22
Kyle no esperaría a que Patsi diera a luz. Tenía hambre. Tenía ganas de salsa de tomate y de los labios de Coryn. Salió de la cama en el instante en que la enfermera entraba con su habitual cuenco de pastillas.
—¡Oh! ¡Nada de levantarse sin llamarnos antes, joven!
Lo regañó, pero Kyle le ordenó que regresara por donde había venido para ir a buscar al médico.
—No ha llegado aún.
—Entonces tenga la amabilidad de avisarlo y dígale que venga a verme lo antes posible.
—Pero…
—Por favor, Maggie —insistió llamándola por su nombre de pila.
La enfermera inclinó la cabeza a un lado y salió de la habitación caminando hacia atrás. Kyle se dio una ducha y no se miró en el espejo para ver qué cara tenía. Ya estaba vestido, había desayunado y cerraba su ordenador cuando el doctor Bristol entró con las manos en alto. El cantante también levantó las suyas.
—Antes de que me diga nada, me voy.
—Pero, Kyle, ¡no es razonable! Está demasiado débil para…
—¿Para qué? ¿Le parece más razonable padecer una leucemia que nadie sabe curar?
—Se lo ruego…
—No he respondido bien a ninguno de sus tratamientos de último recurso.
—Podemos intentar duplicar las dosis. Probar la radiación.
—Se ha hartado de repetir que la radiación es inútil en mi caso.
—¿Por qué no intentarlo?
—Me voy ahora que todavía puedo caminar y antes de perder el pelo. Y de que usted acabe conmigo con sus tratamientos.
—Kyle, en su estado…
El doctor Bristol se autocensuró.
—No quiero morir aquí. Ayúdeme. Por favor.
Sí, el músico se largó. Dejando los regalos que sus fans le habían enviado, pero llevándose todo lo que el médico pudo suministrarle para aguantar. Se subió a un taxi para ir a ver a Jane. La noticia corrió como la pólvora porque Patsi ya estaba allí y fue ella quien le abrió la puerta.
—¿De qué va esta decisión de mierda?
—Es mi decisión. Ya has protestado bastante porque no hacía nada. Ahora sé lo que voy a hacer.
Kyle notó que le temblaban las piernas y las maldijo.
—Ve a prepararme un café.
—No hace falta, te lo traigo yo —dijo Jane.
Se sentaron los tres en la cocina y Kyle explicó que se iba en busca de Coryn. Al igual que Jack, estaba al corriente de su huida y sabía que no había llegado a Inglaterra. Igual que Jack, quería volver a verla. Pero a diferencia del Cabronazo, tenía una idea de su posible paradero. No dijo nada más a Jane ni a Patsi. Anunció que quería champán. Nadie le negó nada. Kyle había tomado una decisión y exigió que no le pusieran trabas. Al fin y al cabo, era demasiado tarde para mostrarse razonable.
—Lo único que siento es no estar aquí para el parto.
—¿Y a mí qué? Tú no eres el padre.
Jane y Patsi intercambiaron una mirada demasiado intensa para que el músico no se percatara.
—¿Está aquí?
Ella apoyó las manos en la camiseta naranja fluorescente, donde las letras «I LOVE PATSI» amenazaban con reventar.
—Está en casa de mis padres.
—¡Toma ya! ¡Qué hazaña!
—Inesperada. Imprevista. Ineludible. Tan imposible como el hecho de que estoy embarazada.
A Patsi le habría gustado decir: «Prueba de que el Implacable no siempre tiene razón». Pero ¿cómo pronunciar semejantes palabras sin desmoronarse?
—¿Ahora es polígamo?
—¡Ya te vale, Kyle! Veo que estás en forma.
Entonces Kyle se volvió hacia Jane, que dijo:
—I love Patsi!
—¡Más champán! —concluyó Kyle.