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En un minuto Kyle recordó toda la injusticia que se había cometido contra él, contra ellos, y sintió que una ira fría lo invadía. Recordó retazos de conversaciones con el personal sanitario. Pensó en los testimonios que había leído en el hospital. En todos los enfermos que reconocían el inevitable momento en que la razón de la enfermedad que padecían cobraba sentido. «Soy un hombre condenado por no haber hecho nada.» Las lágrimas asomaron a sus ojos. Y a fin de ocultar su turbación se inclinó para ponerse los zapatos… cuando una curiosa araña verde se aventuró sobre la alfombra. Debajo de su nariz.
—¡Espera! —dijo Coryn sujetándole por el brazo—. Cuando tuve a Christa había una araña en el techo, encima de la cuna. Llamé porque no la alcanzaba y la señora asiática que vino me dijo: «Las arañas en casa dan buena suerte».
Mientras hablaba, la joven mujer consiguió coger la araña con una revista y la condujo hasta la ventana. Luego observó cómo huía a toda velocidad.
—Está a salvo.
Coryn pensó «como yo», pero dijo que era hora de ir a buscar a los niños. El músico tomó su mano, la besó y confesó mientras caminaban por la calle que también había sido gracias a una araña…
—… como descubrí dónde te escondías.
—¿Dónde estaba la araña?
—En la playa de Zihuatanejo.
Kyle olvidó el segundo mensaje de su móvil. Era de su médico: le informaba, crudamente, que las analíticas realizadas en los últimos días en México le habían llegado. Por desgracia, no ofrecían signos de mejora.