7
Coryn mantenía la cabeza gacha. Como siempre en esos casos. No miraba nada en concreto. Sus ojos estaban abiertos, pero ella estaba encerrada en sí misma. En posición de repliegue. De invisibilidad.
Por una vez no escuchó a Jack insultar a todos los lerdos que no sabían conducir. Por una vez pensó en ella, y se dijo que ese día su vida había experimentado una inflexión que había cambiado la trayectoria de su órbita habitual. No solo había descubierto quién era el autor de la canción, sino que además lo había conocido… Ese día la lucecita que daba por extinguida en el fondo de ella había encontrado un nuevo aliento. Como si un soplo de oxígeno puro la hubiese reavivado. Ese día Kyle le había preguntado cómo estaba, a ella, a Coryn. Y un chico se había parado en el aparcamiento del hospital cuando Jack la había empotrado contra el coche aplastándole el brazo. Se dijo, sorprendida e incrédula, que la Suerte existía. Luego la joven se estremeció, horrorizada de sus pensamientos. ¿Debía llamar «Suerte» al hecho de que Malcolm tuviese que sufrir todo aquello para que ella sintiera eso? Valoró el camino que había recorrido para tener a su hijo. En una época creyó que la vida no significaba nada. Ese día supo que sin Malcolm ella se habría consumido para siempre.
Ese día Coryn abrió la puerta de su gran casa californiana con la intensa sensación de que no era tan invisible. Vislumbró su reflejo en el espejo de la entrada. Estaba despeinada, pero se vio menos pálida que de costumbre. De pequeña no soportaba sonrojarse delante de nadie. Cuando le pasaba en clase quería desaparecer. Ese día, en cambio, estaba extrañamente contenta de haber recuperado el color delante de Kyle. ¿Gracias a Kyle? No sentía vergüenza alguna, sino un raro sentimiento. Puede que Jack no fuera todopoderoso. Su vida tenía un sentido. «En fin, quizá…»
«Al menos por esta noche.»