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En los primeros días que siguieron a su liberación a Coryn le costó relajarse. Decía que sus hijos la preocupaban. Sobre todo Malcolm, que no había llorado ni exteriorizado nada cuando le dio la noticia. El niño se había tomado los hechos con comedimiento y Daisy había mirado a su hermano.
—¿Qué significa la muerte para ellos? —acabó murmurando la joven mujer en la penumbra del dormitorio.
La muerte nunca es gratificante, ni siquiera cuando libera.
Coryn se negó categóricamente a asistir al entierro de Jack en San Francisco. Encargó a su abogado que le enviara el certificado de defunción y que se ocupara de todo.
Un día, después de haber dejado a Malcolm en el colegio, llamó a sus padres. Su madre registró los hechos —«tu decisión»— sin hacer ningún comentario. La joven mujer prometió llamarlos, pero lo haría raras veces.
Empezó una larga carta para Timmy. Hizo varios intentos y la tiró a la papelera en todos ellos. Decir las cosas implicaba… Necesitaba tiempo para escribirlas. De modo que eso fue exactamente lo que puso en la tarjeta postal que eligió con esmero. «Necesito tiempo. Aquí el cielo es límpido y el mar cálido, y los niños hacen castillos de arena que te gustaría aplastar riendo. Te quiero. Cuídate. Coryn.» Malcolm firmó y las niñas garabatearon lo que pudieron. Kyle escribió: «Palmeras a la vista», con su letra fina y clara, y firmó. Sonrió al dársela a Coryn, quien sonrió a su vez al leer esas cuatro palabras. Se puso las sandalias y caminó deprisa hasta la oficina de Correos. Feliz. Intensamente feliz. Volvió corriendo y, con la voz tan clara como la escritura de Kyle, dijo:
—Nunca me iré de este país. Nunca me iré de este lugar donde me has encontrado y donde me he liberado. Es aquí donde quiero vivir.
Kyle añadió que tenía razón. Que es necesario algo nuevo para empezar de nuevo. Que hay que dejar atrás los malos recuerdos y los lugares que nos los recuerdan para vivir como si olvidáramos. Patsi no estaba equivocada, después de todo.
Cuanto más tiempo pasaba él también en el soleado y colorido México, menos pensaba en su maldita cuenta atrás. Y menos sufría. De hecho, los tratamientos fuertes habían sido su mayor tortura. Las dichosas analíticas eran las que lo habían abocado al desastre, asignando a su cuerpo una fecha de caducidad precoz. Como la que figura en los yogures. Si uno se los come un segundo, una hora o incluso unos días después no cae irremediablemente enfermo. Ni muere… «¿Verdad?»
Sentado en la terraza, frente al Pacífico insinuándose entre las palmeras, Kyle descubrió poco a poco que nunca antes la Esperanza lo había habitado hasta tal extremo. La Esperanza se convertía en una realidad tangible. Extrañamente física. Se aferró a Coryn como si le insuflara la vida misma. Cada día era esencial. Los minutos, únicos. Y llegaba a convencerse de que él tenía la suerte de saberlo.