10

 

 

 

 

Jack penetró a Coryn sin preguntar si le dolía el vientre, si estaba cansada o si tenía ganas. Rodó sobre su espalda, acarició la de su mujer, agradeció al cielo que Malcolm solo tuviera un brazo roto y se levantó para ir a reunirse con su hijo.

—Estaré junto a él cuando lo lleven a quirófano.

Coryn no escuchó su voz apaciguada, no más que los insultos que había proferido en el instante en que la puerta de la casa se había cerrado tras él. Los muros de la gran casa blanca eran demasiado recios para dejar escapar sonido alguno. Esa noche, en vez de recitar listas de palabras, la joven canturreó para sí dos o tres notas. Porque ese día habían cambiado algunas cosas. Observó el recorrido de la luna a través de la ventana. Estaba redonda y llena. Reluciente. Coryn pensó en la cara que el astro solo mostraba a las estrellas. «Ingeniosa audacia…»

Pensó en su hijo, que dormía a causa de los somníferos en la habitación del hospital, lo sintió entre sus brazos, le cantó algunas notas y rogó a santa Destreza que fuese generosa con el doctor Stein.

 

 

—¡Por fin apareces! ¡Te he dejado diez mensajes como mínimo!

Kyle cruzó el umbral y, bajo la luz implacable de los fluorescentes del pasillo, Jane comprendió que había sucedido algo. Tembló por dentro y aguardó a que su hermano se sentara a la mesa de la cocina.

—He enviado a un niño al quirófano.

No añadió nada más, y Jane repasó las palabras mentalmente. Una a una. Quizá la cosa no fuera tan grave. «A ver… ¡Mierda, Kyle! Pero ¿qué has hecho?», pensó.

—¿Y…?

—Cuando me he despedido de ti este mediodía me he quedado atascado dos horas en Preston Boulevard, y el maldito semáforo se ponía en rojo cada dos minutos y no avanzábamos y…

Se interrumpió. Después negó con la cabeza.

—Entonces he girado a la derecha en dirección a Maine Street, sin pensarlo. He pasado del sol a la sombra…

Levantó los ojos hacia Jane.

—No he visto al crío que corría por la calzada.

—¿Está grave?

—Tiene una doble fractura de húmero. Y contusiones.

—¿Y aparte de eso?

—¿Cómo que aparte de eso? Envío a un crío de cabeza al quirófano y tú… ¿me peguntas «aparte de eso»?

Jane dejó escapar un suspiro que exasperó más aún a su hermano. Por fin podía verbalizar las cosas. La atrocidad de las cosas.

—¡Maldita sea, Jane! ¿No te das cuenta? ¡El chiquillo, que estaba en plena forma, tendrá que llevar el chisme ese cuyo nombre he olvidado durante no sé cuánto tiempo, y todo por mi culpa! Eso por no hablar de los riesgos de la anestesia y las posibles complicaciones. Si el Cabrón no hubiese decidido palmarla, yo no habría tenido que venir y nunca…

Se levantó y añadió que su madre tenía razón al preguntarse cuándo se cruzan los destinos. Jane no dijo nada. No ayudaría gran cosa que añadiese que no era tan «grave» o que era horrible, o incluso que Kyle era un pobre tío irresponsable… O también que ya era hora de que se liberase de su padre. Jane jamás habría pronunciado esas últimas palabras. Sabía lo imposible que resulta deshacerse de la infancia. De lo bueno y de lo malo. Acabas resignándote. Al pasado y al presente. Y ambos tienen la capacidad de hacer que el futuro salte por los aires.

Jane sacó la botella de whisky del aparador y se sirvió dos dedos. Kyle dio un buen trago de la misma botella. La dejó en la mesa y se sentó otra vez sin pronunciar una sola palabra, pero sus ojos decían que pasaba algo más, habría jurado Jane.

—¿Y…?

Miró a su hermano de hito en hito con las cejas alzadas. Kyle volvió a levantarse, se quitó el abrigo y lo lanzó hacia una silla, que cayó al suelo. Los observó durante un momento, como si los dos objetos fuesen capaces de colocarse en su sitio, y luego dio un segundo trago, de pie.

—Malcolm…, el niño al que he atropellado, estaba con su madre. Se había soltado de su mano para correr detrás de no sé qué… Él ha dicho que había una ardilla, pero el poli ha encontrado una pelota.

