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Jack creyó que lo había previsto todo aislándola. Y privándola de la tele, las revistas y los contactos. Espiando hasta sus gestos más insignificantes. Se la había llevado al otro lado del Atlántico, la había instalado en una casa maravillosa, imaginando que así Coryn solo pensaría en él. Creía que le pertenecía. Se equivocaba.
Cuando Jack abrió la puerta de la casa, Daisy berreaba en sus brazos. Se había dormido durante el trayecto y ahora ya no tenía ganas de que cargaran con ella. Coryn desapareció en el cuarto de baño para ponerle un pañal limpio. La pequeña gruñó unos minutos más y se durmió sobre el cambiador. La joven madre la metió en la cama sin que la pequeña se diera cuenta. Permaneció un buen rato contemplándola y se llevó una mano al vientre. Y juró que jamás de los jamases abandonaría a sus hijos. «Pase lo que pase…»
Kyle había aparcado a una decena de metros. Las luces de la planta baja estaban encendidas, como en la planta de arriba. Ningún grito rasgaba la oscuridad.
Se quedó mirando la casa sin saber muy bien qué esperaba. Pensamientos confusos y perturbadores se agolpaban en su mente. Su padre —el Cabrón—, su madre, su música, Jane, su irresistible ascenso con los F…, Patsi. El vínculo que tejen los acontecimientos… El vínculo que fundamenta la vida. Se dijo que ese día su camino había sufrido un error de señalización. ¿Estaba perdiendo el norte? ¿Se alejaba de sus sueños o se acercaba a ellos? ¿Cuáles habían sido sus verdaderas ambiciones como hombre?
A esa última pregunta Kyle sabía qué responder. Los F… eran la culminación de sus expectativas. La tierra entera se había convertido en su campo de juego. De Singapur a Nueva York, pasando por París, Tokio, Bruselas y Moscú, había alcanzado y superado con creces sus primeras esperanzas. Sabía que habían tenido una suerte inaudita de conocerse y de creer en ellos. Sí, Kyle estaba convencido de la existencia de la Suerte. Sin embargo, alguna vez había pensado que tanta Suerte no podría durar. Le parecía injusto. A veces… indecente.
«La prueba es que ahí está Malcolm», se oyó decir en voz alta. Entonces, de golpe, el miedo y la culpabilidad —como el horror de lo que podría haber pasado— le cayeron encima a plomo. Con mucha más violencia que en el momento del accidente. Kyle pensó que habría bastado una sincronización una pizca más cruel para que el niño chocara de frente contra su coche. No imaginó que la Suerte había modificado el recorrido de la pelota por cuya causa Malcolm se había soltado de la mano de su madre, y murmuró: «La vida…».
La puerta del garaje se abrió y el músico aterrizó de nuevo en el presente. Se hundió por instinto en su asiento. Jack Brannigan sacaba la basura. Parecía un padre de familia acomodado cualquiera. Porque, para conducir un coche como el suyo y vivir en una mansión de revista como esa, había que ganarse la vida por encima de la media.
Un vecino que sacaba al perro se detuvo cerca de él. Los dos hombres se dieron un apretón de manos e intercambiaron unas palabras. Estaba claro que Jack le contaba que un pirado había atropellado a su hijo. Sus gestos eran explícitos. El vecino le dio una palmadita amistosa en el hombro y, antes de volver a su idílica casa, a buen seguro le dijo que abrazara de su parte al adorable Malcolm. Brannigan desanduvo el camino hasta su hogar con las manos en los bolsillos. No cabía duda de que para todo el vecindario era un tipo normal, incluso simpático. Se detuvo en su porche y esperó un instante. «¿Qué mira ahora ese imbécil?» A Kyle no le habría gustado que Jack mirase las estrellas. Ni que pensara en ellas siquiera. Que existiera un atisbo de poesía en el careto de «este hombre-de-negocios-que-se-digna-sacar-la-basura-con-sus-propias-manos». Pero no, aquel capullo giró sobre sus talones y cerró la puerta.
Las luces se apagaron una a una, lo cual obligó a Kyle a arrancar el motor del coche y salir de la calle de Coryn. Pensó en que temía por ella. Pensó en su sonrisa, en sus delicados rasgos, en sus mejillas al sonrojarse y en su voz inusualmente sosegada. En su pelo suave y brillante. Sintió ganas de tocarlo, de notarlo entre sus manos. ¡Oh, sí! ¡Con semejantes pensamientos más valía que Kyle volviese a casa de Jane! Que no se perdiera en un mundo tentador y peligroso… «Se me va la olla.» Era hora de irse de San Francisco. Puede que Patsi ya tuviese ganas de tener un hijo. «Quién sabe…»
Quién sabe por qué, Kyle fue al cementerio.