20
Kyle permaneció durante varios minutos mirando por la ventana. Un instante antes ese mismo cristal había templado el calor de ambos. Y después… la condenada superficie fría solo le devolvía una imagen borrosa y empañada. Estaba solo. Le flaquearon las piernas. Tenía que escribir la letra que había visto. Conservar esa emoción por siempre. Por ese motivo componía música, ¿no? Para no abandonar jamás lo que le hacía vivir.
Cogió una hoja de papel de una mesa y se puso a escribir en ella la letra. Era creíble. Sonaba creíble. Expresaba lo que llevaba dentro. Por fin… Había salido por fin, y la cabeza le dolía desesperadamente. Kyle estaba fuera de sí. Lúcido.
Necesitaba una copa. Puede que varias. Recorrió el pasillo, lanzó las hojas y la bolsa de plástico sobre la cama. Se puso el abrigo, llamó a un taxi. En el primer bar que encontró, eligió la mesa más apartada para que lo dejasen en paz. Se tomó unos cuantos vasos de whisky.
Bebió hasta que sus pensamientos se evaporaron en el alcohol. Esa noche necesitaba el vacío. El tratamiento era efímero, lo sabía de sobra. Al día siguiente nada habría cambiado y tendría que afrontarlo. Pero esa noche quería estar ebrio. Ciego y solo. Sin sentir nada. Nada de música. Nada de notas. Nada de cantos que salen de las entrañas arrebatando las pasiones.
¡Oh! ¡Cuánto le habría gustado que Coryn lo abofeteara en el instante mismo en que su mano se había deslizado por su cintura! Ojalá le hubiera dado la opción.
—¿Le sirvo otro?
—Deje la botella.
—Señor, no debería…
—Deje la dichosa botella…, por favor. —Y suspiró.
—¿Mal de amores?
—No. Error de ruta.