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Coryn no soltó la mano de Malcolm en el servicio de urgencias del Hospital General de San Francisco, salvo durante la exploración. Había recitado listas de palabras mentalmente. Era un truco al que recurría cada vez que se encontraba en una situación de la que deseaba huir. En el dentista. En la iglesia cuando era pequeña. En el ginecólogo. A veces en la cama con Jack… Atrapaba la primera palabra que le venía a la mente y concentraba todos sus pensamientos en formar una familia. Flor / rosa / aciano / amapola / espino / narciso / violeta / lila… Ese día, en la sala de espera pintada de un amarillo lánguido, Coryn recordó los largos años durante los cuales había deseado tener un hijo. Los años transcurridos antes de que llegara el segundo. La rapidez con que había vuelto a quedarse embarazada y ese ínfimo segundo en que Malcolm había chocado contra… Recitó otra serie: «Casa / colegio / coche / accidente / Malcolm / mano… Una mano en mi brazo».

El corazón le dio un vuelco y se levantó en el momento en que su hijo reaparecía tumbado en una camilla. Había recuperado el color. El médico que lo acompañaba aseguró que, aparte de las contusiones, solo tenía un brazo roto.

—Deberemos operarlo de todas formas porque el húmero presenta dos fracturas, pero son limpias, por decirlo así. Vamos a colocarle un dispositivo reabsorbible para que suelden. Se lo he explicado todo a su hijo y está de acuerdo.

—Voy a ser fuerte como Iron Man —dijo Malcolm sonriendo.

—¿Te duele?

—No mucho.

—Le damos lo necesario para mitigar el dolor.

Coryn escuchó con atención cada una de las palabras del cirujano y trató de ver en lo más hondo de sus ojos. Parecía sincero. Añadió que la operación tendría lugar seguramente a última hora de la noche o a la mañana siguiente.

—La mantendremos informada, señora. ¿Su hijo es alérgico a algo?

—No.

Llamaron al médico por megafonía y este dejó que la enfermera apuntara lo que Malcolm había merendado esa tarde. La enfermera dijo que el anestesista de guardia la atendería cuanto antes, y Coryn abrazó a su hijo antes de que se lo llevaran para hacerle más radiografías y una resonancia magnética. El niño volvió a desaparecer tras las puertas, que se cerraron sin hacer ruido, y la joven madre siguió a otra enfermera hasta el mostrador de admisiones.

Llevaba al bebé en brazos desde el accidente y el vientre empezaba a pesarle. Lo notaba duro y contraído. Le habría gustado sentarse y recuperar el cochecito. ¿Dónde estaba, a todo esto? ¿Lo había olvidado en la acera?

—¿Ha podido hablar con su marido, señora?

—Sí. Está con un cliente en San Mateo. Vendrá en cuanto pueda.

—¿Se lo ha tomado bien?

—Eso espero —dijo Coryn con un suspiro y evitando mirar a la enfermera, quien no respondió.

La dejó delante de un cubículo con las paredes verdes, donde una secretaria que no llevaba uniforme le indicó que entrase. Le dio unos papeles y le explicó con precisión cómo cumplimentar todos aquellos documentos.

—Tómese su tiempo para leerlos y rellenarlos. Lo sé, son muchos, pero desgraciadamente todos son necesarios.

El bebé, que gesticulaba y gruñía desde hacía un rato, se puso a llorar a pleno pulmón.

—¡Uy, pero si su retoño está muerto de hambre! ¿Quiere que vaya a buscar un bocado y algo para beber?

—Sí, por favor. Gracias —dijo Coryn.

—¡Sé lo que es esto! He tenido cinco hijos. ¡Así que siéntase como en su casa!

La mujer acercó un sillón para que Coryn se acomodara en él.

—¡Cinco chicos! ¿Se lo imagina? ¡He tenido cinco chicos! El Señor no ha tenido corazón, no me ha compensado con una sola niña.

Coryn no hizo comentarios. Tenía una idea más que precisa, gráfica, de las familias numerosas con predominio del género masculino. Se puso el bebé en el regazo y lo acunó. Antes de marcharse, la secretaria le preguntó si le molestaba la radio. La joven negó con la cabeza y la observó mientras salía del despacho entre un torrente de palabras. Se zambulló en los ojos de la pequeña, y esta le sonrió. Estaba feliz. «¿Cuántos años más podré no sentir preocupación por mi hija?» Enseguida pensó en Jack. ¿Qué diría? ¿Cómo reaccionaría al ver a Malcolm? Se había mostrado frío y parco al teléfono. Su cliente debía de estar cerca. Coryn no pudo contener una mirada inquieta hacia la puerta del pasillo. Le reconfortó que siguiera cerrada. Echó un vistazo a su reloj, hizo un cálculo rápido del tiempo que le quedaba, rogó que los atascos le dieran un respiro más… «Debería preguntar el nombre del cirujano que va a operar a Malcolm.» Entonces oyó unos pasos apresurados. Coryn contuvo la respiración y la puerta se entreabrió.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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