27

 

 

 

 

Patsi regresó a la habitación y a la cama de ambos. Hicieron el amor. Sin una palabra. Sin una explicación. Hicieron las maletas y viajaron en avión para dar otros conciertos. El trabajo les salía mejor que sus días off.

 

 

A Jane le pareció que Londres representaba una oportunidad formidable para Kyle.

—Eso no te impedirá venir por Navidad, ¿verdad?

—No.

—Se te ve cansado.

—Vuelvo del curro.

—Y no duermes…

—¿Cómo fue la boda de Amy? Cuéntame.

Jane evocó la sonrisa radiante de Dan cuando llevaba a su hija del brazo y la mirada asesina que le había dirigido Arla en los aseos cuando se habían cruzado desafortunadamente. Le habló del estupendo menú, de la última de Woody Allen, que le había encantado y, como siempre desde hacía unos meses, sin que Kyle le preguntase le informó de las rondas puntuales que Dan hacía en la calle de Coryn.

—La vio salir de casa con sus tres hijos. Sin novedad, Kyle.

Él no añadió nada y se dijo que, siendo así, Londres era una buena opción. Incluso excelente. Lo alejaría de San Francisco y de la tentación, de los días de soledad. Los días de viento en las ramas… Porque la pesadilla ensangrentada de Osaka aún no se había desvanecido. Tanto era así que, de vez en cuando, el rojo oscuro, casi negro, volvía a su mente. Idéntico. Angustioso. Frío. Kyle no lograba traducirlo en música para deshacerse de él. Como tampoco lograba hablar con Patsi. Le faltaba valor. Tenía un nudo en el estómago y había perdido dos o tres kilos. El músico habría querido ser un buen hombre. Sin esforzarse. Ser bueno de natural. Pero en los últimos tiempos tenía la desagradable sensación de no ser… «más que un tipo que espera y que no tiene las agallas de sincerarse con Patsi. O con Coryn».

Sin embargo, ¿dejar a Patsi era algo viable en esos momentos? La respuesta constaba de dos simples letras: N-O. Y llamar a Coryn, menos aún. Su intuición descargó un montón de malas razones. Para empezar, la lista de llamadas entrantes que figuraba en todas las facturas de teléfono, los horarios de Jack, las preguntas que podía hacer a Coryn sobre este o aquel prefijo, las consecuencias de esas preguntas… Kyle solo pensaba en protegerla. En tenerla entre sus brazos. Si la llamaba, la pondría en peligro.

Sí. Londres era una oportunidad. Aun así, había algo que Kyle Mac Logan no se cuestionaba: lo que había sentido respecto de Brannigan.

Con independencia de lo que Coryn le hubiera dicho de su marido en el parque.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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