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Metió a la pequeña ya saciada en su cama, y aguardó a que su respiración fuera regular y fluida para bajar al salón. Buscó las tijeras y tuvo cuidado de cortar con esmero las fotos. Cuando destapó la cola, tuvo un sobresalto. «¿Qué estoy haciendo? ¡No voy a estar tan tarada como para poner este artículo en el cuaderno!» Porque, sí, habría que ser totalmente estúpida y suicida para burlarse así de Jack.
Tenía que… que… esconderlo. Habría podido echarlo al fuego. Pero ¿cómo iba a rechazar un regalo? Solo quedaba la posibilidad de ocultarlo. Se levantó y consideró hasta el último rincón del salón. Luego todos los de la cocina, el cuarto de baño, el garaje y el resto de las habitaciones. Cada vez que posaba la mirada en un sitio, al instante consideraba que no era lo bastante seguro. «Pero tengo que encontrarlo», se alarmó, y rogó a santa Buena Idea que la iluminara. Transcurrieron los minutos sin descubrir el escondite idóneo y el péndulo del salón vomitó de súbito tres golpes sordos.
Un frenesí se apoderó de la joven. Las tres. Debía apresurarse para llegar a tiempo a la salida de clase. «¿Cómo he podido perder tanto tiempo?» Guardó la cola y las tijeras en el sitio de costumbre y subió deprisa al dormitorio donde estaba Christa. Metió el artículo en el último cajón de la cómoda, bajo el papel de seda que separaba el fondo de la ropa del bebé. En el mismo sitio donde escondía el libro de Mary. Era el escondite más fiable. Jack no guardaba la ropa de los niños… «Para empezar, deja la suya tirada por ahí cuando se la quita.»
Christa dormía tan profundamente que no se despertó cuando su madre la instaló en el cochecito. No la vio ponerse el abrigo con prisa, recoger el periódico, los recortes caídos al suelo impecable y la carta de Mary allí en medio. Como tampoco la vio salir al trote hacia el colegio.
El viento era más frío y soplaba más fuerte que por la mañana. Coryn bajó la capota del cochecito al máximo y se sintió atravesada por un terror súbito. ¿Y si Jack leía el Times en el avión? No, era algo improbable en un vuelo doméstico. «¿Y si me pregunta si lo he comprado hoy? Mentiré», se dijo tirando el ejemplar a una papelera de la calle. «Diré que no había. O que lo he olvidado. Pero ¿qué he hecho… aparte de soñar?»
Retuvo hasta el último momento la carta de Mary, la invadió el pánico, titubeó, y luego leyó atentamente la dirección antes de tirarla también. «¡Oh! Perdóname», pensó retomando la carrera. La joven mujer estaba tan confusa que le costaba concebir una idea coherente. «El día de hoy está demasiado lleno de demasiadas cosas.» Tantos regalos de Navidad para una chica que nunca había esperado ninguno. De pronto le habría gustado… «retroceder unos meses. Para volver a vivirlo todo». Le brotaron las lágrimas. Se pellizcó la nariz con fuerza.
Coryn vio otra vez las cifras azules y en cursiva escritas en la tarjeta que Kyle le había tendido en el parque, no muy lejos de allí. «(415) 501 7206.» La dirección no la había retenido. ¿Demasiadas emociones? No. El día que Kyle quiso dársela, ella no se había atrevido a leer nada más que el número de teléfono.
Ese número representaba la esperanza, tan loca como insensata. Existía. Como una respuesta a la pregunta que la atormentaba desde Inglaterra.
«¿Qué podemos hacer para salir de esta?»