V
La ceremonia se celebró sin sobresaltos. Ni un solo incidente, pese a la inquietud de Mere. Acudieron todos sus hermanos y sus tres cuñadas, casadas con los mayores, además de aquellos que la habían visto crecer, sus amistades íntimas y el personal de la mansión, presidido por un emocionado Havers. Incluso su rollizo sobrino se abstuvo de llorar durante el culto, durmiendo plácidamente en brazos de Mae. Quizá lo único a destacar fueron las miradas relámpago del párroco a su rollizo escote, pero paró radicalmente en cuanto John, de soslayo, le dijo “Padre, controle esos ojos, demonios, si quiere mantenerlos abiertos y con su colorido habitual”. Ahí cesó el problemilla de los ojos bailones.
Tras las firmas pertinentes de contrayentes y testigos, se desplazaron a la mansión y disfrutaron de una de las mejores veladas de su vida. Risas por doquier y abrazos, achuchones y bromas, dirigidas, sobre todo, al novio. Si hubiera estado embutida en un vestido acorde con su talla, hubiera rozado la perfección. Tres horas después Mere estaba agotada y llena a rebosar de comida. Sentada entre Julia y Jules intentaba moverse con cuidado e incluso llegó a pedir a Julia que le soltara algún corchete del vestido, pero no quisieron ceder los endemoniados, ni que su madre los hubiera pegado con algún ungüento especial para la ocasión.
Las campanadas del reloj de pared marcaron las doce de la noche y por las miraditas que John le llevaba lanzando desde hacía un buen rato, sabía que poco faltaba para que se acercara y anunciara que era hora de ir a su nuevo hogar. ¡Vaya!, no había duda de que lo conocía como si lo hubiera parido. Apenas habían transcurrido dos minutos cuando se le acercó.
¿Nos vamos a casa, cariño?
Dios, sí, así me puedes quitar este dichoso vestido... los ojos de John comenzaron a brillar y Mere juraría que la parte frontal de su pantalón, ya de por si ajustado, comenzaba ¿a expandirse?...que me aprieta.
¡Nos vamos! berreó John de sopetón aferrándole la mano e izándola de su asiento.
Apenas tuvo tiempo de despedirse, aunque bien pensado, resultaba algo tonto ya que iba a trasladarse a una distancia de diez yardas como mucho. En cierto modo fue extraño. Su familia desperdigada por los escalones de entrada, despidiéndose, con ademanes suaves unos, enérgicos otros, mientras ella se adentraba en una vida en parte nueva y en parte ya hogareña y conocida. Se dirigía a un lugar amado y familiar, con el hombre que había esperado y deseado toda su vida, aferrado a su mano.
La llegada a su nuevo hogar no resultó menos bulliciosa que la salida previa. En la escalinata de entrada la esperaba el personal que había cuidado de John toda su vida, alimentándolo y protegiéndolo. En medio estaba Rosie, la dulce Rosie. Al llegar al último escalón la abrazó con calidez y cariño. Un cariño acrecentado con el transcurrir del tiempo, con el trato diario. Nada más recibirlo, Mere supo que iba a ser de esos abrazos que jamás en la vida podría olvidar. La apretó fuerte, contra su pecho y murmuró, para que tan solo ella lo escuchara, un: “Ya era hora. Hazle feliz, mi niña”.
Y por Dios, que era esa su intención.