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Birginton, en las afueras de Londres
Coryn tenía cinco años cuando llegó Timmy. Su madre había ido a dar a luz al hospital y ella, junto con sus cuatro hermanos, esperaba a que su padre volviese. En cuanto él cruzó el umbral despachó a la canguro y dijo con una voz que Coryn nunca le había oído:
—¡Todavía sigue igual! ¡Parece que la cosa pinta mal! ¡Niños, dejadme tranquilo! Todos al jardín. Y tú, Coryn, tráeme una cerveza. ¡Ay, maldita santa Contracción! Si supieras lo mucho que sufro por tu madre…
Los chicos corrieron al jardín. A jugar. A reír. Y a hacer el bobo. A ensuciarse como gorrinos y seguir riéndose mientras ella permanecía allí de pie, escuchando las toneladas de palabrotas que su padre iba encadenando. Conforme él movía ollas y cacerolas, la pequeña pensaba en su madre y en santa Contracción.
Coryn era la única niña de la familia Benton. Y por eso le tocaba quedarse en la cocina. Ella pensaba que era lo normal, porque era lo que hacía su madre. Del mismo modo que lo normal era tener más faena cuando, un invierno tras otro, su mamá iba a la maternidad. Durante días enteros, el padre maldecía a santa Contracción, suplicaba a santa Dolores que dejase de torturar a su adorada esposa y certificaba que su mujer —su madre, pensaba Coryn— era sencillamente una «santa» cuando cruzaba el umbral con el recién nacido apretadito como una morcilla entre sus gruesos brazos. Aprovechando el momento, el padre anunciaba que era el regalo de Navidad. Los mayores exclamaban que el padre se burlaba de ellos, y Coryn pensaba que Papá Noel no visitaba a las familias con once hijos. No porque ellos se portaran peor que otros niños, sino porque no creía que hubiera suficiente espacio en su saco para los diez chicos y la única chica de la familia Benton. Por más buena que fuera.
Los años transcurrieron, se esfumaron. Desesperadamente iguales unos a otros. Las mismas buenas notas, el eterno pastel de frutas. Diez. Doce. Catorce velas sopladas. Coryn suplicó a santa Regla que sus padres no se dieran cuenta del cambio y la dejaran seguir yendo a clase. Le encantaba aprender y se esforzaba mucho. Agachaba la cabeza, se ponía jerséis anchos, se trenzaba la larga melena. Sin darse cuenta cumplió dieciséis años, y su padre comprendió, una mañana mientras desayunaban, que su preciosa chiquilla rubia, que brincaba en ese momento en el jardín, se había convertido de la noche a la mañana —¡lo habría jurado!— en una jovencita extraordinariamente guapa. «Lo veo. Los demás lo ven.»
Era un hombre práctico y, presa del pánico, habló con su mejor amigo, Teddy, para que la contratara en su restaurante, que se erigía orgulloso en la esquina de la calle de los Benton. Desoyó las súplicas del director del colegio de su hija, las de su profesor de español y las de la propia Coryn. Poco importaba que fuera excelente en literatura y en matemáticas ni que estuviera dotada para los idiomas. Poco importaba todo lo que decían los profesores. Clark Benton tenía miedo, y además no veía más allá de su billetero.
Ese julio, en cuanto acabó el curso, Coryn empezó a servir a jornada completa pescado frito, filetes, salsa marrón grasienta, patatas fritas, café, té, huevos y pepinillos. Y litros, litros y más litros de cerveza. Eso sí, a una distancia razonable de su casa y bajo la mirada vigilante de Teddy.
Coryn era puntual y rápida en el trabajo. Cuando volvía a casa la aguardaba… más de lo mismo. Además de la limpieza, tenía toneladas de calcetines por clasificar y montañas de ropa recién lavada por doblar y guardar entre el griterío incesante de sus hermanos. Que cenaban «en casa», aunque ya tuviesen un empleo. Cuestión de ahorrar. Cuestión de familia. Papá y mamá Benton querían tener a sus polluelos piando a su alrededor. Coryn parecía ser la única que se preguntaba acerca de su futuro. Jamás tendría tantos hijos. ¡Y que fueran chicos! Uno o dos, tres incluso, le parecía bien. Más no. Se ajustaría a la media. Sus hijos no tendrían que soportar las risas, los sarcasmos, las burlas de los demás cuando, a principio de curso, algunos profesores tenían la poca delicadeza de mostrar una sonrisa inequívoca o de guardar silencio algo más de la cuenta cuando oían de cuántos miembros estaba compuesta la familia.
