XI

Tal y como habían quedado, tras pasar por su casa y mudarse, se dirigió hacia la mansión Aitor, donde le esperaban su padre, la abuela y el resto de las mujeres. Algo le inquietaba, debió haber insistido a los hombres y participar en el traslado, aunque se hubiera ganado una paliza. De antemano sabía la respuesta pero quizá...

Sacudió la cabeza ya que era demasiado tarde para dar vueltas a esa posibilidad. Subió la escalinata de la entrada y llamó con un suave repiqueteo de la aldaba que pendía en la puerta no tardando el servicio en abrir y darle paso hasta la sala donde estaban todos reunidos ultimando los preparativos para la sesión en la que pretendían pillar a Selena Saxton, esperando noticias, reconcomiéndose por dentro.

Las preguntas no se hicieron esperar. Aguantó estoicamente hasta que callaron.

Les dejamos en el punto de contacto y después nos echaron. Robbins me siguió como siempre, el condenado, así que me vi forzado a esquivarle y no me permitió volver donde los demás. A estas horas ya habrán sacado de allí a Mere y dejado vigilada la casa por si trasladan de nuevo a los muchachos. Creerán que han escapado y no darán la alerta por el miedo que tienen a Saxton, siempre que el elemento que capturó Peter el otro día, no mienta.

La siguiente pregunta, la que a todos preocupaba, la formuló la abuela.

Entonces ¿todo ha ido bien?

Hasta donde yo sé, sí. Dudo que los hombres hayan obrado de manera diferente a como lo planeamos, así que solo queda esperar a que lleguen con Mere y con alguno de los muchachos para plantar mañana a primera hora toda la información recabada al lombriz el suspiro y relajación e incluso alguna risilla fue colectivo a ver si se atreve a pararlo, el muy...

¿El lombriz?

Mi superior, papá, ya sabes.

¿El atontado ese, del que despotricas en sueños?

Rob miró a su padre con los ojos desorbitados.

¡Padre!

Hijo, es que me preocupa el grado de desacuerdo que tienes con ese hombre. Le llamas inspector jefe lombriz mientras duermes.

¡Eso no es cierto!

Sí lo es.

Que no.

Sí, hijo. Más de una vez; muchas, en realidad.

¡No me acuerdo!

Claro, es que lo haces en sueños y a veces refunfuñas sentado en la cama con los puños cerrados y le dices que es apestoso y que ojalá le explotara la cabeza delante de la reina.

¡Padre! Eso es privado.

Oh, vamos, hijo, estamos en familia.

Y por las expresiones de la familia, lo estaban disfrutando enormemente. Los colores se le estaban agolpando en la cara. Nadie le iba a tomar en serio, solo faltaba que su padre les dijera que a veces tenía que dejar lumbre en su habitación para aparcar las pesadillas.

Tenía que parar la escalada antes de que fuera a más.

Bueno, eso es lo de menos porque no va a ocurrir.

¿Lo de la reina?

¿Le estaban tomando el pelo?

¡Lo de explotarle la cabeza!

Vale, hijo, no te sulfures, con la edad te estás agriando.

¡Padre!

Solo Peter te aguanta últimamente.

Lo que le faltaba, que sacaran el tema que más le aterraba en estos momentos. Después de lo del otro día, lo del..., eso que ocurrió. Un escalofrío le recorrió la espalda y comenzó a notar algo estrechos los pantalones.

Dios, tenía que pensar en otra cosa, pero ¡ya! No en esos labios, no en esos labios ni esa lengua. El lombriz, lo mejor era pensar en el lombriz, eso, en el apestoso lombriz.

Gracias a los cielos daba resultado.

Le aterraba enfrentarse de nuevo a esos ojos oscuros. Y por nada del mundo iba a quedarse a solas con él, y menos medio desnudo.

Les dio tiempo a disfrutar de unos minutos de tranquilidad hasta que desde el interior de la casa se escuchó una tremenda algarabía, voces entremezcladas de hombres adultos, discutiendo unos, tratando de mediar otros, y supo que el plan se había malogrado al completo. El peso que sintió instalarse en su cuerpo, unido al cansancio de haber estado toda la noche alerta, conduciendo el carro, pudo con él. Se dejó caer en uno de los sillones y se quedó contemplando a los demás que entrecruzaban miradas de inquietud y preocupación.

La abuela y Norris se levantaron como resortes, al unísono, tan pronto se abrió por segunda vez la puerta de la habitación. Las mujeres permanecieron sentadas, enlazadas sus manos.

El aspecto de los hombres que cruzaron el dintel era de derrota, de un fracaso que se dejaba intuir en sus rostros, en sus posturas y en el aire que les rodeaba.

¿Dónde está?

Nadie contestó.

¿Dónde está mi niña? Por favor, ¿John?

La enrojecida mirada del hundido hombre al que se dirigía no parecía regir, estaba perdida y dolida, enfurecida. Los hombros encorvados como los de un anciano.

Los perdimos, abuela...

No negaba con la cabeza como si no fuera suficiente con lo que sus labios negaban.

Abuela, por favor.

No quiero oírlo. Quiero a mi nieta, por favor, necesito tener aquí a mi nieta, segura, conmigo.

Los perforaba con esos ojos tan parecidos a los de ella, tanto que John no pudo sostener la visión de la angustia que comenzaba a reflejarse en ese magnífico y extrañamente calmo rostro, tan parecido al momento en que llegó a la casa en busca de un herido Norris.

Le era imposible dominarse, no con ella ahí fuera.

Si en quince minutos no tenemos trazado un plan de rescate voy en busca de Martin Saxton y al infierno con todo. No permitiré que mi Mere, que mi Mere...

Jared y sus hermanos se colocaron a su espalda, en un apoyo tácito, inquebrantable. Nadie les robaría a su hermana.

Amor entre acertijos
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