7
Mientras que Patsi ocultaba sus náuseas y sus primeros kilos bajo sus nuevos vestidos acampanados, que combinaba con botas y mallas, Kyle enterraba su malestar un poco más, y solo dejaba que aflorase en el escenario. El público aplaudía con ganas mientras que él se sentía desfallecer cada vez más. Patsi no dejaba de repetirle que el juicio, el desfase horario, la gira, los «esta noche no», los «ahora no», los «necesitamos tiempo» y demás eran excusas «baratas».
—Sabes que todo el mundo dice una cosa y quiere otra.
Patsi tenía razón, como siempre. Kyle sabía muy bien que solo el miedo se lo impedía. Su monumental, asfixiante, paralizante e infecto miedo de lastimar a la mujer que amaba. De no estar a su altura.
No obstante, un día, cuando acababan de aterrizar en Grecia, Kyle dejó su maleta junto a la cama del hotel y, sin mirar el cielo azul ni la hora —sin pensar—, marcó el número protegido de Jane. Su voz le confirmó que dormía. Jane dijo que eran las cuatro de la madrugada y, sobre la marcha, le informó de la sentencia del juicio.
—Tengo que hablar con Coryn. Dile que la llamaré más tarde.
—No está aquí. Se ha ido.
Se le heló la sangre.
—¿Cuánto hace?
—Lleva tres días sin aparecer.
—¿Qué quieres decir?
Jane calló unos segundos. Kyle se impacientó.
—¡Jane!
Resumió en pocas palabras el juicio, el divorcio exprés, la separación de bienes, que se reducía a pocas cosas puesto que Jack había tenido la astucia de formalizar un acuerdo prematrimonial. La casa de San Francisco era la residencia oficial de la empresa y la de Londres solo le pertenecía a Jack. Coryn había vendido todas sus joyas, también la alianza. Había hecho algunas búsquedas de empleo.
—Sus hijas nacieron aquí. Tiene derecho a quedarse. Le propuse, incluso, que ocupara la nueva vacante que voy a crear.
Era cierto. Fue lo que Jane hizo la mañana de la huida de Coryn. Pero antes de que la joven mujer pensara en la respuesta, el pequeño Pedro entró gritando que su mamá estaba en la ducha y que no quería abrir la puerta. Jane acudió corriendo al aseo y Coryn llamó al 911. Dio la dirección y en unos minutos apareció la asistencia médica, echando abajo la puerta del cuarto de baño. Johanna, la mamá de Pedro, yacía sentada en su propia sangre en la ducha. Coryn estaba en primera línea y lo vio todo. «Esto no terminará jamás.»
—Cuando fui a llamar a su puerta descubrí los armarios casi vacíos.
—¿Se fue con todas sus maletas sin que nadie la viera?
—Yo… Esto estaba lleno de policías y de gente…
—¿Cómo se fue? ¿En taxi? ¿Cómo diablos?
—¡Kyle! Había recuperado el segundo coche.
—¿Dejó alguna nota?
¡Oh, sí! Y tanto que Coryn había dejado una nota. Jane vaciló, y el músico gritó que quería saberlo. Jane desplegó la hoja que aguardaba en la mesita de noche.
—Escribió: «Una mujer maltratada terminará siempre encerrándose en un cuarto de baño si no ha sucumbido a los golpes. Se convencerá de que es la única salida. No quiero ser una de ellas. Por favor, Jane, no me busques. Quiero reconstruir mi vida».
Jane añadió que Coryn le agradecía su ayuda y blablablá… Estaba ganando tiempo, pero sabía que su hermano acabaría preguntando:
—¿Eso es todo?
—También escribió: «Di gracias y adiós a Kyle de mi parte».
Transcurrió un minuto largo, que explicaba todas las implicaciones de ese «gracias». Jane no creía que el dinero que Coryn había retirado de su cuenta bancaria le bastase para vivir mucho tiempo escondida.
—¿Por qué no me has contado nada?
—Confiaba… confiaba en que volvería. Ya nos ha pasa…
Kyle colgó. «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.» «Di gracias y adiós a Kyle.»
Había reaccionado demasiado tarde. Por cobardía. Por pura cobardía. Y era consciente de ello.
Kyle permaneció sentado en el suelo mirando por la ventana. El cielo exhibía un azul implacable que no toleraba ninguna nube. Kyle olvidó el día, el lugar, el hotel, qué sala los acogería para el concierto de esa noche. Estaba solo y destrozado. Se sentía solo y destrozado. Cogió la guitarra que estaba a sus pies y, sin dejar de mirar el cielo azul, se puso a tocar. Y a cantar. Sin público. Sin nadie que lo escuchara. Sin Coryn entre sus brazos.
I hope you’re all right
I hope things turned out right
I wish you a happy life
I hope you think of me sometimes
Sometimes I might go crazy
Some days I’ll be crazy
Oh! My love please forgive me
Oh! My love please[1]
Kyle lanzó la guitarra al otro extremo de la habitación. Luego su teléfono.