Sí, Coryn era y sería siempre la única chica extraviada entre tantos chicos. «Ojalá tuviera una hermana. Solo una. Habría sido más valiente», se decía al acostarse. «Habríamos salido juntas.» Pero a la mañana siguiente sus hermanos hablaban tan alto que ella desaparecía literalmente para que no la martirizaran, la reclamaran o la regañaran en exceso. De todos ellos, Timmy era su favorito porque se portaba bien con ella. Era el único que retiraba su plato de la mesa de forma espontánea. También iba a la biblioteca a por los libros de Coryn.
Porque la joven adoraba leer. Todas esas historias penetraban en ella, y le impedían pensar en su vida; en todos los días que se parecían entre sí y que serían idénticos indefinidamente. Se quedaría en Birginton con la lluvia, el restaurante, los cubiertos sucios y los restos de comida en los platos… Entonces, cuando un rayo de sol se abría paso entre las nubes e incidía en una de las mesas que acababa de limpiar y la hacía brillar tanto que la formica gris se transformaba en un espejo, entonces sí, ese rayo le daba fe —y acaso esperanza— en que las cosas serían diferentes. Creía que lo que las novelas contaban era posible. Que un hombre la cuidaría, que escucharía sus sueños. Que sabría admirar las estrellas y contemplar la forma cambiante de las nubes. Que disfrutaría viendo los árboles mecerse al viento. Ni él ni ella pronunciarían palabra alguna. Permanecerían así, felices. Felices tan solo de contemplar juntos el movimiento de las ramas. Él la abrazaría. Él… Él… «Él nunca vendrá hasta aquí. Birginton es un agujero.»
Su madre, que no era sorda ni ciega, se confió un día a su marido.
—Coryn está cada vez más guapa, y eso es un peligro.
—Gracias a Dios, trabaja donde Teddy. No queda lejos de casa, y los chicos la vigilan —repuso Clark arrebujándose con la sábana.
La señora Benton lo miró de hito en hito. Clark se incorporó.
—¿Tiene novio?
—No necesita un novio, lo que necesita es un hombre que la pida en matrimonio.
—¿Que la pida en matrimonio?
—¡Clark! ¡Hace ya tiempo que Coryn cumplió dieciséis años! —dijo con énfasis y mirada severa—. Sabes perfectamente que es demasiado guapa para quedarse sin marido.
—¿Y quién te ayudará con la casa?
—¡Los chicos! Ya va siendo hora de que hagan algo, los muy holgazanes.
—¡No querrán!
—¡Pues tendrán que querer! Coryn no va a quedarse soltera… para siempre. Eso sí que no.
—Ya, ya —la atajó el padre—. Lo sé. Y no te imaginas lo contento que estoy de que los otros sean varones. Ha sido una suerte tener a esos chicos, ¿verdad?
—¡Y que dure! —suplicó la madre juntando sus grandes manos.
Clark apoyó las suyas en el vientre de su mujer. Ella suspiró y dijo que iba a pedir cita al médico.
Dos meses después la señora Benton volvió del hospital asegurando que los quistes no la harían sufrir nunca más. No tendría más bebés. Punto final.
—Después de todo, tampoco está mal. Hay que tomarse la vida como viene. Y salir adelante. Lo que estoy diciendo vale para todos. Para ti también, Coryn. —Señaló con su índice gordezuelo el vientre de su hija—. Porque eres una chica.
Coryn reprimió un escalofrío, soñó con todas las vidas que no tendría cuando su padre tenía pesadillas en las que su niña bonita volvía con un vientre hinchado y nadie que la desposara. «Los chicos toman a las chicas como toman el tren. Cambian de itinerario y…»
—Tengo que casar a Coryn —anunció Clark a Teddy—. En cuanto veas entre tus clientes a un mozo serio y bien aseado que la mira un poco más de la cuenta, me lo dices. Y paso a la acción.
Y cuando uno se empeña en algo…