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Era ella. Era Coryn.
Cada día, Kyle había esperado verla aparecer. Cada día, la había buscado, perseguido, repitiéndose cómo actuaría al encontrarla. Las palabras que le diría. Pero esa mañana, al verla en la calle, se sintió totalmente asombrado e incrédulo ante su sueño convertido en realidad. Nadie está entrenado para algo así. Los bomberos se entrenan para combatir el fuego, y todos deberíamos imitarlos para saber qué hacer en caso de que el corazón nos arda. Kyle tuvo la impresión de que la Suerte lo había conducido directamente hasta Coryn. Permaneció clavado en su asiento del coche observando a la joven mujer rubia mientras se alejaba.
Coryn recorrió la calle en dos zancadas. Kyle sabía que no tendría fuerzas para alcanzarla a pie. Arrancó, e intentó no perderla de vista. Sonaron bocinas ensordecedoras cuando cortó el paso a varios vehículos al girar por donde Coryn había ido. Le resbalaba olímpicamente. Tocó la bocina a su vez, pero ella no se volvió. Caminaba muy rápido, escabulléndose entre los transeúntes. Kyle tenía que salir del coche de una forma u otra. Se detuvo en seco en el instante en que ella abría la puerta de una cabina telefónica, unos metros más adelante. Kyle la vio descolgar el auricular, introducir unas monedas y marcar un número a toda prisa mientras consultaba su reloj. De súbito, colgó y agachó la cabeza. Su mano seguía apoyada en el auricular. Kyle abrió la puerta. Ella levantó la vista.
Sí. Coryn se lanzó a los brazos de Kyle tal como él había soñado. Deseado. Anhelado. Esperado. Sí, se lanzó a sus brazos y lo apretó contra ella para convencerse de que era él, de carne y hueso. Una realidad en su presente. Que no era otra de sus visiones. Que eran los brazos del músico, y no otros, los que la levantaban. Que su voz le decía «te quiero». Que estaban los dos en el escenario. Que la Suerte y los Milagros existían… Él pensó que le quedaban sesenta y siete días, pero dijo:
—Sabía que te encontraría.
«Hold you in my arms for the rest of time.»