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Después de besar a Coryn y a los niños, los dos hombres siguieron parloteando como dos viejos colegas y no escucharon a Malcolm cuando les contó que las palomas inglesas corrían muy deprisa en el parque. Que no conseguía atraparlas con Daisy y que las hormigas…

Coryn se llevó enseguida a su hijo al cuarto de baño y lo duchó por segunda vez ese día. El niño preguntó «por qué».

—Por la contaminación… —pretextó la madre.

—¿Es peor que en San Francisco?

—Sí. Y mañana no tendré tiempo antes de irnos a Brighton.

—Mamá…

—Sí —dijo ella distraídamente mientras lo enjabonaba.

—Mamá…

Su voz había bajado un tono. Ella alzó los ojos, Malcolm tenía una expresión seria. ¿Había visto que Mary le había dado el libro? Pero el niño se abrazó a su cuello y la apretó muy fuerte.

—Te quiero, mamá.

Coryn se sintió contrariada. Su hijo estaba contrariado. ¿Se daba cuenta de las cosas? Crecía. «El infierno es una gangrena. Atrapará a Malcolm. Luego a Daisy. A Christa…» Se le erizó la piel y la puerta se abrió. Era Jack.

—Daos prisa. Os llevo al restaurante.

—¿Por qué? —preguntó Malcolm.

—Para dar las gracias a mi cuñado.

Lo cual implicaba que este se había mostrado mucho más sutil y, sobre todo, mucho más hábil de lo que Coryn podía imaginar. Terminó de vestir a los niños. Malcolm, a solas, en la habitación. Malcolm que le sonreía tranquilo. Como si la contrariedad nunca hubiese existido. Coryn se puso la máscara de siempre y participó con naturalidad en la conversación.

 

 

Durante el postre Timmy anunció que había decidido marcharse como corresponsal de guerra a Afganistán. Sus padres no sabían nada aún y, la verdad, mataba el tiempo como podía.

—Nos has embaucado bien, ¿eh? —dijo Jack—. ¡Enhorabuena!

—Pero ¿por qué? —preguntó Coryn aterrada—. ¿No pensarás cubrir… los horrores de la guerra?

—Eso es justo lo que pienso hacer.

—Te has vuelvo loco. Loco de remat…

—Necesitamos personas que luchen por defender las libertades —la cortó Jack con un aplomo que pasmó a Coryn.

—Pero ¿es realmente para defender la libertad? —dejó escapar Coryn.

—¿Quién lo duda? —repuso Jack sin percibir la ironía en la pregunta de su mujer.

—Es que… es peligroso.

—El peligro no me disgusta —afirmó Timmy.

—¡No te entiendo! ¿Cómo puedes irte allí y…?

—Quiero ir para denunciar lo que los hombres hacen a otros hombres. Tiene que llegar el día en que tomemos conciencia de que todo esto tiene que parar.

Coryn no pudo añadir nada más sin desplomarse. Y, de hecho, todos guardaron silencio. Timmy fue el primero en despegar los ojos de su plato. Dijo que allí hacían falta personas como él, libres y sin compromiso.

—Conseguirás que te maten —dijo ella.

—Seré prudente.

—¡Coryn! ¿A qué estás jugando? Tu hermano necesita apoyo, no pájaros de mal agüero. Me parece muy valiente que se atreva. Es una oportunidad para su carrera.

El periodista dio las gracias a su cuñado y cogió su cámara fotográfica.

—¿Me dejáis que os haga una foto a todos?

Jack se negó categóricamente. No explicó el porqué. Se levantó y dijo que era hora de acostarse. Al día siguiente debían madrugar para ir a Brighton.

Se despidieron con abrazos en el vestíbulo del hotel y Timmy los acompañó hasta el ascensor. Entraron dos desconocidos, Jack los siguió con los niños. Coryn iba a entrar, pero las puertas se cerraron, dejando a su marido boquiabierto.

—Puede que cuando tenga bastante pasta gracias a mis reportajes me pague un maldito viaje para ir a verte.

—No me gusta tu proyecto —afirmó Coryn mientras apretaba el botón por inercia.

—Nada de lo que digas podrá hacerme cambiar de opinión. Pero voy a echarte de menos.

—Yo también.

Miró a su hermano. Algo atravesó a Timmy, y frunció el ceño. Ella lo abrazó y dijo que pensaría en él todos los días. El ascensor llegó y se coló dentro.

—Si veo a Kyle, ¿quieres que lo salude de tu parte? —dijo él guiñándole un ojo.

—No lo verás. —Coryn sonrió.

—¿Tan poco me conoces? Lee el Times. Van a saltar chispas.

Las puertas emitieron un clic sedoso, y Coryn desapareció. Meses después, Timmy no se perdonaría no haber reaccionado a la extraña sensación que lo había atravesado. Pero en aquel momento hizo caso omiso de ese pequeño desconcierto. Y lo olvidó.

 

 

Durante las primeras horas de la noche no dejó de llover. Jack, Malcolm, Daisy y Christa no se dieron cuenta. La joven mujer, por su parte, estaba en el mismo estado que si hubiera ingerido litros de cafeína. Tenía ganas de leer. Ganas de leer un buen libro. Se levantó con el sigilo de un gato y corrió riesgos innecesarios para recuperar el regalo de Mary, que había lanzado a lo alto del armario del dormitorio de los niños. Lo alcanzó desplegando una percha de alambre y ahogó un gritito de victoria cuando sus dedos lo asieron. Encontró refugio en el cuarto de baño, a la entrada de la suite. Se sentó en la moqueta con la espalda contra la puerta. El temor de que Jack la sorprendiera le pareció infundado. Durante todos sus años de matrimonio ni una sola vez la había visto levantarse, ni siquiera para ir a orinar.

Bajo el título había una frase escrita en letras violetas: «Este maravilloso libro pertenece a M. Twinston». Coryn se sumió en la lectura. Desde las primeras líneas quedó atrapada por el mundo de Andy, injustamente encarcelado… Que doblaba la espalda, como ella. Que sufría humillaciones y golpes, «como yo», pero él esperaba su hora sin renunciar a su sueño, sin renunciar a Zihuatanejo. Coryn devoraba las palabras. Eran deliciosas. Doblemente deliciosas, porque ese libro había pasado de las manos de Mary a las suyas justo cuando se preguntaba «qué hacer para salir de esta».

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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