—¿Es importante?

—¡Jane! ¡Joder!

Se paseó por la estancia con la botella en la mano diciendo que lo de menos era saber qué perseguía Malcolm.

—Chocó contra el coche, y bajé y vi esos zapatitos… ¡Mierda! Creí que se había parado el mundo. Me agaché al lado del crío. Escuché si respiraba y…

Kyle hizo una pausa.

—… entonces su madre se arrodilló junto a él.

«Entonces…» Kyle volvió a sentarse. Veía otra vez a Coryn de cuclillas junto a su hijo. La melena resbalándole por los hombros, tapándole la cara. Sus manos que temblaban y, sobre todo, el tono de su voz.

—¿Y…?

Kyle dio otro trago. Más largo que los anteriores. Jane le arrebató la botella, le puso el tapón y fue a guardarla. Kyle estiró sus largas piernas. Apoyó las manos detrás de la cabeza. Y cerró los ojos.

—Era… era como si hubiese surgido de un sueño.

—¿Guapa o extremadamente guapa?

Kyle volvió a abrir los ojos. Su hermana se fijó en que los tenía enrojecidos.

—Jane, nunca había visto a una mujer como ella.

—¿Debo entender que te has enamorado?

Kyle bajó las manos y se las metió en los bolsillos. Él, que las usaba siempre para palpar, describir y tocar, esa noche prefería tenerlas a buen recaudo.

—Lo grave no sería que me hubiese enamorado. Lo grave es que… —Miró a Jane—. Está casada con un tipo que debe de medir como poco metro noventa… Y ella le tiene miedo.

Jane quiso conocer los hechos. ¡Oh! Se fiaba del presentimiento de Kyle. Esa no era la cuestión, pero sabía, por su oficio y por cuanto le habían contado todas las mujeres maltratadas y oprimidas a las que atendía, que los hechos cuentan legalmente más que los presentimientos. A la justicia le importan poco los presentimientos, porque no son una prueba tangible; sin embargo, un moratón, un labio hinchado, una costilla rota, un parte médico o incluso un cuerpo sin vida en una cama es un maldito hecho.

Kyle relató la llegada de Jack, las miradas de Coryn hacia la puerta, lo del chico con patines en el aparcamiento del hospital.

—Ya ves que no soy el único que se ha dado cuenta.

—¿Y si rayó el coche del tipo?

Kyle lo negó.

—¡Lo que creo es que ese chico vio algo! Y si fue así, tuvo un arranque de valor…

—… que te habría gustado tener a ti. Deja de torturarte. En tu situación, no podías hacer más.

—Pero es que quiero hacer más. Creo que Coryn está en peligro.

—¡Uy! Ya la llamas Coryn y todo…

Kyle sonrió y, con una voz que conmovió a Jane, añadió que nunca había conocido a «una chica que se llame Coryn, con una “y” como la de Kyle».

—Mañana hablaré con Dan.

—¿En serio?

—Sabes que sí. Dan husmeará por su casa con su olfato de sabueso. Nunca se sabe. Puede que tenga suerte como el chico del aparcamiento y vea algo sospechoso. Pero a ti… —le advirtió Jane—, a ti te desaconsejo muy en serio que tomes cartas en el asunto.

Kyle se lo prometió y abrazó a su hermana.

—Me voy mañana por la tarde, ¿qué podría hacer?

Jane lo miró un buen rato. Suspiró, diciendo que ella era y sería siempre su hermana mayor, lo cual se traducía en «soy la persona que mejor te conoce». Sí, Jane era la mayor y actuaba como tal. Nunca le había fallado ni traicionado. En los documentos oficiales eran hermanastro y hermanastra. «Qué absurdo. Jane es toda la familia que tengo. Mi única familia.» Kyle tampoco la traicionaría jamás, pero no pudo evitar pensar en lo que no debía hacer… mientras veía la frágil silueta de su hermana desaparecer por el pasillo.

 

 

Jane se desvistió, se puso su viejo pijama y se desmaquilló sin mirarse en realidad. No tenía tiempo para eso. Los años habían transcurrido sin que los contara. Por supuesto, Dan la llevaría a cenar por su cumpleaños, pero en una fecha que no era necesariamente la exacta. ¿Qué más daba, al fin y al cabo? Kyle, esa noche, había evocado a Coryn. Y en ese instante, ante el espejo, Jane pensó: «Una mujer más». Se le hizo un nudo en la garganta y sintió deseos repentinos de llorar. «Estoy cansada.»

