22
Aquella noche, como ninguna otra, Kyle tuvo ganas de verla. De ver sus ojos, de zambullirse en su mirada. Cuando al fin se confesó que, después de todo ese tiempo, las cosas no habían evolucionado ni un ápice y que seguía sintiendo el irresistible deseo de tenerla entre sus brazos, se durmió. Para despertarse sobresaltado una hora más tarde. Empapado en sudor. Sus visiones dantescas lo abandonaron en cuanto abrió los ojos, pero el malestar perduró, dejándole la desagradable sensación de estar rodeado de sangre. Como si la muerte se aproximara. Kyle se sentó para ahuyentar esas imágenes y se frotó las sienes. Habría querido que Patsi se despertara, pero dormía apaciblemente a su lado, con la cabeza oculta bajo las sábanas, dejando vislumbrar apenas unos mechones rojizos alborotados.
Pronto amanecería. Kyle salió de la cama y se acercó a la ventana. El sol asomaba con timidez detrás de unas nubes de lluvia. Rótulos de todos los colores relucían en las calles. Rótulos con ideogramas. Lo recordó de pronto. «Estoy en Osaka.» Se enfundó los vaqueros y el suéter tirados en el sofá y se quedó contemplando el cielo. Ya no había estrellas visibles y, sin embargo, no habían huido a la otra punta de la galaxia. Estaban allí. Solo el entorno era distinto. «No, las cosas no han cambiado.»
Esa pesadilla no lo abandonaría. Siempre había tenido un sueño ligero, difícil, a veces entrecortado por pesadillas abominables. Eran como la señora Migraña. Ya no luchaba contra ellas porque era inútil.
Había soñado ya con gritos en el vacío, aullidos mudos, muebles rotos, la clásica caída desde un precipicio, golpes… pero rara vez con sangre. Qué extraño. «¿Por qué con sangre?» Consultó el reloj que Patsi había dejado en la mesa. Las cinco de la mañana en Osaka. Mediodía en San Francisco. Marcó el número de Jane, quien respondió al primer timbrazo. Iba al volante y le pidió que no colgara mientras aparcaba. Oía a su hermano con tanta claridad como si lo tuviera en el asiento del copiloto.
—¿Te duele la cabeza?
—No.
—Por tu voz, diría que o no te has acostado o no puedes dormir.
Kyle no mencionó la pesadilla. Su hermana se habría inquietado.
—¿Qué tiempo hace en San?
—Por fin ha mejorado. ¿Seguís en Asia?
—Sí, en Osaka.
—¡Qué suerte!
—Vente.
—En otra vida.
Kyle guardó silencio y Jane se lanzó. Imaginaba el motivo de su llamada. Cuando permanecía así de callado, ella captaba el mensaje. Es más, le pareció que se había mostrado extremadamente paciente. Por lo general, Kyle la habría bombardeado a preguntas sobre cualquier otro asunto.
—Dan sigue con sus rondas, ¿sabes? Ha merodeado por el barrio de día y de noche y, en principio, no ha constatado nada anormal.
—Mejor así —dijo Kyle—. Dale las gracias de mi parte.
—Claro, no te preocupes.
—Y tú, ¿todo bien? —enlazó Kyle.
—Sí. Tirando.
—¡Uy! ¿Cambiamos de etapa?
—Esta noche Dan me presenta a los futuros suegros de su hija Amy.
Kyle emitió un prolongado silbido.
—¡Uau! ¡Eso suena formal!
—Eso parece.
—¿Estás contenta?
—Sip —dijo Jane resoplando—. Como una adolescente que va a conocer a la familia de su novio.
—¿La ex de Dan irá a la boda?
Jane dejó transcurrir unos leves segundos. Que pesaron como una tonelada. El peso exacto de lo que había consentido para vivir su amor con Dan. El hecho de haber sido la amante, el duro divorcio aún en curso, las exigencias de Arla, que se negaba a que sus hijos pusieran un pie en La Casa…
—No quiere verme desde su sitio en la mesa, y me parece una buena idea, la verdad.
—¿Para cuándo es la boda?
—¡Dentro de dos semanas! ¡Y todavía no he elegido vestido! De hecho, iba de camino…
—Felicita a Dan por su hija y dale las gracias por las rondas. ¿No ha pensado en interrumpirlas?
