18
Coryn resistió durante varios meses. Después, un día en que Malcolm estaba en clase y Jack visitando a unos clientes en Los Ángeles, empujó la puerta de la biblioteca del barrio, se fue derecha a la sección de música y encontró rápidamente los CD de los F… Le dio una pila de libros ilustrados a la pequeña Daisy, que se quedó maravillada, y ella se sentó en una de las butacas. Escogió el primer disco al azar, lo puso con cuidado en el reproductor y apretó el «play». En su casa, en Birginton, le encantaba escuchar música… A sus padres y sus hermanos les gustaba también. En particular cuando ella chillaba más fuerte que ellos. Pero a Jack no… «No, a Jack no. Pero no debo pensar en Jack ahora.»
Coryn mantuvo los ojos abiertos y escuchó atentamente. Con toda su concentración. No sabía muy bien si ella penetraba en la música o si era la música la que la poseía. Sonrió y cambió el CD, cuando una señora de cabellos canos sentada a unos metros de ella se le acercó.
—Una vez oí al personaje de una película decir: «La belleza de la música es esto: que no te la pueden quitar». Es del todo cierto, ¿verdad?
—Es una bonita manera de expresarlo —repuso la joven rubia, incómoda por haber sido descubierta.
La anciana le tocó la mano.
—A mi edad, por desgracia, pierdes la memoria y no recuerdas dónde has leído u oído algo. Al principio me sentí muy decepcionada porque me traicionara mi cuerpo. Luego, finalmente, me convencí de que no era para tanto. Lo importante es lo que te pasa aquí. —Se puso una mano bajo el pecho—. Le deseo un buen día, señora. Y que el bebé que tenga sea precioso…
Coryn comentó que le faltaba un mes, y la anciana se despidió de ella con una gracia elegante. La joven se preguntó, durante un breve instante, si esa aparición había sido un sueño. O no. Consultó el reloj. El tiempo había pasado volando. Solo quedaba una canción. Apretó el «play» y contuvo la respiración en cuanto sonaron las notas que Kyle había tarareado en el hospital.
«¿Quiero a Jack?»
Se quitó los cascos. No podía escuchar el resto. Era demasiado. Excesivo. Y le brotaron las lágrimas. Las malditas lágrimas que debía controlar a todas horas. Ella, que pensaba que tenía poder sobre sus lágrimas, en esos momentos la abrumaban. Entonces se pellizcó la nariz e inspiró para enviarlas al más profundo de los abismos.