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«Quiero tener a Coryn entre mis brazos.»
Sexagésimo séptimo día. El reloj de la iglesia dio las cuatro de la mañana. Era la primera vez que oía las cuatro campanadas desde su llegada a México. Esperó a las cinco. A las seis, y oyó el timbre del teléfono de su habitación. El conserje era puntual. Kyle dio un respingo al descolgarlo, pero en cuanto se incorporó sintió un mareo. Pensó en la cena olvidada. Volvió a acostarse. Cinco minutos… Cinco minutos de nada que se alargaron casi una hora.
Cuando volvió a abrir los ojos comprendió de inmediato que llegaría tarde al colegio que tenía previsto para esa mañana. «No puedo perder otro día.» Echó un vistazo rápido al plano y a la lista. Ya no le quedaba elección. Cambió sus planes. Cogió un bollo de la barra de la cafetería y se metió en su coche. Tardó exactamente doce minutos en llegar. Faltaban dos minutos para las ocho cuando aparcó a unos cincuenta metros de la verja. Había demasiados coches cerca, y Kyle se maldijo por no ser capaz de distinguir la entrada. La campana sonaría de un momento a otro. Se maldijo más todavía. Tendría que haberse levantado cuando debía. Tendría que haber seguido su plan inicial al pie de la letra y acudir al colegio que había previsto visitar ese día. «Tendría que…» Tendría que haber sido razonable y alimentarse bien. Tendría que… Tendría que… La vida tendría que… Cuando a lo lejos, al principio de la calle, una silueta esbelta y grácil apareció. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y un vestido blanco. Se agachó para besar al crío que la acompañaba, le recolocó el tirante de la mochila y observó sin moverse cómo cruzaba la verja de la escuela. Cuando el niño se volvió, ella le lanzó un beso, y a Kyle se le entumecieron las piernas.