La voz de Kyle dejó entrever algo que no asombró a Jane. La hermana pensó en decirle que más le valía olvidar a Coryn… pero se contuvo. «Siempre hay que saber cerrar el pico a tiempo.»
En Osaka, el día ya amanecido por completo prometía nubes. Kyle cerró los ojos, la pesadilla era dura de roer. Pasó las hojas de su agenda. Se detuvo en la letra S. Sus ojos recorrieron la página hasta el Hospital General de San Francisco. Hizo la llamada. Y colgó a toda prisa como si Patsi lo hubiese pillado in fraganti. Se sirvió más café y dio un buen trago. Siguió de pie, dudando… Sopesando los pros y los contras. Consultó el reloj de nuevo. Las doce y diez. No solía faltarle valor. Era más bien directo. Hacía preguntas claras. ¿Para qué dudar y perder un tiempo valioso cuando se sabe que la vida es breve, incluso si se vive mucho? Dejó la taza en la mesa, se apartó el mechón del rostro y cogió otra vez el teléfono. Pulsó sobre el último número marcado y le respondió una operadora. Pidió que le pusieran con la señora Coryn Brannigan.
—¿Qué habitación?
—No lo sé.
—¿Qué unidad?
—La de maternidad, creo.
Lo mantuvieron en espera, y antes de que Kyle tuviese tiempo de reflexionar sobre lo que hacía, otra persona volvió a preguntarle el número de la habitación. Respondió otra vez que no lo sabía. La mujer le comunicó que en las listas de pacientes del día no figuraba nadie con ese nombre. Kyle se disponía a colgar cuando la mujer le informó de que lo transfería a ginecología.
—Nunca se sabe. A veces faltan camas en maternidad y pasamos a las pacientes a ginecología. No cuelgue, por favor. ¡Oh! ¿Sabe cuándo ha dado a luz la señora Brannigan?
—Estos días.
«Respuesta idiota», se dijo Kyle, desamparado. Sin embargo, la enfermera no hizo ningún comentario y transfirió la llamada. Una vez más, permaneció a la espera. Sin pensar. Sobre todo, no debía razonar. Una tercera mujer —a la que imaginó vieja y cansada por el tono de su voz— le pidió que aguardara de nuevo. Luego Kyle repitió lo mismo y escuchó el clic de las teclas. Finalmente, la voz anunció con el mismo tono monocorde:
—No la ha pillado usted de milagro. La señora Brannigan acaba de marcharse a casa.
—¿Ha dado a luz?
—Eso, señor, no se lo puedo decir. Lo que veo en la pantalla es que ha dejado nuestro servicio esta mañana.
Kyle se apresuró a decir que era un amigo íntimo y que no conseguía ponerse en contacto con ella porque trabajaba en la otra punta del mundo, en Osaka, y que… La señora no escuchó el final.
—No debería decírselo, pero su amiga ha ingresado por una hemorragia.
—¿Una hemorragia? —repitió Kyle, estupefacto—. ¿Después del parto? ¿Y el bebé?
La mujer vaciló un instante, para luego afirmar que el niño y su madre estaban bien.
—¿Está segura?
—Señor, ¡no dejamos salir a los pacientes antes de que se curen!
—Gracias. Muchas gracias.
El músico se apresuró a colgar antes de que le preguntasen su nombre. «El niño y su madre están bien.» No pudo contener una sonrisa. Siempre había pensado que las conversaciones entre personas no se reducían a unas palabras. A unos gestos. Ni siquiera a unas miradas. Que las comunicaciones no solo se establecían a través de la red viaria, de la red telefónica o de internet. ¿Era lo que había dicho, el tono que había empleado, lo que esa mujer llevaba dentro o la alquimia de todo esto lo que la había decidido a darle esa información?
Como todo el mundo, Kyle no necesitaba pruebas pero le encantaba recibirlas. Y aquí estaba la prueba de que, a pesar de la distancia, Coryn y él seguían conectados. Se dijo que, de no haber colgado al primer intento, quizá hubiera podido oír su voz. «¿Y luego qué?»
Acto seguido el terror se apoderó de él. ¿Y si Jack se enteraba de que había llamado? Kyle miró el horizonte y sintió, del mismo modo que cuando sentía la música, que el Cabronazo no lo sabría. «Jamás.»