26
Jack bajó esposado y escoltado por el sargento Malone, embutido en un traje barato.
Los dos hombres fueron los primeros pasajeros en embarcar a bordo del avión con destino a Londres. Jack aseguró que tenía unas ganas incontenibles de ir a orinar. El oficial cacheó a Brannigan y le quitó las esposas delante de la puerta de los aseos.
—Nada de trucos. Me quedó aquí delante con mi pipa, y que sepas que siempre he sido el primero en puntería.
Jack se dijo «mierda» mientras abría la puerta. Se sentó encima de la tapa del inodoro y esperó a tener una buena idea. «¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!»
El poli aporreó la puerta y el preso gritó que necesitaba más tiempo.
—Te doy dos segundos, Bran…
El resto de la frase fue inaudible. Si Jack hubiese salido en ese mismo instante, si se hubiera preguntado por qué no había oído el final de la frase, si el café de la cárcel hubiese estado un poco más cargado de cafeína, no habría perdido un tiempo precioso. Tantas noches rezando para nada. Maquinando planes para nada. Una fuga… siempre es un sueño. ¡Oh! Había deseado tanto escaparse del vehículo, o escabullirse a su llegada al aeropuerto o antes de embarcar… Pero tenía que resignarse: la oportunidad no se había presentado. Lo habían esposado al gordinflón. Jack decidió tirar de la cadena una vez. Luego otra. Le costaba evacuar toda la mierda que lo corroía por dentro.
Cuando por fin decidió salir, al principio no vio a Malone. Estaba arrodillado en el pasillo a cuatro metros de él, ayudando a una anciana torpe a quien se le había volcado el contenido del bolso. Milagrosamente, el policía le daba la espalda. Jack miró hacia la portezuela del avión y no vio a nadie. «Nadie.» Estaba abierta. Le abría sus brazos y le manifestaba su amor. «Ahora o nunca.»
Sin vacilar lo más mínimo, bajó del avión sonriendo. Recorrió el pasillo en sentido inverso a pasos agigantados. Aceleró cuando resonaron unos gritos. El policía acababa de comprender que lo habían burlado, y Jack echó a correr como en su vida lo había hecho. Derribó a todos los imbéciles que le barraban el paso, asegurando a voz en cuello que el hombre que lo seguía iba armado. Nadie hizo nada por detenerlo. Saltó, empujó, franqueó los obstáculos. Unas mujeres chillaron. Zigzagueó hacia las puertas. Unos metros más y tendría una vida nueva a su alcance. No se volvió ni una sola vez para comprobar si había dejado atrás al policía.
—¡Un paso más y disparo, Brannigan!
Jack se quedó inmóvil y se puso las manos sobre la cabeza. Había confiado demasiado en la lentitud de aquel poli rechoncho y mucho menos joven que él.
—¡De rodillas! Como muevas un solo pelo del culo, te juro que disparo.
El sargento Malone se acercó resollando. Jack le dio un puntapié en la entrepierna. El policía se desplomó como una marioneta, y la pistola se disparó, pero el proyectil no alcanzó a Brannigan, quien había reemprendido la huida y ya desaparecía por entre los curiosos que permanecían clavados en su sitio. Y… santa Coincidencia maldijo a ese canalla por no haber tenido la delicadeza de darle las gracias.