dile que me atienda cuando hablo, y ¡que no me llame podenco!
Hija, claro que estás estupenda y... lozana.
Mere abrió los ojos como platos. La boca hizo de acompañamiento hasta que la cerró de golpe, tras digerir lo escuchado.
Y ahora, además de vieja, ¿gooorda?
No, cielo, he dicho lozana.
Mere lanzó un vistazo desconfiado en dirección a su madre hasta que distinguió la sinceridad en su rostro. Se relajó, pero no duró, ya que desde el otro extremo de la habitación se escuchó una especie de murmullo quejumbroso, seguido de un sonido incomprensible y otro amortiguado.
Y qué si está lozana, a mí me chifla redondita y rolliza... se escuchó el reconocible sonido de un pisotón ¡No me pises, idiota! Es que me gusta así...
La escena que se presentó ante Mere al girarse era difícil de creer. Sus hermanos rodeaban a John, cercándole, evitando que se escurriera entre ellos mientras este último se sujetaba el pie izquierdo e inclinado y parejo a su mismo nivel, se encontraba Jared intentando taparle la boca, sin obtener resultado alguno.
Es que me gusta tener donde agarrar así que no puede convertirse en uno de esos palos de escoba tiesos y envarados que a... mordió la manaza que le intentaba tapar la boca.
¡Me has dado un tarisco! con un raudo paso hacia atrás Jared comenzó a inspeccionarse al detalle los mordisqueados dedos.
Mere salió de su estupor. Decididamente su familia se salía de la norma, pero pese a ello, eran los suyos y además, lo que había logrado escuchar le bastaba para paliar su mal humor.
Estáis actuando como niños ¿Queréis dejar en paz a mi recién estrenado marido?
¿Ahora sacas la cara por él?
Claro, es mi marido simplemente, por la expresión instalada en el rostro de su grandullón, valía la pena doblegar algo su orgullo. Tan solo un poquito, nada que no pudiera enderezarse más adelante. ¿De verdad te gustan mis curvas aunque sean muchas?
Su marido le sonrió con total desvergüenza y su cálida mirada la recorrió desde la punta del cabello al borde del largo vestido.
Sin tus muchas curvas no serías mi Mere.
Mere infló el pecho.
A mí también me gustas, tal como eres, marido.
La sonrisa recibida le fue devuelta con creces.