6
Transcurrió un mes entero antes de que lo invitaran oficialmente a cenar. Un mes durante el cual Jack tomó las manos de Coryn entre las suyas. Eran tan frágiles y delicadas… No podía soltarlas. «No quiero que otro tipo toque a esta chica. Me necesita.» Y una tarde la besó. En la boca. La tomó entre sus brazos y la volvió hacia sí. Coryn no se lo esperaba. Sobre todo por los besos. Por la sensación de la lengua de Jack, que no dejaba espacio a la suya. «No se parece a lo que he leído.» Cada beso la sorprendía. Pero terminó acostumbrándose. Así es como debían de ser los besos. «Sin duda…» Jack era un hombre con experiencia. «Con treinta años, uno sabe cómo besar a una chica, ¿no?»
—¿Por qué seguirá soltero con treinta años? —preguntó Teddy, que secaba los vasos detrás de la barra.
—¡Uy! Pues no sé —respondió Coryn—. Estaría más pendiente de su carrera.
—¿Te gusta?
—Creo que sí.
—¿Crees?
—No. Me gusta. Es… un hombre.
—Parece buena persona. ¿Gana mucho?
—¡Yo qué sé, Teddy! No le pregunto esas cosas.
—Los tipos como él ganan una fortuna, te lo digo yo. Pero pregúntale por qué no se ha casado. Más que nada por saberlo…
Coryn dijo que sí, pero no lo hizo. Nunca. A decir verdad, no tuvo ocasión. Jack hablaba por los codos. ¿Acaso no era un vendedor de coches brillante? ¿Y no era Coryn la única chica entre tantos hombres que nunca le habían cedido la palabra ni preguntado su opinión siquiera?
Fueron al cine. Pasearon por el lago de Platerson, donde el padre pescaba tencas. Fueron a ese restaurante elegante y refinado en el que había un montón de tenedores, y Jack adoró la mirada de Coryn cuando esta le preguntó:
—¿Cuál?
—Del exterior al interior.
La joven rubia se echó a reír.
—Eres preciosa, Coryn. Preciosa de verdad.
Ella se sonrojó, tuvo mucho cuidado en no equivocarse de tenedor y se apresuró a contarle su experiencia en aquel maravilloso restaurante de Londres a la anciana Wanda, que servía desde hacía treinta y cinco años en el Teddy’s.
—¡Te lo dije! ¡Qué lástima no tener tu edad! —Wanda suspiró—. Jack es guapo, alto, fuerte, con los hombros anchos, como sueñan todas las mujeres, hasta las que afirman lo contrario. Hazme caso, tu Jack es el sueño de todas las chicas.
—¡Pero no tiene un corcel blanco! —se mofó Lenny, el cocinero, que se unió a ellas.
—¡Tiene un Jaguar! ¡Blanco!
—Eso no es un caballo.
—¡Es un descapotable! ¿O no es cierto, Coryn, que tu melena vuela al viento cuando vais en él a ese palacio donde tú, Lenny, no entrarás jamás? ¡Ni siquiera a la cocina!
—Y a mí qué.
—¿No es verdad, Coryn?
—Sí —reconoció sonriendo la joven.
Lenny dijo —y confirmó— que las chicas eran unas tontas.
—Todas.
—Normal. No te gustan las chicas.
—Mentira. Sí que me gustan, pero no en mi cama. Y si yo fuera chica, esperaría otra cosa de un príncipe de cuento.
—¿Como qué, por ejemplo? —preguntó Coryn.
—Pues que tenga ganas de tenerme entre sus brazos, sin más. Por ejemplo… y por encima de todo.
—¿No has visto cómo la agarra? —lo atajó Wanda.
—¡Leeenny! ¡Joder! ¿Dónde te has metido? —gritó Teddy—. ¡Dos filetes poco hechos! ¡Una tortilla muy hecha! ¡Una de pescado frito y toneladas de patatas! ¡Te quiero en los fogones, gandul! ¡Y rapidito!
Lenny se teletransportó a su puesto.
—Le van los tíos, Coryn. No sabe nada de chicas, te lo aseguro.
El cocinero puso los filetes en la plancha. «He visto cómo la agarra Jack… y si yo fuera una chica me gustaría que me agarraran de otra manera. Eso es todo lo que he dicho.»