VIII

La cabeza le iba a estallar del nerviosismo. Le daba igual que la habitación estuviera junto a la de los Saxton, que las paredes lucieran pintadas con explícitos desnudos, que los espejos cubrieran cada esquina del cuarto o que estuviera tan iluminada como para apreciar cada muesca de la pared. Lo único fijado a hierro candente en su congestionada mente era la enorme cama que ocupaba el fondo de la habitación, llenando al completo media habitación.

La mujer, Hanna, le tuvo que dar un leve empellón para que sus pies siguieran la inercia del cuerpo. Tras él entraron los dos en la habitación. Ella se lo comía con los ojos y Peter los tenía entrecerrados pero la sonrisa plantada en sus gruesos labios no vaticinaba nada bueno. Iba a balbucear, lo sabía, como si pudiera escucharse con antelación, pero las farfulladas palabras no permanecieron quietitas donde quería que quedaran, en su laringe.

Hace algo de frío mentira, hacía un calor infernal mejor si tomamos algún refrigerio hasta que se caldeé el ambiente.

Para mí está lo suficientemente caliente

Menudo cabronazo, lo hacía a propósito para avergonzarle.

Bajaré a por bebidas.

¡No!

La escultural mujer quedó en un impase, ni para adelante ni para atrás, expectante, mientras Peter se aproximaba a la puerta y la abría, dándole paso y lanzándole un gracias querida, se lo agradecería. El señor y yo debemos hablar.

No, no, no, no había nada de lo que hablar y la idea de quedarse a solas con el ogro tampoco era la mejor de las ideas. Prefería escapar.

Yo la acompaño.

De eso nada.

¿Y si tropieza?

¿Con qué?

Con la alfombra.

No hay tal alfombra.

¿Con los pies?

Peter refunfuñó y, tras el absurdo diálogo, fijó su irritada mirada en Hanna e irónico, habló.

Presupongamos que si ha sobrevivido sobre esos delicados piececitos toda su vida, lo podrá hacer unas horas más ¿no?

La pregunta iba dirigida a la mujer que los miraba con completa curiosidad y diversión. Su respuesta fue un simple gesto y desapareció tras la puerta.

Peter se volvió como una furia hacia él.

¿Quieres capturar a los Saxton?

No sé cómo te atreves a...

¿Quieres?

Sabes de sobra que sí.

Entonces seguirás el juego aunque te estés mordiendo la lengua mientras la mujer que acaba de bajar te desnuda o si yo te toco.

Se tensó y con él su miembro, como si la sola evocación de esa posibilidad hubiera viajado directamente a esa maldita e incontrolada zona. Pero, ¿qué demonios le pasaba?

Harás lo que sea necesario para entretener a nuestra acompañante y así evitar que de la alarma. Cuando la situación esté lo suficientemente tierna entre los tres, la convenceremos o la obligaremos. Sin escándalos. Mientras tanto y hasta que no pase el tiempo suficiente para asegurarnos de que los Saxton estén en plena faena, haremos lo que se requiera de nosotros. Ni más ni menos. Hemos llegado demasiado lejos para echarnos atrás sonrió mordaz o quizá lo mejor sea que cierres esos bonitos ojos y pienses en tu querido Clive.

No pensó, simplemente explotó. Estaba hasta los mismísimos de sus pullas y se había agotado su infinita paciencia. Dio tres pasos a la carrera con el puño derecho encogido para darle de lleno en pleno rostro, pero una vez más, olvidó que era un maldito luchador nato.

Para cuando se dio cuenta estaba contra la jodida puerta aplastado contra la madera, asfixiado por el inmenso corpachón de Peter, furioso como un perro rabioso. Odiaba la sensación de estar atrapado. Forcejeó pero lo tenía agarrado sin forma de soltarse.

Quieto.

El roce del aliento en el lóbulo de su oreja y la constante presión de esas musculosas caderas contra su trasero hicieron que le diera un condenado vuelco el corazón.

Dios, Peter estaba tan duro como él. Sentía el tremendo bulto presionando contra él, su tenso cuerpo casi temblando. Un roce de esos labios en la oreja hizo que se apretara contra la puerta para alejarse. Lo hacía para volverle loco, el cabrón.

No le estaba ocurriendo, maldita sea. Era la estresante situación y no la cercanía de ese calor, de ese perfecto cuerpo. Tenía que pararlo antes de que se diera cuenta, antes de morirse de la vergüenza, antes de cometer la locura que Peter había repudiado sin una maldita mirada atrás.

Habló entre dientes, de forma hiriente, dando en la diana, donde sabía que dolería.

Buena idea, amigo. Pensaré en Clive.

El empujón que recibió con ambas manos en plena espalda lo hizo rebotar contra la puerta mientras Peter del impulso se alejaba. Sabía que le había enfurecido pero era lo que menos le importaba.

Lo primero era sobrevivir a la experiencia.

Amor entre acertijos
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