32

 

 

 

 

Jack llegó bastante tarde, al mismo tiempo que sus cuñados. Permanecieron un momento en el jardín comentando los éxitos profesionales de Brannigan y luego entraron con los niños, que gritaron que tenían hambre y sed. Se produjo tal alboroto de repente que Coryn tuvo que ir con Christa a su dormitorio en la buhardilla para darle el pecho. La pequeña no dejaba de moverse. «¿Qué diablos hace Timmy?»

Subió la escalera de madera y cerró tantas puertas como pudo detrás de ella. El olor a polvo y los tenaces efluvios de la cocina eran los mismos que en su recuerdo. A medida que ascendía, las imágenes le venían en ráfagas. Los gritos, los juegos de pilla-pilla del sótano al granero, las risas, los lloros, las alegrías, los calcetines desparejados por ordenar… Christa se durmió y Coryn la puso en el capacho que sus padres habían preparado. Se sentó en la cama y se dijo que su infancia había sido feliz. Que Jack era «un accidente…».

Y entonces la puerta se entreabrió y Timmy asomó la cabeza. De un salto, Coryn se levantó y apretó a su hermano contra ella. Permanecieron así un buen rato. El uno contra el otro. Había crecido unos centímetros y estaba excesivamente delgado.

—¿No comes nada?

—¡No tengo tiempo! ¡Voy todo el día de un lado a otro!

—¿Detrás de qué?

—De la pasta. Como todo el mundo.

Christa se removió, pero sin abrir los ojos. Timmy y su hermana se sentaron y se miraron un buen rato. El chico bajó la voz y le explicó emocionado que, de momento, solo era un simple articulista del Times, pero que no perdía la esperanza de convertirse cualquier día en un periodista de renombre. Corría de aquí para allá para cubrir todos los campos.

—No sé si está bien, pero hago lo posible para que me vean en todas partes. Y para que se acuerden de mí.

—Pareces contento.

—Me encanta lo que hago. Me siento libre. Como el viento que mueve nuestro viejo sauce.

Coryn no dijo nada.

—¿Tienes novia?

Timmy esbozó una sonrisa.

—¿Sales con chicas?

—¿Tú qué crees? ¡Pues claro! Pero escojo mis objetivos.

—Puramente sexuales.

—Exclusivamente sexuales —puntualizó—. Quiero disfrutar de mi juventud.

Coryn iba a decirle lo mucho que lo envidiaba cuando la puerta se abrió y apareció Jack. Ella se agachó para tapar a Christa y salió al pasillo notando la mirada de Timmy. Su marido hizo una maniobra de distracción. Felicitó al joven por su ambición, alabada por su padre, y le preguntó cuánto le reportaban al mes sus palabras.

—¿Hablas de libras esterlinas o del placer de hacer lo que me gusta?

—Sabes de sobra que yo solo hablo de billetes, como todos los vendedores.

—He oído que eres el mejor del año.

—Lo soy. ¡Y espero tus felicitaciones, Timmy!

 

 

Cuando llegaron a la mesa, Malcolm estaba contando su famosa operación de brazo.

—Al parecer, fue el cantante de los F… quien te atropelló, ¿no? —preguntó el periodista mientras se sentaba a su lado.

Coryn contuvo la respiración.

—Sip. Pero no me acuerdo —respondió el niño.

—Se dice «sí», Malcolm, y no «sip» —le corrigió Coryn.

—¿Y tú? ¿Lo viste? —insistió Timmy volviéndose hacia su hermana.

—¿A quién? —respondió ella.

—¡A Kyle Mac Logan! ¡Al mismísimo Kyle Mac Logan!

—Sí, pero no sabía quién era.

—¡Qué dices, no me lo puedo creer! Mi hermana habría podido pedir un autógrafo a mi grupo favorito… pero no sabe quién es Kyle Mac Logan. ¡Ya te vale, qué negada!

—¡Coryn no es ninguna negada! Le dan igual esos imbéciles —intervino Jack.

—¿Te habría gustado partirle la cara o qué? —volvió al ataque Timmy, muy en forma.

La mirada oscura de Jack se demoró sobre su cuñado, que seguía sonriendo como un crío.

—Eso me habría aliviado, en efecto.

—¡De todas formas, me envió un montón de juguetes! —exclamó Malcolm.

—Podrá compensarte como le plazca, pero eso no quita que siga siendo un imbécil.

—¿Quiénes son esos, los F…? —preguntó John—. ¿No son ingleses?

—Son unos gandules que dan la vuelta al mundo cantando —respondió Jack.

—Quizá sean «gandules» —repuso Timmy—, pero ganan más pasta de la que tú serás capaz de hacer en tu vida.

Jack taladró de nuevo con los ojos los de su joven cuñado, esquivos y juguetones. Coryn notó como si un viento fresco le barriera la cara. Aspiró una bocanada de aire vivificante, pero se limitó a mordisquear el pan mirando su plato para no estallar de risa.

