8
—¡Kyle! ¿Estás escuchando?
—Sí.
—Pues no lo parece.
—Sigue, Steve.
No, el cantante no estaba escuchando. Hacía días que ya no prestaba oído a nadie. Ni siquiera a Patsi cuando le cogía la mano, llegada la noche. La mayor parte del tiempo permanecía callado y solo se animaba cuando subía al escenario. Escribía cosas que iban directas a la papelera. Patsi las recuperaba, las leía con ojos horrorizados y las rompía rápidamente. Una noche Kyle murmuró que pasaba página. Ella respondió: «Fantástico».
Patsi supo que ambos mentían. La echaba de menos y siempre lo haría. Era un sinsentido, claro. Y no obstante… real. Tan real como esa cosita que la joven mujer notaba moverse en un lugar de su cuerpo cuya existencia no sospechaba.
—Pues os iba diciendo —continuó Steve, nada convencido— que Mike Beals acaba de firmar. Sudáfrica, está bien.
—¿Cuántos? —preguntó Patsi, inquieta.
—¿Cuántos qué?
—¡Cuántos conciertos, bobo!
—Dos —dijo Steve.
—¡Dos! Es una mini minigira.
—Dos tampoco está tan mal para Sudáfrica. ¡Y cuando tocamos en un estadio nos llevamos un buen pellizco, Patsi!
—¡Steve! Te vuelves susceptible con la vejez.
—¡Me pregunto si te das cuenta del curro que me pego y de lo que Mike sacrifica para que tú subas a menear el culo en un escenario! De hecho, podría añadir que en este momento…
Patsi abrió la boca, y la cerró cuando Kyle preguntó:
—¿Desde cuándo tocamos por la pasta?
Los chicos se volvieron hacia él a una.
—¿Qué pregunta de mierda es esa?
—Nunca has hecho ascos a la pasta, Kyle.
—No. Es verdad. Pero insisto, porque de pronto me pregunto desde cuándo tocamos por la pasta.
—Básicamente desde siempre —dijo Jet, que no era el más parlanchín del grupo. Se irguió en su asiento. Los otros tres se volvieron hacia él, y se encogió de hombros—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así? Soy como todo el mundo, como todos vosotros. ¿El dinero? Pues me he acostumbrado a él y no le hago ascos. No más que tú, Kyle, que tienes los bolsillos agujereados. No más que Steve, que tiene gustos muy caros, y no más que Patsi, que se pule lo que no ha ganado aún. Punto.
Se hizo el silencio y cada cual analizó las palabras de Jet a su manera.
—Sudáfrica… —terminó aceptando Patsi en voz alta—. ¿Por qué han dicho que sí?
—¡Porque hasta ahora no hemos ido nunca! ¡Porque siempre hemos querido ir! ¡Porque llevamos meses negociando! ¡Porque las fechas son las adecuadas, antes del último concierto en Nueva York! ¡Mierda! ¡Patsi…! ¿Qué te pasa?
—Nada. Que estamos un poco hechos polvo, ¿no? —respondió.
—Estás hecha polvo, querrás decir. Pero haz un esfuerzo. Dentro de poco podrás descansar. ¿Crees que aguantarás? —se mofó Steve.
—¿Cuándo tocamos? —preguntó Kyle antes de que Patsi estallara.
—El sábado y el domingo de la semana que viene.
—¿Ya? ¿Y el material?
Steve intervino para explicarles que el decorado sería…
—… más sobrio. No podemos hacer nada más con un plazo tan corto.
—Un estadio. Un decorado minimalista. A mí me parece que se verá… ¡vacío! —Patsi suspiró.
—Contamos con tu presencia —repuso Steve—. Y ves, eso te deja tiempo para descansar antes del concierto.
—Habrás constatado, Steve, que no he dicho ni mu y que no obje…
—¿Y por qué no nos vamos después del concierto de mañana?
Los tres se volvieron simultáneamente de nuevo hacia Kyle.
—Sí. ¿Por qué no? —repitió.
—¿Para hacer turismo otra vez? ¡No, gracias! —dijo Patsi mientras desenroscaba el tapón del frasco de esmalte de uñas negro—. Si supieras, cariño, cómo nos agobian tus visitas a los zoos, a las expos y los museos…
—Os agobia que haga turismo. Os agobia que me duela la cabeza. Os agobia que me quede acostado. Os agobia…
—¡Ya basta! —le interrumpió Patsi levantándose.
Steve alzó las manos para pedir tiempo muerto.
—¡Tú también, Steve! ¡Nos agobias con tu perpetuo peace and love y tus sorpresitas de último minuto!
—¿Qué te crees, que tú no nos agobias, Patsi? Estamos hasta las narices de tus crisis, de tus nervios y de todo lo demás. Estaría bien que dijeses «sí» de vez en cuando y sin protestar, para variar. Que no vayas de estrella con nosotros. ¡Mierda!
—¿De estrella?
Se puso la mano en el corazón.
—¡Nunca he ido de estrella con vosotros!
