IV
Ni hablar la corta respuesta estaba dirigida a la inmensa figura de su insistente mejor amigo y desde hacía poco, cuñado, que intentaba asomar la cabeza para otear algo a través de su cuerpo, hacia el interior del dormitorio. Vamos a estar bien, mejor que bien y la mar de tranquilos al saber que estás en la alcoba de al lado. ¿Contento?
No demasiado, la verdad.
¿Estaba haciendo Jared pucheros? No se lo podía creer.
Tenía dos problemas esta noche. No, tres. El primero ya estaba solventado, aunque le había supuesto un esfuerzo sobrehumano hasta el punto de casi..., casi mandar al carajo a toda la familia e invitados que permanecían alojados en su casa, porque al parecer no querían alejarse demasiado de su mujer, por si acaso. Había terminado agotado de convencer, prometer y jurar ante los santísimos que su mujer no se le iba a escurrir de entre los brazos esa noche y desaparecer en la oscuridad.
El segundo también estaba solventado. Había mandado a Norris a su domicilio para que cuidara de su ronco, cotorro y algo maltrecho hijo y, en fin, para que Peter no lo terminara de estrangular. La despedida de Mere había durado una eternidad entre mimosos abrazos y besuqueos.
El tercer problema lo tenía ante él, vivito y coleando, haciendo chocantes pucheros en un hombre adulto y con la ropa de dormir firmemente agarrada entre sus musculosos brazos. ¡Ja! Ni que le fuera a enternecer...
No me vas a convencer.
¿Ni un poquito?
No
¿Ni hasta que os durmáis?
No
¿Serviría de algo una pequeña suplica?
¿Qué te parece?
Que eres muy terco.
Menuda novedad.
¿Ysi se resiente mi salud mental? Soy muy delicado...
¡Dios! A punto estuvo de reír. ¡Delicado! ¡Si tenía la gruesa piel de un hipopótamo! Nadie ganaba a Jared a terquedad, pero no en esta ocasión.
¿Más de lo que ya está? Lo dudo.
Suplico a las mil maravillas y..., siempre funciona.
Ahora no.
Jared resopló, frunció la boca y cargó de nuevo, insistente.
Apenas me muevo mientras duermo y no ronco.
Las cejas de John se enarcaron involuntariamente.
Vale, lo justito en un hombre de mi tamaño.
¡Que no!
Y soy blandito, doy calorcito por las noches y no soy un pegote, como tú..., y huelo bien y además Mere...
Suficiente. Dio un paso atrás y le cerró la puerta en las narices mientras escuchaba la risilla del pequeño torbellino hundida entre las sábanas.
Mientras se dirigía a la cómoda a dejar los gemelos y las monedas escuchaba el sordo sonido de refunfuños y protestas al otro lado de la puerta, pero ya se cansaría. Si algo caracterizaba a Jared, entre otras cualidades, era que, pese a su casi inagotable terquedad, se conformaba enseguida cuando apreciaba que las opciones quedaban totalmente agotadas.
Entonces, ¿no le dejamos dormir con nosotros, en medio?
John gimió mientras se despojaba de la camisa y los apretados pantalones quedando tan desnudo como el día en que nació.
Me estarás tomando el pelo ¿no?
¿Tú qué crees? Cómo le dejemos entrar, no nos lo quitamos de encima en una temporada y lo cierto es que esta noche te necesito para mí solita, marido y...
Esperó a ver lo que iba a decir a continuación pero al no escuchar sonido alguno, se volvió hacia ella, con rapidez. Algo no iba bien e intuía lo que era.
Le miraba con esos enormes ojos castaños y brillaban a rebosar de lágrimas retenidas.
Se acercó con lentitud como si su mente le dijera, le avisara, de que no debía hacer movimientos bruscos. Se sentó junto a ella en el lecho y posó la palma de su mano sobre su ligeramente hinchada mejilla, con tanta suavidad como pudo, como supo, emplear. Dios, si su enana se echaba a llorar, por el nudo que sentía trabado en la garganta, no tardaría en acompañarla.
Se había vuelto un blandengue desde la boda.
Algo le impedía apartar la vista hasta que una de esas suaves manos cubrió la suya y la voz femenina salió en un hilillo tembloroso.
Solo podía pensar una y otra vez en que no volvería a verte... John calló porque ella necesitaba hablar y aunque se le retorcieran las entrañas, por todos los infiernos que escucharía hasta que no pudiera más y aun así continuaría escuchando. Me dijo... ella tragó saliva con dificultad...me dijo que cuando terminaran conmigo, ya no le serviría a nadie alzó esa acongojada mirada. Al principio hablaron acerca de esperar a quien daba las órdenes, pero al final se enfadó y cambio de opinión de repente. Si no hubierais llegado..., yo... no sé..., no sé lo que...
Dios, le estaba destrozando escucharla, pero no podía cambiar lo ocurrido aunque diera su vida y todo lo que tuviera para echar atrás en el tiempo. No podía. Lo único que cabía era escuchar y borrar esos recuerdos con algo bueno, con algo que hiciera que esa noche terminara de forma totalmente opuesta a como habría finalizado de no haber llegado a tiempo. Y eso podía hacerlo.
Con extrema suavidad se deslizó hasta quedar con la espalda contra la cabecera de la cama y rodeó al pequeño torbellino entre sus brazos. Con una de sus manos le giró el rostro y besó con gentileza la herida que mostraba en la comisura del labio. Una y otra vez, hasta que sintió como ella apretaba su brazo comenzando a responder a sus caricias.
Esta noche ella llevaría las riendas ya que lo necesita para sentirse segura, amada y no amenazada. Harían lo que ella quisiera.