II

Las paredes que lo rodeaban le calmaban un poco. Incluso Guang había desaparecido, espantado y dolorido, lejos de su alcance, tras recibir un par de golpes, fuera de control, en la sesión de práctica. ¡Joder!

Su ordenada, metódica y controlada vida se le estaba amotinando totalmente y la ira que le recorría la piel, hasta a él comenzaba a asustar.

Esas palabras en ese frió tono “no te quiero cerca de mí, me asfixias” rebotaban en su mente sin un maldito descanso. Sentía furia, una furia inmensa hacia el hombre de ojos azules que lo había desechado con tanta facilidad, como si nada significara. Y al mismo tiempo un pavor inmenso a no verle de nuevo, a no volver a verse reflejado en esos ojos.

No había vuelto aun y el tiempo se les echaba encima. Mañana por la noche era la maldita fecha en que proyectaban parar a Saxton y a la zorra, pero antes debían recuperar al atontado que se había lanzado de cabeza a las fauces de su demencia.

Ni él mismo se entendía, ni se reconocía, desde la maldita sesión de entrenamiento. No. No iba a engañarse a sí mismo, desde mucho antes no podía fijar la mirada en él sin que su corazón palpitara más rápido. Con el entrenamiento, simplemente, su cuerpo reaccionó sin control, poniéndose tan duro al sentirle bajo su cuerpo que casi explotó allí mismo. ¡Dios! Se frotó la cara al sentir de nuevo, solo de pensarlo, el inicio de una vergonzosa y apabullante erección. Estaba acabado.

Odiaba la sensación ya que no le era familiar. Él no estaba hecho para amar, ni querer, ni desear. Llevaba demasiado lastre tras de sí, demasiadas cicatrices, demasiado odio. Había tenido sexo con mujeres, con muchas; algo en él las atraía como la miel a las moscas y si lo hubiera deseado con otros tantos hombres, que sutilmente se le insinuaban, pero, hasta él con su rostro abierto, esa contagiosa sonrisa y esos ojos que quemaban, nunca se le pasó por la cabeza. Jamás se había sentido tenso, nervioso o atraído por otro hombre.

Su mente le susurró la palabra amor, pero la aplastó hacia un lugar oculto. Era imposible.

La puerta entreabierta se terminó de abrir dejando paso a la familiar figura de su hermano que lentamente se acercó.

¿Estás seguro de lo que vamos a hacer? se sentó a su lado, callado, tras formular la pregunta.

Es su padre, Doyle. Él decide y debemos respetarlo.

¿Y tú?

Los negros ojos se giraron hacia los plateados.

¿A qué te refieres?

Venga, Peter. Tengo ojos y llevo tiempo observando la manera en que le miras, en que le hablas. Creo que va siendo hora de que lo reconozcas de una puñetera vez el silencio se tornó espeso, denso.

Peter, hermano...

Este se levantó de repente, sorprendiendo a su hermano mayor y le dio la espalda, agarrotada. No podía hablar de ello, no en ese momento y no con Doyle.

Déjalo estar, D.

Peter.

¡Déjalo, he dicho!

Sintió la inquieta mirada clavada en él hasta que escuchó un suave y frustrado está bien, tras de sí.

Doyle decidió soslayar el vedado tema por el momento, hasta que llegara el tiempo oportuno para plantearlo de nuevo. Y por todos los diablos que en esa ocasión no admitiría evasivas. Estaba tan cansado de que su hermano rechazara toda posibilidad de encontrar la felicidad, esa maldita paz en su mente y en su corazón, tan huidiza en su vida, que se negara a aceptar que solo una persona podía dársela, tan hastiado de que no lo viera tan claro como él, que los dos se negaran a verlo, los dos idiotas obcecados.

Apartó el pensamiento de su mente y se centró en aquello que le traía a la sala de entrenamiento.

¿Qué ha dicho?

En dos horas hemos de estar preparados. Opina lo que yo, que seguramente lo tengan en la fábrica con el resto de los muchachos. Que puede que se sentó de nuevo, los nervios exaltados y no sabía si iba a poder decirlo se lo lleven a Saxton. Le obsesionan los hombres rubios de ojos azules. Joder, Doyle, le obsesiona Rob y cuando lo reconozca...

No llegaremos a eso, no lo haremos. Antes lo mataré.

Lo sé

Lo mataré, Doyle, y al infierno con todo. No permitiré...

Peter...

No puedo consentir que le...

Hermano en un impulso se arrodilló frente a su hermano, como hacía cuando eran pequeños, colocando suavemente la mano en esa tiesa nuca lo sé.

Tenía un maldito sollozo atascado en su cuello y él no lloraba, jamás lloraba. No lloró ni se rindió con la zorra y no lo haría ahora. Ahora debía centrarse, por lo que levantó la cabeza. Nadie le vería derrumbarse, ni siquiera Doyle.

Me haré pasar por un matón y entraré al atardecer con nuestro prisionero. Para entonces la mayor parte de los trabajadores habrán dejado sus puestos y los guardas no le pondrán la más mínima pega por la relación especial que al parecer le une a Saxton y a ella. Nadie pondrá en duda lo que diga.

¿Es de fiar?

No.

Joder, Peter. Te la estarás jugando con alguien que es un vicioso enfermizo al que devolveremos a su cubil. No es buena idea, no podemos...

No tenemos otra forma de entrar y si lo hacemos a saco, sabes que matarán a los chicos y con ellos a Rob. No se arriesgarán a que hablen. Además, a Webster le ha quedado claro que si da un paso en falso saldrá de allí con los pies por delante. Y créeme, le encanta su propio pellejo.

¿Refuerzos?

Guang, John, Jared, sus hermanos y tú mismo.

Doyle sintió su desazón mitigar un poco. La máquina de matar que era Guang les serviría de apoyo.

Bien, cualquier día le haré una genuflexión y besaré los pies a ese pequeño gran hombre.

El principio de una sonrisa se abrió paso en los llenos labios de su hermano.

¿Sabes? A Rob, Guang le da miedo y a Guang la suave sonrisa se instaló definitivamente en el angustiado semblante le chifla atemorizar a Rob. Creo que en el fondo se quieren.

Ya. ¿Y a quién no da miedo Guang?

A mí.

Es que también das miedo.

La enorme manaza le palmeó el brazo mientras sonreía. No se quejaba, al menos había desviado brevemente de la mente de su hermano la angustia que sentía por el hombre que amaba, aunque luchara contra ello con uñas y dientes. Terco, tan terco.

Amor entre acertijos
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