—¡Demuéstralo! Y haz tú esta noche la entrevista con la gente del WQY10.
—¿Por qué?
—¡Hostia! ¿No puedes decir «sí»?
—Te estoy preguntando «por qué».
Jet suspiró y se fue a mirar por la ventana. Steve hizo un esfuerzo sobrehumano por no tirarlo por la maldita ventana y Kyle emprendió el vuelo por esa maravillosa ventana.
—Te pongo en situación —continuó Steve como si no pasara nada—. WQY10 es más rollo clásico.
—¿Por qué? ¿Ahora somos clásicos?
—¡Te repites, Patsi!
—¡Y a mí qué! ¡Quiero una respuesta a mi pregunta! ¿Por qué tenemos que aguantar otra entrevista? Ya lo hemos dicho y repetido to…
Steve le arrancó de las manos el frasco de esmalte.
—Porque la periodista ha preparado su trabajo y porque también es nuestro trabajo… ¡Oh! ¡Mierda, Patsi!
Steve no podía más. Estaban cansados. Los cuatro. El final de una gira era tan angustioso como predecible. Siempre era la misma cantinela. Desfogaban sus nervios por turnos. Necesitaban airearse. Distanciarse. Apalancarse en algún sitio y no moverse, pero les daba un miedo de muerte volver al vacío del común de los mortales. Ellos no tenían una rutina reconfortante sobre la que dormir como benditos ni bolsas de basura que sacar como todo el mundo. Sin escenarios. Sin desafíos. La cuenta atrás no avanzaba en el buen sentido para ellos y, esa vez, los problemas parecían multiplicarse.
Aquel día, no obstante, para sorpresa de todos, Patsi cedió e hizo la entrevista. Se mostró como era de ordinario. Indómita e imprevisible. Pasaba olímpicamente de lo que la gente pensara de ella. Patsi siempre era auténtica. Sincera y justa. Además, estaba embarazada y alterada. Cuando la joven periodista le preguntó si un día aceptaría sumarse a alguna causa, la roquera respondió sin dudarlo:
—No.
—¿Por qué?
—Porque hay demasiadas por defender.
—Sí, pero…
—¡No hay peros que valgan, cielo! Solo la imposibilidad de elegir una única causa. Porque sería del todo injusto. Pero, por favor, escribe que siempre he aceptado tocar para cualquier asociación que me lo pidiese.
—He de entender que sigue negándose a un compromiso como el matrimonio…
—¡Uy, uy, uy! —exclamó Patsi irguiéndose en su asiento.
Los chicos contuvieron el aliento. El terreno se tornaba resbaladizo. Intercambiaron una mirada impotente, pero Patsi fue más rápida que ellos.
—Cielito mío, punto uno: me gustaría que me dejaran en paz de una vez por todas con la eterna y cansina pregunta del matrimonio, y punto dos…
Recobró aliento y lanzó una mirada a Kyle, quien se hundió en su asiento para disfrutar de la continuación del espectáculo.
—… y, como iba diciendo, punto dos: mi único deseo es demostrar al planeta que las mujeres, todas las mujeres, son libres de hacer y pensar lo que quieran y, sobre todo, que no deben dudar nunca. En cuanto a casarme con Kyle Mac Logan, no entra en mis planes y no entrará nunca porque…
Se vio interrumpida por la periodista.
—Pero sí que entró en el pasado, ¿no es así?
Patsi cruzó otra mirada con Kyle. Se sonrieron. La periodista soltó un rápido «ya lo han hecho, ¿es eso?», que hizo estallar de risa a la artista.
—No sé si al despertarte esta mañana eras consciente de que hoy era tu día de suerte, cielito. Porque esta tarde tienes tu exclusiva. Kyle y yo nos separamos. Y ya de paso… ¡puedes anunciar que estoy embarazada! Pero antes de que te preguntes quién es el padre, te responderé que este crío es de un man y no una concepción divina.
—¿Pone esto en peligro al grupo? —dijo el cielito dando un respingo, regocijándose de estar en primera línea.
—Esto no pone en peligro nada de nada —continuó Patsi mientras Steve y Jet digerían el plato fuerte—. Seguiremos trabajando juntos. Nos concederemos una merecida pausa después de nuestros últimos conciertos. Daré a luz dentro de unos meses y, después, grabaremos un nuevo disco y concederemos entrevistas y haremos una gira fantástica y tendré rabietas cuando me hagan preguntas estúpidas.
—¿Y qué decís vosotros, chicos? —preguntó la periodista volviéndose hacia ellos.
—Pensamos lo mismo que Patsi —respondieron los tres a coro.
Sí. Como de costumbre, la artista tenía el don de encontrar el momento oportuno. Exactamente como el día en que entró en el camerino-armario de los chicos dando un puntapié a la puerta y le arrancó el bajo a Steve de las manos. Daba en el clavo. Kyle habría deseado colocarle una bola de cristal entre las manos para que le dijese dónde diablos se había metido Coryn. Porque, de momento, nadie conocía su paradero.