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Eran las diez y cuarenta minutos de la mañana en Londres y las seis y cuarenta minutos de la tarde en San Francisco. Patsi no había vuelto por la noche. Y Coryn estaba a miles de kilómetros…
Kyle se prometió que en Navidad encontraría el medio de volver a verla. De una forma u otra, tenía que zanjar la cuestión. «De una vez por todas.» Aún no sabía qué le diría, pero la decisión estaba tomada. Volvería a ver a Coryn. Le diría lo que sentía de corazón. Sus inquietudes. Sus temores. Y el trastorno que ella le había ocasionado. Ese algo precioso y frágil que atesoraba y del que se alimentaba.
La espera ya no sería muy larga. Unas jornadas más de actividad en aquel estudio de Londres que, al final, había acabado por gustarle. Ese día estaría allí solo. Era perfecto. Al siguiente… grabarían y el trabajo se impondría.
A miles de kilómetros, salvando un océano y al borde de otro, Coryn sintió exactamente el mismo alivio que proporciona tomar una decisión.
«Hay días en que los astros…»