XI
¡Joder!, no cabía en sí del asombro. El hijo de mala madre ese le había amenazado, ¡a él! ¡Por hacer su trabajo!
Cómo había podido estar tan ciego. Ahora todo tenía sentido: el personal mínimo, las trabas a la hora de recibir ayuda, la imposibilidad de acercarse a sus otros superiores y solicitar consejo. ¡Maldito cabrón!
Se tocó con ligereza el cuello en el que aun se apreciaban las marcas. Todavía le molestaba.
Apretó los puños. Ese cabrón no sabía con quién se había metido. Si sus defectos en parte lo definían, desde luego la tozudez era uno de ellos. Llevar la contraria a las órdenes, pelear cuando le decían que se rindiera, enfurecerse con la injusticia y matar por su familia y amigos si los amenazaban veladamente, sobre todo a su padre, redondeaban su carácter.
Como se atrevieran a tocar un pelo de la cabeza de padre...
Imaginaba que le vigilaban, así que en lugar de dirigirse hacia su casa, callejeó hasta que logró despistar a sus seguidores, a costa de buscarse problemas en las callejas en las que se adentró.
Ya les había perdido de vista. Respirando con mayor tranquilidad se dirigió a casa de Peter. Hablar con él y con Doyle lograría que aclarara las ideas.