12

 

 

 

 

Coryn volvió a cruzar el inmenso vestíbulo del aeropuerto en sentido inverso. Malcolm tenía una urgencia que no podía esperar a llegar al hotel. Desanduvieron el camino, y ella no despegó los ojos de las señales amarillas que indicaban la ubicación de los aseos. Empujaba a Christa con una mano y tiraba de Daisy con la otra mientras que su hijo, aferrado al cochecito, repetía que no llegaba. Apretaron el paso, Coryn abrió la puerta y descubrió con alegría que no había cola. Malcolm se alivió justo a tiempo. Y Coryn, sin aliento, aplastada por el peso de su mochila, pensó otra vez que cargaba con demasiado equipaje.

Equipaje que subió sin ayuda del chófer al minibús que los condujo al hotel. «Mañana habrá que rehacer todo este trayecto…» Pero eso sería al día siguiente y lo importante era ponerse a resguardo esa noche.

La fatiga la invadió de nuevo justo cuando cerró la puerta de la minúscula estancia. Como si toda su energía la abandonase con aquel chasquido. Se sentó en la cama. Malcolm y Daisy hicieron lo mismo en la cama de enfrente. La miraron fijamente y dijeron al unísono:

—Tengo hambre.

—Quedaos aquí. Voy a ver qué tienen en recepción. Sobre todo, no abráis. Vuelvo dentro de cinco minutos. No más.

Con Christa en la cadera recorrió el pasillo de un color beis horrendo hasta el vestíbulo, cuya decoración era tan desmoralizante como la del resto del hotel. Solo el enorme baobab verde pintado sobre el mostrador parecía vivo. Encontró sándwiches y patatas fritas de bolsa en la máquina expendedora, y pidió a la empleada, vestida con una chaqueta del mismo beis que el de las paredes, que la despertara a las seis.

—Descuide, señora. No servimos desayuno, pero encontrará café aquí mismo. Cuanto quiera.

Coryn le dio las gracias sin apartar la vista del árbol. La empleada no levantó la cabeza, pero dijo con voz hastiada:

—Sobre todo no me pregunte por qué Westend Hotel ha escogido este logotipo y, por favor, no me diga que es una obra maestra.

Coryn sonrió, y desapareció lo más rápido que pudo para que la empleada la olvidase más rápido aún.

Los niños devoraron la comida. Coryn picoteó sin hambre repitiéndose mentalmente su cometido del día siguiente. Duchó a sus hijas y las acostó mientras Malcolm se preparaba. El crío se deslizó junto a Daisy cuando Coryn empezó a contar la historia de Ricitos de Oro. Las niñas cayeron al primer cuenco, Malcolm cerró los ojos al segundo y Coryn guardó silencio. Pero el niño dijo que no dormía.

—¿Quieres que siga?

—No.

El pequeño la miró a los ojos. Ella se arrodilló y le acarició la cara. Desde su huida, Malcolm había escuchado sin hacer preguntas inútiles. Durante todos esos días de vida extraña no había preguntado nada. Esa noche sus ojos reflejaban la misma confianza que cuando le prometió: «Te ayudaré, mamá». Con todo, a Coryn le pareció que estaba más serio. Besó a su hijo y le agradeció su ayuda. Malcolm murmuró que vigilaría a sus hermanas mientras ella se duchaba. Coryn lo besó otra vez. Le dijo «te quiero, Malcolm» y fue al cuarto de baño.

No, no lloraba. No, no alteraría sus planes. «No, no pienso echarme atrás.» Extraería su fuerza de la mirada de su hijo. «Tengo que hacerlo», pensó mientras revisaba por enésima vez sus documentos. Su dinero. Sus billetes de avión a Londres y a Glasgow. Todo seguía ahí. «Voy a hacerlo», dijo mirándose en el espejo.

Desde el día de los rabiosos tijeretazos, el pelo le había crecido unos centímetros y su corte se parecía al de Kyle. Su rostro no revelaba ninguna huella de lo sucedido en la gran casa blanca. «Qué rápido se regenera la piel.» Era cierto, su cuerpo ya no le dolía cada vez que respiraba, pero nadie podría imaginar jamás la profundidad de los moretones que Jack había dejado en ella.

Coryn cerró la puerta muy despacio y se acostó junto a Christa. Las sábanas eran tan recias como las de un convento. La joven mujer estiró las piernas. Los músculos le temblaban de cansancio, pero era incapaz de dormir. «Demasiado equipaje.» Se volvió y contó los aviones que pasaban volando a unos metros del tejado. «Mañana… Mañana…», e inevitablemente su pensamiento volvió a Kyle. ¿Qué haría? ¿Dónde estaría? «¿Ahora?»

Ojalá Coryn se hubiera detenido a leer los periódicos. Ojalá no hubiera querido desaparecer en el más recóndito de los moteles de Battle Mountain con la música de fondo de Blancanieves, Toy Story y Los 101 dálmatas. ¡Ojalá se le hubiera ocurrido! Pero toda la concentración de la joven estaba puesta en sus necesidades futuras. No sabía nada de la explosión de la pareja Patsi-Kyle. ¿Habría alterado sus planes de haberse enterado? ¿Cómo saberlo?

 

 

El avión de Kyle tocó la pista cuando el sol brillaba en otra polvareda roja. Las volutas danzaron un buen rato detrás de ellos. La atmósfera seguía siendo ardiente y densa. El aire olía a tierra. La espera de la lluvia era perceptible en cada ser vivo con el que se cruzaba. Los perros arrastraban las patas, los escasos gatos que vio arrimados a las paredes jadeaban. Aimé mostraba más o menos el mismo semblante que todo el mundo y dijo que esa noche cantaría para que lloviese. Kyle reconoció que él también cantaba.

—¿Para qué? —preguntó el guía.

—Para que la gente me quiera, supongo.

La respuesta le salió espontáneamente, poniendo punto y final a la confusión que lo perseguía. Siempre había sabido por qué hacía música. Pero ¿cantar? Sí, ¿por qué decidió un día que cantaría? Esa noche el guía le había invitado a responder. Kyle no se sintió mejor, pero le gustó que Aimé se riera de sus palabras. ¡Oh, sí! Al joven le gustó su risa profunda y ronca.

—Es una razón muy buena. Sobre todo con las chicas —añadió apoyando una mano en su hombro.

—¿Y cree que funciona también con los elefantes?

Aimé negó con la cabeza.

—Creo que los elefantes, y las elefantas, prefieren el silencio de la sabana.

—Tendré cuidado.

—¡Ah! —exclamó el guía riendo—. Tú y yo vamos a hacer un viaje fantástico.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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