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Cuando el Boeing de la familia Brannigan aterrizó en suelo londinense hacía muy poco que el de Kyle había llegado de Bangkok. Por una razón misteriosa y que incordió al noventa y siete por ciento de los pasajeros del vuelo de Coryn, estos últimos tuvieron que esperar dentro del avión. Algunos, como Jack, exigieron bajar en el acto.
La tripulación hizo como que atendía sus demandas, pero no los invitó a salir hasta que se recibió luz verde desde el aeropuerto. Todos se dirigieron apresuradamente al control de aduana. Había niños que lloraban. Mujeres mayores que amenazaban con presentar una queja y hombres de negocios que juraban que rescindirían su abono anual. Pero Malcolm, Daisy y Christa no se quejaron. Habían heredado la paciencia de su madre y sabían esperar. Siguieron en silencio la fila hasta Inmigración, donde los pasajeros del vuelo procedente de San Francisco divisaron a una multitud acalorada a lo lejos, al otro lado de los cristales. Muy pronto corrió el rumor de que había una «estrella».
Las reivindicaciones anteriores se desvanecieron, sustituidas por la curiosidad. Los nombres pasaban de boca en boca. Coryn oyó el de Sharon Stone, el de Angelina Jolie y hasta el de George Clooney. Todos intentaban averiguar el nombre exacto para poder repetirlo de todas las formas imaginables. Fue imposible. Porque el personal no decía ni mu. Invitaron cortésmente a los pasajeros a que fuesen a recoger sus maletas.
—¡Qué panda de inútiles! —exclamó Jack empujando a Coryn delante de él—. Espérame aquí con los niños.
Ella obedeció. Estaba cada vez más estresada por la idea de volver a ver a su familia.
Desde que su marido le anunciara el viaje, la joven había concebido mil planes a fin de estar preparada para todas las decepciones posibles. Las alegrías… No hay necesidad de revisarlas. Puedes recibirlas por sorpresa. Pero las anti-alegrías… Más vale anticiparlas para digerirlas. Son como las bofetadas en la cara. Las más duras son las que no ves venir.
Jack volvió empujando el carrito cargado con todas las maletas. Incluido el doble cochecito, que no desplegó porque Christa dormía como una bendita en los brazos de Coryn. Cargó a Malcolm y luego a Daisy, que instaló cómodamente entre las piernas de su hermano, y la familia cruzó la aduana en un tiempo récord. Jack los dejó solos para ir a por las llaves del coche «¡que tiene ese imbécil incapaz de levantar la pancarta como es debido!». Habían gratificado al mejor vendedor con el coche más grande. El más bonito. El más blanco. «Y el más difícil de encontrar.»
La joven aguardó con los niños y las maletas en el vestíbulo, feliz de poder sentarse cinco minutos. Se sintió extenuada de repente. Durante las últimas semanas solo había podido dormir dos horas seguidas. Y en ese instante, con el desfase horario, apenas sentía las piernas. Daisy dormitaba encima de su hermano, «que dentro de dos minutos caerá rendido también», pensó Coryn cuando volvieron a oírse gritos y pisadas apresuradas desde el fondo de la terminal. Policías, agentes y curiosos rodeaban… «¿A quién rodeaban?» Pensó un instante en Kyle y su grupo, pero pronto alejó de su mente esa idea. «Ridículo. Aunque romántico.»
Malcolm preguntó qué pasaba. Coryn le acarició la mejilla e, inclinándose sobre él, dijo que no lo sabía. La espesa melena le resbaló por la espalda.
Y Kyle tuvo la impresión de… No, en verdad divisó entre aquellos hombros a modo de cortina una melena rubia, larga y fluida. Se quedó de piedra. Uno de los gigantes que los rodeaban apoyó una mano en su hombro y los conminó a seguir avanzando. «¿Qué iba a hacer Coryn aquí?», se dijo sonriendo para sí. «Ridículo. Aunque romántico.» Sintió una punzada en el estómago. «Vengo aquí para dejar de pensar en ella, y en cuanto veo una chica rubia estiro el cuello.»