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A veces Kyle se preguntaba si la suerte y el don que tenía eran una compensación por todo lo que había vivido cuando tenía cinco años. «¿Hay un precio que pagar? ¿En todos los casos? ¿O hay otra cosa?»
Si en la cama no conseguía conciliar el sueño y Jane no estaba sola en su cuarto, el joven temía ir a la deriva, lejos, tanto que le resultaría imposible volver. Notaba que la frontera era frágil. «Irremediable.»
Se levantaba y se plantaba delante de la ventana. Clavaba la mirada en un árbol. En cualquiera. Incluso la rama más pequeña le valía. Pensaba que las ramas servían para eso, para mantener firmes a las personas cuando están solas y perdidas. Cuando ni siquiera pueden ya tocar música. Cuando la nada abre sus fauces hambrientas…
Con las primeras luces del día estaba tan aterido que lo olvidaba todo. Sus temores y las gafas oscuras de su madre. La fatiga le dejaba un fuerte dolor de cabeza. Que era preferible a la deriva, pero que se convirtió en una compañera asidua y se instaló a sus anchas. Sin embargo, el joven no dijo nada a Jane. Kyle también tenía sus secretos cuando caía la noche.