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El cielo era de un azul mate salpicado de nubes desgarradas. En el coche, Coryn no prestó atención a Jane y su ira. Volvió a ver a Jack, con los hombros encorvados. Sí, se había mostrado arrepentido en extremo. Y voluntarioso. Porque ya había visitado a un terapeuta y jurado que le resultaba de gran ayuda para evitar sus «deslices».
Esa palabra le vino a la memoria. Le pareció que Jack había dominado el juicio. Una vez en La Casa, la joven mujer fue a buscar un diccionario y releyó la definición. «Sustantivo masculino. Desacierto, indiscreción involuntaria.» No entendió por qué nadie lo había constatado. «¿Acaso las personas se ponen a dormitar en cuanto se sientan sobre su trasero?» Jack no cometía «deslices». Era un ser egoísta, tiránico, violento, contradictorio, celoso y calculador. Había sabido explicar por qué en el televisor de su casa solo podían verse DVD. Dio una excusa original pero aceptable. Una especie de control parental.
—Muchos padres preocupados por lo que pueda afectar al cerebro de sus hijos se niegan a que vean programas de televisión —había señalado el letrado Bellafontes.
Es una especie de verdad colectiva. La explicación de Jack parecía casi intelectual. Sí, las cosas habían sufrido un pequeño «desliz».
Coryn fijó los ojos en el diccionario y lo cerró con tanta fuerza que las páginas castañetearon. Jack sabía muy bien lo que hacía. Coryn, su única víctima y el único testigo de sus «actos», no contaba más que un vulgar juguete. Jack se mostraría paciente y esperaría su hora. «Ese es el plan de Jack.»
Devolvió el diccionario a su estantería de la biblioteca y fue a apostarse junto a la ventana, en el sitio exacto donde Kyle la había besado. En el sitio exacto donde se había deleitado con aquel primer beso. En el jardín habían florecido algunos brotes. Pensó en lo verdes que debían de estar las hojas de su abedul.
Coryn Benton, antes de divorciarse: señora de Brannigan, cerró los ojos y los vio. Vio los ojos de Kyle y juró atenerse a la decisión que había tomado.