I

Petrificado. Totalmente. Le estaba besando. Rob le estaba besando con esos suaves labios que le traían por la calle de la amargura y estaba tan nervioso que no conseguía moverse, ni reaccionar, cuando una de sus manos se deslizó desde su mejilla hasta el lateral del cuello, donde el pulso parecía a punto de reventar la vena que lo recorría, palpitando una y otra vez, al mismo ritmo de su desquiciado corazón.

¡Dios! Era a él a quien le estaba dando un virginal ataque de nervios.

Estaba aterrorizado. Y repentinamente, como si una despiadada patada le hubiera golpeado en pleno plexo solar, se dio cuenta de que no estaba preparado. No lo estaba...

Arriesgarían tanto. Y el hombre que tenía a su lado, sin dobleces ni triquiñuelas, honrado hasta la médula, merecía más de lo que él podría darle con su rabiosa, torturada mente y usado cuerpo. Era un sueño, un estúpido e infantil sueño, del que tenía que despertar.

Esos perfectos labios se separaron de los suyos y con ellos la cálida figura, haciéndole sentir un repentino y penoso escalofrío.

¿Pete?

Odiaba la duda y el miedo reflejado en esa simple palabra, pero le resultaba imposible responder como esperaba de él. Imposible. No ahora.

Y aborrecía el dolor y la vergüenza que le iba a causar.

Pete, ¿qué te pasa?

Dejó caer la cabeza y sintió que la mano que hasta hace unos segundos acariciaba su cara, se apartaba a paso lento. No pudo mirarle, aunque lo deseaba. Y lo deseaba por encima de todo, pero estaría vencido si claudicaba. Comenzaba a sentir en su piel la transformación en la mirada azulada, de cálido a gélido, y en parte lo entendía ya que era él quien había dado pie a más, a mucho más que una buena amistad, a algo que ahora iba a rechazar, sin dar ni una mínima y debida explicación.

Háblame.

Rehuir su mirada respondió por sí solo y la reacción tampoco se hizo esperar.

No me jodas... Rob le miraba atónito como aguardando a que le dijera que le estaba tomando el pelo, pero no lo hizo, y la mirada se fue endureciendo, con rapidez. Eres un cabrón, pensaste que te rechazaría ¿verdad? ¡Lo pensaste! y pese a ello me dijiste todo eso. ¿O acaso es una puta broma para pasar el tiempo o probar algo diferente que se te pasó por la cabeza? Probemos al rubio para pasar un buen rato. ¿Es eso, Pete? Dime, ¿es eso?

No estaba preparado y tenía razón. ¡Dios!, él tenía razón. Siguió callado, casi sin respirar.

No creyó que Rob se arriesgara por él, que arriesgara todo lo que tenía por él, y por ello actuó sin pensar. Maldita sea, debió callar, no debió besarle el otro día, no debió ilusionarse y jamás debió hacer partícipe de sus sentimientos al hombre que le miraba con la traición llenando esa azul y destrozada mirada.

Contéstame, pensaste que... Rob dio un paso hacia atrás, rabioso ¡contéstame de una jodida vez!

Tú lo has dicho.

El estilizado cuerpo se estiró cuan alto era, los puños se cerraron y por un diminuto instante Pete creyó que pelearían, que Rob lanzaría el golpe detonante del estallido en la descomunal bola de sentimientos que guardaban entre los dos, y que se destrozarían a puñetazos.

Tensó el cuerpo a la espera del impacto.

No llegó. Pero en ocasiones las palabras dañaban más, o puede que el inmenso dolor que se percibía entre líneas, lo hiciera.

No vale la pena ¿verdad? Para ti no vale la pena.

El frío que sintió en su interior se extendió y por un segundo por su mente cruzó la loca idea de mandar todo al diablo y proponerle que se largaran lejos, a un lugar donde nadie les juzgara, donde no les conocieran ni aborrecieran, pero no serviría. No podía separar al hombre que le miraba con odio de su padre, de su vida, porque le estaría pidiendo que matara una parte de sí mismo.

Sabía qué responder para romper completamente a su mejor amigo.

No..., no lo vales.

Los azulones ojos se agrandaron involuntariamente.

Jamás en tu puta vida, vuelvas a hablarme de tus jodidos sentimientos ¿oyes, Peter? ¡Jamás! pasó las manos con desesperación por sus leonados mechones, tan rebeldes ¿querías amistad? La tienes y la tendrás. Nos conocemos desde la niñez y... Rob aspiró con rudeza y anduvo tres pasos alejándose de la oscura figura que permanecía silenciosa. Respiró de nuevo y sus hombros se encorvaron como los de un anciano. La voz que surgió, el tono, era de capitulación, de total rendición. Está bien, si así lo deseas, quizá tengas razón, quizá no debimos hacer una locura para la que no estábamos preparados lanzó una risa que a oídos de ambos sonó falsa, engañosa, para afrontar el dolor, pero ninguno de ellos reconocería eso ante el otro para lo que no estás preparado.

Eso le llegó.

Rob...

No.

Escucha, maldita sea.

¡No! Nunca más, amigo. Nunca de nuevo.

¡Dios! Le estaba ofreciendo una salida, una salida que él mismo había tapiado al hablar.

Tenía que decirle algo, evitar que lo que dijeran fuera a más, y así lo hizo pese a su agarrotada laringe, pese a saber que con ello terminaría de destrozarle.

Es lo mejor no parecía su voz, más grave de lo habitual fue un tonto error, confundí mis sentimientos, pero todo está bien ahora. Con ese beso, con ese..., bien, he recapacitado..., no eres lo que quiero.

Rob estrechó los ojos hasta casi hacer desaparecer el color en su interior.

¿Por qué lo estás haciendo? Estás mintiendo, Peter. Estás...

No me hagas humillarte.

Algo indefinible cambió en los ojos que le atravesaban y supo que no insistiría.

Claro, amigo, un tonto error una sonrisa forzada se adueñó de esos labios que acababan de besarle. Seguro que nos esperan en algún lugar un par de hermosas mujeres para caer rendidas en nuestros brazos. Como si nunca hubiera pasado ¿no crees? Es lo mejor. Como acabas de decir, es lo mejor... para todos.

La sonrisa que perfilaba los labios parecía congelada en ellos. La rubia y leonada cabeza se irguió de repente y se volvió hacia la oscura. Como si nada hubiera ocurrido. Le dolió y al tiempo se recriminó por sentirse dolido al escuchar esas malditas palabras de boca de su mejor amigo.

Se lo había buscado él solo, con sus jodidos miedos.

Rob se dirigió hacia la puerta, aferrando de pasada el resto de la desperdigada ropa, manteniendo la distancia entre ambos.

Vamos. Debemos organizar la audiencia en la policía. Lo mejor es que quedemos con los Wright allí mismo dudó brevemente ¿vendrás?

Hizo la pregunta retándole a ir. Si no le conociera tan bien podría haber pasado por una inocente pregunta, pero no lo era. Bajo la superficie se saboreaba la furia, la ira y el desengaño.

Peter observó detalladamente al hombre al que había hecho pasar por un suplicio y se dijo por enésima vez que era lo mejor para ambos, pero una vocecilla le repetía lento, una y otra vez ¿a quién diablos quieres engañar? A sí mismo.

Amor entre acertijos
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