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Coryn tampoco dijo que se había quedado mirando a Jack cuando cayó desplomado, sin conocimiento, sobre la gruesa moqueta rosa. Ni que le había quitado el arma que guardaba bajo la axila y lo había apuntado con ella. Que durante unos segundos había tenido el poder de decidir sobre su vida o su muerte. Matarlo la habría enviado directamente a la cárcel. Sin sus hijos. Tampoco dijo que en ese preciso minuto había deseado su sufrimiento. ¿No había repetido Jack una y otra vez «yo sin ti me muero»? No dijo nada del artículo de Timmy que había tirado al fuego por instinto. Pero contó que había cogido a Christa y las llaves del bonito Jaguar blanco. Había rascado la impecable pintura de las dos portezuelas derechas contra las enormes piedras que señalaban el principio de la entrada de la casa. No se había detenido a atar a su pequeña en su sillita, se la había sentado entre las rodillas.
Había bajado a todo gas a la guardería y había recogido a Daisy sin decir palabra, bajo la mirada atónita del personal. Luego fue directa al colegio y llamó tan fuerte a la puerta que la directora en persona fue a abrir.
Entonces, solo entonces, se desmoronó. Sintió un repentino e intenso dolor en la cara, el cuello, el vientre, la espalda, pero exigió que la condujeran al 1918 de Boyden Street. Un policía que patrullaba por el vecindario llegó a los pocos minutos y la convenció para ir a urgencias. Allí fue a buscarla Jane, quien se ocupó de los niños durante los exámenes y los cuidados médicos. Luego se sucedieron los interrogatorios. Y de madrugada Jane los llevó a La Casa. Coryn no derramó ni una sola lágrima. Lo contó todo. O casi.
Cuando por fin Jane le dio la llave de su habitación, la joven mujer reclamó unas tijeras.
—¿Tijeras? Pero…
—Para cortarme el pelo.
Jane se las llevó y, mirándola a los ojos, le dijo que confiaba en ella. Lo que significaba «nada de tonterías ni…».
—Solo quiero cortarme el pelo. Solo el pelo. Las dejaré delante de la puerta dentro de unos minutos.
Jane volvió a pasar «unos minutos» más tarde. En efecto, en el pasillo había una cantidad increíble de cabellos rubios y sedosos, y las tijeras colocadas cuidadosamente encima.
Como se filtraba luz por debajo de la puerta, Jane llamó para comunicarle que habían encontrado a Brannigan errando por el vecindario y que…
—… lo han detenido. Si quieres, mañana podemos acompañarte a tu casa para que cojas algunas cosas.
—No quiero volver nunca más a esa casa.
—Yo me encargaré de todo.
—¿Ha hablado? —preguntó Coryn, inquieta.
—Dice que no se acuerda de nada. De nada en absoluto.
—Miente.
—Sin duda. Todos dicen lo mismo. Afirman que han perdido la cabeza en el sentido literal y figurado. Porque les conviene.
«Solo que yo le he golpeado.» Coryn comprendió enseguida la táctica de Jack. Aprovechaba que ella le había dado varios golpes en la cabeza para sostener que no tenía ningún recuerdo, pero también para no mencionar el artículo de su cuñado ni el libro de Mary. Le tocaría a Coryn explicar el motivo de la pelea. Demostrar que había habido otras. Explicar los golpes y todo lo demás. De entrada, supo que el juicio sería tenso, pero ese hecho no afectó su decisión de no decir nada sobre el artículo. Nadie debía sospechar que Kyle había dejado huellas.
—Kyle me había contado lo tuyo.
Coryn no reaccionó.
—Después del accidente de Malcolm estaba muy afectado. Me habló de ti. Es decir, de lo que temía por ti.
La joven mujer permaneció en silencio, pero escuchó atentamente las palabras de Jane, quien hizo un breve resumen de su vida y concluyó así:
—Quiero que sepas que tengo un amigo policía, un muy buen amigo, que hizo rondas por tu calle de forma discreta. Por desgracia, nunca vio nada que nos hubiese permitido actuar.
—Nada se filtraba al exterior.
—Lo siento en el alma —confesó Jane cogiéndole una mano—. Y sobre todo siento rabia. Habría podido…
Coryn la interrumpió y dijo que ella misma había tardado demasiado tiempo en admitirlo. Que Kyle la había salvado cuando quiso darle la tarjeta de La Casa.
—Pero cuando los policías me han interrogado —añadió mirándola a los ojos— les he contado que consulté la guía telefónica después de la hemorragia y que el nombre La Casa me había dado seguridad.
—Si alguna vez cambias de idea, estoy segura de que mi hermano aceptará ser testigo.
—No quiero hablar de Kyle. No quiero que Jack tenga un solo motivo para justificarse. Si lo saco a relucir…
—Es mejor, estoy de acuerdo. No podemos permitir que su abogado pueda insinuar que tu marido tenía razones para «perder la cabeza».
—Nunca he hecho nada malo —repuso la joven con una firmeza desconocida para ella—. Cuando empezó a pegarme, Jack no tenía ningún motivo. Se arrogó ese derecho.
—Puedes estar tranquila, Coryn. No diré nada, y voy a encargarme de que vayan a por tu ropa.