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¡Cuesta creer cuán largos pueden ser los días y cuán rápidos pasan los años! Una mañana de invierno, mientras quitaba el polvo al retrato de su suegra, Coryn se dio cuenta de que llevaba casada exactamente cuatro años y que jamás en su vida se había sentido tan sola. Le sobraban los dedos de las manos para contar a sus amigas. Tenía… «ce-ro». No tenía a nadie a quien llamar por teléfono. Nadie a quien hacer confidencias, aparte de… Jack.

Al principio Timmy, su hermano pequeño, iba a verla… y a distraerla. Aparecía por sorpresa y le contaba las tonterías que había dicho en clase, las que hacía en casa y todas las que había pensado escribir en el tablón de anuncios. Saltaba de un tema a otro, pasaba de lo trivial a lo esencial. De su profesora de literatura que…

—… es tan lenta que te quedas dormido al mirarla.

—¡Pues no la mires!

—Eso es difícil, porque Bonnie Millow no está nada mal.

—Igual es por eso que no la escuchas…

—La escucho, pero me aburro.

—Todo el mundo se aburre, Timmy. Yo también —dejó escapar Coryn.

Su hermano la miró de hito en hito. Coryn le preguntó si le apetecía un té. Él frunció el ceño.

—¿Si tuvieras un bebé serías más feliz?

—Sí. Cuando dé a luz, seré realmente feliz.

—¿Como en tus libros favoritos?

El hervidor silbó, y Coryn vertió agua en la tetera. Timmy sacó de su mochila las galletas con pepitas de chocolate que había birlado de la reserva especial de la señora Benton, y que ella acabaría buscando…

—¡… por toda la santa Casa!

Timmy la hacía reír. Y soñar también, con sus deseos de ser periodista para largarse bien lejos y dar la vuelta al mundo. «Pero viene raras veces», parecía decirle Marylin desde su marco ese día. «¿Qué ha sido de mi vida?»

¿Era la mirada de su suegra o el sol invernal quien exigía a Coryn hacer balance de los cuatro años que acababan de esfumársele? Cuatro años dedicados a quitar el polvo y a desear un hijo mientras esperaba a Jack… y sus demostraciones de amor. Todas sus demostraciones de amor. La joven suspiró y valoró el abismo que se había abierto entre sus sueños de adolescente y su vida actual. «Entre lo imaginario y lo real.» No sintió tristeza ni angustia. Se limitó a hacer esa constatación implacable, como cuando te das cuenta de que una arruga se ha instalado en tu rostro y nada la hará desaparecer. Creemos que seremos eternamente jóvenes, pero es falso. Queremos olvidar, pero es imposible. Le vino a la mente la imagen de Timmy y su sonrisa. Sus recuerdos de infancia y todas sus lecturas. Su boda, su diamante…

Y todas esas cosas que debería…

Coryn fue a la cocina. Lanzó el trapo gris a la basura con tal fuerza que sonó al caer. Eran las once y media. Jack volvería para almorzar. La víspera había dicho que le apetecían escalopes de ternera y pasta fresca, y que había comprado lo necesario para que preparase su salsa preferida. La joven mujer rubia peló las cebollas bajo el agua fría.

Finalmente se convenció de que era afortunada… Jack estaba muy enamorado de ella. Esa noche, por su aniversario de bodas, cenarían en un restaurante que Jack había elegido para la ocasión. Se sacaría un collar o unos pendientes del bolsillo. ¡Oh! Jack estaba tan enamorado que a veces se ponía… celoso. La mano derecha de Coryn tembló, y la afilada hoja del cuchillo le hizo un corte en el índice. Brotó una gota de sangre. Luego una segunda, una tercera, una cuarta y todo un hilillo. Sintió náuseas, pero la joven se envolvió el dedo con un pañuelo. Terminó la salsa: echó la cebolla troceada a la sartén, añadió la crema, la sal, la pimienta y las puntas de espárrago que volvían loco a Jack en cualquier estación del año. Miró la hora y sumergió los penne en el agua hirviendo.

Sí, más valía que en esa ocasión Coryn no añadiese a la receta aquel día en la feria de atracciones, ni aquel otro en el coche, ni el del aparcamiento del cine, ni el del garaje de su blanca casa… ni todos los que llegarían en los años venideros.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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