—¡Eso no durará!

—Yo no me preocuparía mucho por ellos.

—¡A mí también me encantan! —exclamó Jessy—. Me regalaron su último CD por mi cumpleaños, ¿y sabéis qué?

—¡Caray! Pero ¿quiénes son? —insistió John—. ¿Qué cantan?

—Entra en Google y lo verás —intervino Jack.

—¡Oh! ¡Les has investigado!

A Coryn se le heló la sangre.

—¿Qué pensabas? Tampoco iba a tragarme la versión de su abogado sin comprobarla. Para tu información, John, el tipo que atropelló a mi hijo es el cantante…

—… guitarrista y compositor…

—… de un grupo de rock. Tres tíos y una… muñeca, digamos.

—¡Patsi es genial!

—No es muy apetecible, en cualquier caso. No sueñes, Timmy, está casada con el cantante.

—No. Patsi está en contra del matrimonio. Pero tienes razón en algo: el cantante y ella están juntos. Desde hace años.

Uno de los sobrinos de Coryn preguntó si Malcolm había cobrado. La señora Benton, el señor Benton, John, Brian, Mark y casi todos los demás preguntaron:

—¿Cuánto?

—Una bonita suma que he colocado en una cuenta bloqueada. Malcolm podrá disponer de ella cuando cumpla la mayoría de edad.

Coryn no solo descubría cosas que Jack se había guardado de compartir con ella, sino que además no le gustaba nada el rumbo que estaba tomando la conversación.

—¿Han comprado vuestro silencio? —quiso saber el padre de Coryn.

—Mi hijo provocó el accidente —repuso Jack marcando una pausa que evidenció lo mucho que le agobiaba el asunto—. Es un niño, y los peritajes han demostrado que el otro imbécil conducía a la velocidad autorizada. Y, por desgracia, no hubo testigos.

—¿Tú no viste nada, Coryn?

Jack respondió que estaba muy lejos.

—¡Tendríais que haberlos llevado a juicio! Nunca se sabe…

—David contra Goliat —comentó Timmy.

Brannigan se volvió francamente molesto hacia el periodista.

—Nadie tiene interés en ver su carrera manchada. Ni ellos ni yo. Ni tú. Por eso agradecería que todos os mordieseis la lengua como me he comprometido a hacer yo.

—Es una charla familiar, Jack —se defendió Timmy.

—Es culpa mía —intervino la joven mujer para evitar que aquello se les fuera de las manos—. No pude retener a Malcolm.

—No —interrumpió el niño—. Yo me solté de la mano de mamá.

—Pero ¿por qué? —preguntó el abuelo.

Malcolm se volvió hacia él.

—Vi una ardilla y la perseguí. Pero es culpa mía —volvió a asegurar con una autoridad que hizo que todos lo mirasen fijamente—. Se lo dije al policía.

—¿Y por qué perseguiste a esa ardilla? —preguntó Jessy—. ¡Una ardilla, menuda gilipollez!

—¡Jessy! ¡Tu vocabulario!

Malcolm se encogió de hombros y respondió que no lo sabía.

—¡Clark! ¿No dices nada?

Clark siguió haciéndose el sordo.

—¡Bueno! Como vuestro abuelo parece duro de oído —soltó su esposa golpeando con la palma de la mano la mesa en señal de que había perdido la paciencia—, ¿podemos cambiar de tema de una vez, por favor? Porque lo único importante es que el niño está bien. ¡Coryn! ¡Ve a buscar los pavos!

—¡Por fin! —dijo Clark recobrando el oído de repente.

La joven obedeció mientras que su madre se quejaba a Jack de que su marido no estaba sordo como una tapia sino que padecía senilidad prematura.

—Te acompaño, Coryn —corearon Timmy y John.

Los tres se afanaron para colocar los pavos asados en grandes bandejas y fueron recibidos con hurras hambrientos. El tintineo de los cuchillos y los tenedores sustituyó a las palabras durante largos minutos, hasta que Timmy dijo con picardía:

—Si queréis una exclusiva, al parecer los F… se instalan en Inglaterra.

—¿Cómo sabes eso? —inquirió Jack.

Coryn apretó el cuchillo con los dedos, y el joven sonrió, angelical.

—Imagínate, han llegado el mismo día que vosotros.

—¡Ah! ¡Así que por eso había tanto jaleo en el aeropuerto! ¡Maldita sea! ¡Podría haber aprovechado para acercarme a partirle la cara! —añadió Jack con sarcasmo—. ¿Y cómo es que aparecen el mismo día que nosotros?

Timmy puso su mirada de vencedor, la que le había valido un buen número de sopapos de pequeño.

—¿Crees que han programado su calendario en función del tuyo?

