15
Las malditas fotos seguían bloqueadas en su teléfono móvil y el músico no conseguía entender el porqué, si bien le parecía lógico y normal que estuvieran en «su» aparato. Pero Coryn las necesitaba. De una forma u otra, tenía que transferirlas. «¡Mierda!», repitió en voz alta. Era obstinado y metódico. Artista y preciso. Porque un artista siempre es preciso, sobre todo cuando la habilidad lo rehúye.
Por eso lo intentó repetidas veces. Tantas que olvidó la hora de la comida. Y como de costumbre, Jane fue a buscarlo.
—Creía que estabas ensimismado con tu música.
—¡Estas fotos no se descargan!
—¿Qué fotos?
—Las que le he prometido a Coryn.
Le puso el móvil ante las narices. Jane no dijo nada al principio. Eran buenas, pero le harían daño si las guardaba. Y las miraba demasiado a menudo. Kyle respondió que ese era su problema.
—¿Y si Patsi las encuentra?
—Nada que temer.
Jane negó con la cabeza.
—Ven a comer algo que te engorde un poco.
Kyle permaneció sentado, mirando el vestido rojo de Jane como si la viera por primera vez ese día.
—Es un vestido para la ocasión.
—Es el regalo de Dan.
—¿Ha llegado?
—Y ha vuelto a irse. Pero volverá más tarde.
—Te queda bien ese color.
—Tenía miedo de parecerme a Papá Noel.
—Así cambias del azul marino y del negro. Y también del marrón.
—Tengo un traje sastre verde y un montón de camisetas de colores, pero no creo que sea el momento de hacer un inventario preciso de mi guardarropa.
—No te he comprado aún tu regalo —dijo Kyle levantándose—. No he tenido tiempo…
—Ni yo.
Kyle pasó un brazo alrededor de los hombros de su hermana. Recorrieron el pasillo y él preguntó qué le apetecía.
—Una caja enorme de bombones belgas.
—Genial. Toco en Bruselas el 6 de enero. Te enviaré una.
—Dos, por favor.
—Vale.
—Y tú, ¿de qué tienes ganas? Es decir, aparte de lo que no puedes tener…
—De nada. Tengo de todo. Hasta migrañas.
Jane le lanzó una mirada a la que Kyle respondió con un guiño.
—Imagino que me mentirás como siempre si te pregunto si has ido al médico.
—No tengo por qué mentirte. Voy al del seguro.
—¿Cuándo has ido a verlo?
—Ya no me acuerdo.
—¡Kyle!
—Tengo treinta años y migrañas como millones de personas en la tierra. ¡Y nadie ha muerto por eso, que yo sepa! Y por una vez, Jane, ocúpate de tus asuntos y no…
—Es lo que pienso hacer —repuso ella esbozando una sonrisa.
Kyle soltó un largo silbido, como cuando era pequeño, y añadió que, sin duda, ese era el día de los regalos.
—Ahórrate los sarcasmos. Y hablando del tema, te ruego que te encierres en tu cuarto esta noche. No quiero verte merodeando por el mío porque no estaré disponible para ser el paño de lágrimas de nadie.
Kyle se apartó el mechón de la frente. Se acercaban al comedor. Olía a fondue de queso. Jane se preguntó de pronto si el exotismo del proveedor de catering tendría éxito.
—¡En cualquier caso, parece que los niños se divierten!
En efecto, los críos estaban jugando con trozos de pan que caían de los palillos y estiraban los hilos de queso.
—Desde aquí parecen telarañas —dijo ella.
—Solo que su olor es menos intenso. Hablando de telarañas, ¿te dedicas a criarlas debajo de la mesa de tu despacho?
—Deberías saber que ayudan a eliminar los bichos que vuelan y reptan.
—¡Ojalá acabaran con los que caminan sobre dos patas!
—Reza por que eso suceda.
—Ya me gustaría. —Kyle resopló—. Pero ¿a quién se lo pido? Papá Noel ya ha pasado.
—Implora a santa Aracne.