VII

El grito se escuchó en el piso inferior y tras él los sollozos desgarradores. Después el silencio. No podía ser. Las miradas de John y Rob se cruzaron y sintieron en su corazón que lo temido había ocurrido. El movimiento fue inmediato, se lanzaron a la puerta y ascendieron los escalones, de dos en dos, de tres en tres, conteniendo el aliento. Detrás avanzaban los hermanos.

La escena a la que se enfrentaron les paralizó. Contra la cabecera de la cama se apoyaba la abuela Allison, rodeando con sus brazos el cuerpo inerte del hombre que había querido hasta el final, acariciando acompasadamente su plácido rostro. Mere estaba sentada en el suelo, al lado del lecho, no lejos de ambas figuras, con la mejilla apoyada en el dorso de la mano del anciano, caída a un lado del colchón y húmeda de lágrimas. Su mujer tenía la mirada perdida en la distancia. Ya no se oían sollozos. No se escuchaba nada.

El hijo se adelantó con la mandíbula apretada y la espalda rígida. Con delicadeza se sentó junto a las figuras tendidas en el lecho y su mano se apoyó en el pecho de su padre, lo acarició y separó con lentitud las arrugadas manos de la mujer que lo había enamorado. Su padre, no podía permitirse derrumbarse, no ahora, delante de las mujeres. Ellas eran lo primero.

Aguantó como pudo el nudo, ese maldito nudo que le atenazaba la garganta y casi, casi rompió a gritar al sentir una mano posarse en su hombro. La sacudió porque si en ese momento sentía cualquier tipo de cariño, compasión, piedad, lo que fuera, perdería las formas y caería hundido en la miseria. Su padre...

Después lloraría por ese hombre al que adoraba y del que el destino le había impedido despedirse.

Las frías manos de la abuela Allison quedaron donde las había deslizado Rob con delicadeza y este cargó con el encogido cuerpo de su padre, apretándolo fuerte, con desesperación, contra su amplio pecho. No podía permanecer en el mismo cuarto con las mujeres porque no había tan solo una víctima, eran más y tenían que atenderlas. El peso que soportaba le pareció tan liviano, no lo relacionaba con la fuerza de su padre, con su vitalidad.

Se giró hacia sus mejores amigos y estos, sin pronunciar palabra, le precedieron en el camino que jamás pensó que llegaría tan pronto. Afianzó su angustiosa carga, besó la frente de la única familia que le quedaba y había perdido, abrazó por última vez al padre que lo había guiado y amado toda su vida y siguió a Peter.

John observó con un sentimiento indescriptible la dulzura que un hombre, prácticamente desconocido para él, había empleado con la abuela y se juró a sí mismo, en ese mismo momento, mientras las figuras con su triste carga desaparecían de su vista, que el hijo del hombre que acababa de perder la vida en su casa le tendría siempre como aliado.

Con suavidad para no sobresaltar a su mujer se arrodilló a su vera y alzó el redondo rostro por el que se derramaban lágrimas sin llanto. Mere atrapó su mano enlazando los pequeños dedos con los suyos.

¿Se me ha muerto?

John no supo que contestar.

No ha muerto ¿verdad? la vocecilla temblaba.

Tan solo se le ocurrió sentarse a su espalda, colocarla con dulzura entre sus piernas extendidas y rodearla con los brazos, cobijando esa adorada cabeza en el hueco de su cuello. Lloraría cuando estuviera preparada, no antes, y él estaría esperando como lo había estado su vida entera. Necesitaba entereza y él se la daría porque se necesitaban ambos, necesitaba el amor de la mujer a la que abrazaba por encima de cualquier otra cosa.

Los sonidos y los pasos se arremolinaban sobre sus cabezas. John no tenía intención de moverse hasta que fuera necesario, pese al drama que estaba ocurriendo junto a ellos. Solo pensaba en lo que se debía sentir al perder a la persona amada.

Su corazón y su mente pidieron por la anciana que parecía no reaccionar a nada de lo que ocurría a su alrededor. No veía lo que ocurría, pero lo oía. Escuchaba la preocupación en el tono de voz que empleaba el doctor Brewer y en las peticiones que con premura hacía a Rosie.

John quería ayudar pero su mujer era lo primero. Ella era lo primero...

Amor entre acertijos
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