Jack tuvo que negar con la cabeza. Forzosamente. Él había elegido las fechas, comprado los billetes y organizado el viaje.

—Pues habrá sido por pura coincidencia.

—Pero dime, Timmy-el-articulista, ¿por qué no estabas tú en el aeropuerto?

El articulista suspiró decepcionado.

—¿Puedes creer que no han dado publicidad a su llegada? Me he enterado por casualidad de vuelta al periódico, hace un rato. Pero espero tener la ocasión de entrevistarlos uno de estos días.

—¿Y para preguntarles qué?

—¡Si la pava de tu mujer estaba buena, por ejemplo! —soltó John.

Hubo una carcajada general. Jack dejó sus cubiertos en la mesa. El padre de Coryn apoyó una mano en su brazo, pues habían reservado expresamente a su yerno el asiento a su derecha. Clark Benton dijo con una voz que imponía respeto a todos:

—A nadie le importa lo más mínimo saber quién envió a Malcolm al hospital. Por desgracia, es algo que nos puede pasar a cualquiera de nosotros. Tú incluido, Jack. Lo importante, y lo único importante de verdad, como ha señalado juiciosamente mi mujer, es que el pequeño está bien.

—Y lo que a mí me gustaría —continuó la señora Benton— es que felicitéis a mi hija, a quien he educado tan bien, ¡por sus maravillosos pavos! ¿Alguien quiere repetir?

John fue el primero en tender su plato con un «yo» goloso y la boca llena. Un verdadero «yo» que apaciguó los ánimos.

Todos reconocieron que Coryn no había «perdido la mano» y Brannigan mantuvo su mal humor bajo control. Pero estaba confundido. Coryn sabía ya lo que le diría en cuanto tomaran la primera curva al final de la calle. Esa visita sería la última. Se callaba por pura educación, porque, si bien pegaba a su mujer cuando sus nervios lo sacaban de quicio, por el contrario respetaba a los adultos y los modales. No daría una segunda oportunidad al padre de Coryn para ridiculizarlo. Al día siguiente, alegaría como pretexto que los niños debían descansar tranquilos en el hotel, en vez de ir a jugar allí… Por eso la joven mujer miró a cada uno de sus hermanos con una atención particular. En lo más hondo de su ser sabía que no volvería a verlos probablemente en… «una santa eternidad».

La conversación retomó su curso normal. Coryn se fijó en que Jack consultaba varias veces su reloj con discreción, buscando una excusa para volver al hotel, pero Timmy tuvo la genial idea de preguntarle si podía entrevistarlo y escribir un artículo sobre su carrera. Como el cuervo de la fábula de La Fontaine, Jack cedió sin resistencia al halago y el periodista se citó con él al día siguiente en la oficina de Londres.

 

 

—Admiro tu habilidad —le dijo Coryn mientras lavaba la vajilla en la cocina—. Eres muy fuerte.

—No tiene nada que ver con la fuerza. Todavía no he conocido a nadie que se niegue a ver su reluciente imagen en el periódico.

Timmy cogió el plato que Coryn le tendía y no pudo evitar preguntarle lo que había pensado de Kyle.

—Nada —respondió ella en voz baja.

—Pero hablaste con él, ¿no? ¿Es simpático? Tiene pinta de ser un tío simpático.

Coryn sonrió ante la sonrisa de su hermano. Escogió con cuidado las palabras. No porque no confiase en él, sino porque los errores o los deslices involuntarios siempre eran posibles.

—Creo que es… un buen hombre.

Jack abrió la puerta de la cocina.

—¿Qué estáis tramando vosotros dos?

—Tramamos limpieza —dijo Timmy colocándole una pila de platos sucios en las manos—. ¿A qué hora te viene bien mañana?

Coryn dijo que se las arreglarían muy bien sin ella. Levantó el primer crumble y huyó hacia el reconfortante alboroto del comedor.

 

 

—¡Creo que es la primera vez que comemos tarta en una ocasión que no es un cumpleaños! —dijo Mark.

—No sé cómo se las ha apañado la santa Naturaleza —dijo Benton padre—, pero todos mis hijos nacieron en diciembre o en enero.

—¡No es obra de la Naturaleza ni del Señor! —dijo una voz que nadie tuvo tiempo de identificar.

—¡Nada de blasfemias en la mesa! —interrumpió la madre—. Además, Coryn nació en marzo.

—Coryn es una excepción —dijo Jack cogiéndole la mano—. Es una princesa. Mi princesa.

Todo el mundo aplaudió. Bravo. «Jack es de lo que no hay.» A ojos de su familia era y sería un hombre que no solo había logrado una exitosa carrera al otro lado del Atlántico sino, además, quien había transformado a la criada en…

La joven se excusó y se levantó de la mesa. Subió los escalones de cuatro en cuatro para refugiarse junto a Christa.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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