Acumulaba muchas cosas en su interior. Había escuchado muchos horrores que intentaba contrarrestar con todas sus fuerzas. Estaba en guerra y, en la vida de las mujeres que La Casa albergaba, ella era una isla. Jane y su equipo habían salvado vidas. Kyle habría querido hacer tanto como ellos. Pensaba que lo único que hacía era escribir, cantar y tocar. Su hermana respondía que su cheque anual y «eso» ya eran mucho.

—Lo importante es crear una brecha… Los artistas pueden hacerlo. A mi entender, es posible que incluso sea su deber —le había confesado unos años antes durante una de sus muchas conversaciones nocturnas.

Esa noche, en cambio, sabía que nada era nunca suficiente. Por Coryn, Jane llamó por teléfono a pesar de lo tarde que era. Dan respondió al primer timbrazo. La escuchó y le prometió que haría una ronda por la casa, pues no podía llamar a la puerta y preguntarle a aquella mujer si su marido le estaba pegando en ese preciso momento. Por Coryn, Kyle habría deseado hacer algo más que una canción que ella recordaba. Sí. ¿Qué podría hacer? ¿Además…? «¿Y mejor…?»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
titlepage.xhtml
index_split_000.html
index_split_001.html
index_split_002.html
index_split_003.html
index_split_004.html
index_split_005.html
index_split_006.html
index_split_007.html
index_split_008.html
index_split_009.html
index_split_010.html
index_split_011.html
index_split_012.html
index_split_013.html
index_split_014.html
index_split_015.html
index_split_016.html
index_split_017.html
index_split_018.html
index_split_019.html
index_split_020.html
index_split_021.html
index_split_022.html
index_split_023.html
index_split_024.html
index_split_025.html
index_split_026.html
index_split_027.html
index_split_028.html
index_split_029.html
index_split_030.html
index_split_031.html
index_split_032.html
index_split_033.html
index_split_034.html
index_split_035.html
index_split_036.html
index_split_037.html
index_split_038.html
index_split_039.html
index_split_040.html
index_split_041.html
index_split_042.html
index_split_043.html
index_split_044.html
index_split_045.html
index_split_046.html
index_split_047.html
index_split_048.html
index_split_049.html
index_split_050.html
index_split_051.html
index_split_052.html
index_split_053.html
index_split_054.html
index_split_055.html
index_split_056.html
index_split_057.html
index_split_058.html
index_split_059.html
index_split_060.html
index_split_061.html
index_split_062.html
index_split_063.html
index_split_064.html
index_split_065.html
index_split_066.html
index_split_067.html
index_split_068.html
index_split_069.html
index_split_070.html
index_split_071.html
index_split_072.html
index_split_073.html
index_split_074.html
index_split_075.html
index_split_076.html
index_split_077.html
index_split_078.html
index_split_079.html
index_split_080.html
index_split_081.html
index_split_082.html
index_split_083.html
index_split_084.html
index_split_085.html
index_split_086.html
index_split_087.html
index_split_088.html
index_split_089.html
index_split_090.html
index_split_091.html
index_split_092.html
index_split_093.html
index_split_094.html
index_split_095.html
index_split_096.html
index_split_097.html
index_split_098.html
index_split_099.html
index_split_100.html
index_split_101.html
index_split_102.html
index_split_103.html
index_split_104.html
index_split_105.html
index_split_106.html
index_split_107.html
index_split_108.html
index_split_109.html
index_split_110.html
index_split_111.html
index_split_112.html
index_split_113.html
index_split_114.html
index_split_115.html
index_split_116.html
index_split_117.html
index_split_118.html
index_split_119.html
index_split_120.html
index_split_121.html
index_split_122.html
index_split_123.html
index_split_124.html
index_split_125.html
index_split_126.html
index_split_127.html
index_split_128.html
index_split_129.html
index_split_130.html
index_split_131.html
index_split_132.html
index_split_133.html
index_split_134.html
index_split_135.html
index_split_136.html
index_split_137.html
index_split_138.html
index_split_139.html
index_split_140.html
index_split_141.html
index_split_142.html
index_split_143.html
index_split_144.html
index_split_145.html
index_split_146.html
index_split_147.html