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Por la mañana el sol entraba en las habitaciones e inundaba la terraza de la casita con vistas a la playa. Luego pasaba detrás de las palmeras que acariciaban el tejado. La sombra no refrescaba mucho. Malcolm decía que sentaba bien en los pies, y ya.

—¿Cómo llegaste a esta casa? —preguntó el músico cuando consideró que Coryn podía hablar.

Había aguardado a que las niñas estuvieran en la guardería y Malcolm en el colegio. Quedaban exactamente cuarenta y seis días.

—¿Quieres saber su historia?

—Y la tuya desde Navidad. Quiero saber cómo llegaste aquí. Lo que tuviste que pasar para venir a Zihuatanejo.

Coryn fue a preparar un café suave, y Kyle se acomodó bajo la sombrilla. Podía verla moviéndose por la cocina. Sus gestos fluían como una melodía. Había conocido a pocas personas que fueran tan elegantes por dentro y por fuera. Y eso que había conocido a mucha gente. De forma más o menos fugaz. Pero siempre intensa. Con la vida que llevaba, que todos los miembros de los F… llevaban, los encuentros siempre eran medidos, cronometrados, y se tornaban concentrados. Las preguntas, precisas. Las historias, apasionadas… Porque había que marcharse. Siempre había que cambiar de lugar.

«¿Son más fuertes las relaciones cuando sabes que el tiempo disponible es corto y determinado? ¿O es otra cosa?» Kyle seguía con la mirada fija en Coryn. La melena le caía sobre los hombros y, desde hacía unos días, se la sujetaba detrás de las orejas cuando agachaba la cabeza. Despejando su cara. Por un instante Kyle tuvo el estúpido temor de que pudiera huir de nuevo. De que lo dejara… otra vez solo. Ella se volvió y sonrió. «Coryn no haría nunca nada parecido.» La joven mujer dijo desde la cocina que el café estaría listo…

—… en dos minutos.

Kyle descontó los segundos con precisión. Había nacido con el sentido del ritmo, ¿no? Cuatro. Tres. Dos. Uno, y Coryn llegó descalza. Dejó la bandeja a la sombra y se sentó enfrente del cantante. Dobló las rodillas hasta la barbilla. Se las rodeó con los brazos.

—Para empezar, fue gracias a ti que pude llegar hasta aquí. Gracias a lo que dejaste con la cámara de fotos.

Él sonrió y ella inició su relato. Battle Mountain. Las Vegas. El calor asfixiante y la constante bondad y cooperación de sus hijos. Cómo habían salido de Nueva York para llegar en autobús, unos días más tarde, a una pequeña ciudad de Montana, casi en plena noche. Hacía mucho frío, los pequeños estaban rendidos y se pegaron a ella.

—El cartel azul del motel justo enfrente de la estación de autobuses se reflejaba en la carretera húmeda. Estaba agotada, creo que no habría tenido fuerzas para ir más lejos.

Coryn le contó que abrió la puerta del motel. Rellenó el papeleo con Christa en brazos. La propietaria, una mexicana entrada en los cuarenta, miró a los niños que bostezaban y dijo que tenía libre un estudio grande. Con tres camas. La joven mujer pagó dos semanas por adelantado sin saber muy bien por qué. Solo porque necesitaban reposo, porque Malcolm, Daisy y Christa necesitaban reposo, tanto que los cuatro apenas salían para pasearse por las calles frescas de Chatinga.

—No tenía ni idea de qué hacer. Me sentía libre y perdida. Tenía mucho cuidado y evitaba a los grupos de madres en el parque, aunque me decía que después de las vacaciones Malcolm tendría que ir a clase. Quería desaparecer y vivir sin volver a ver nunca a Jack. Y una noche llamaron a la puerta de la habitación. Estaba aterrorizada cuando la entreabrí. La mexicana dijo que quería hablar conmigo y que esperaba que los niños estuvieran dormidos.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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