14

 

 

 

 

Kyle tomó dos aviones. Recorrió miles de kilómetros y atravesó varios husos horarios. Se sentía vacío. Como cuando en una pesadilla te paras al borde de un abismo negro, sin fondo, y te expones a la fatídica caída a poco que te muevas.

—Disculpe, señor, ¿sería tan amable de firmarme un autógrafo, por favor? Es para mi hija.

—Sí, claro —dijo con una atenta sonrisa.

Un padre de familia vestido de empresario le tendía una foto en la que aparecía con bermudas hawaianas y chanclas en la orilla del mar, con su mujer a un lado y su hija al otro.

Kyle sonrió de nuevo. Habría deseado ser ese padre, con las chanclas y las bermudas incluidas.

—Se llama Coryn.

Levantó los ojos, la mirada perdida.

—¿Có… cómo se escribe?

—C-O-R-I-N-N-E. Mi mujer es francesa. Gracias. Es usted un tipo estupendo.

Kyle estrechó la mano vigorosa y pensó que había tenido suerte de que ese tipo viajase en el mismo avión.

«La Suerte… Coryn…»

Entonces, de pronto, llegaron las notas. Sacó su cuaderno y escribió de un tirón las bases de tres melodías. Sonaban bien. Faltaban las letras, pero Kyle estaba demasiado confuso para verlas. Iban a tener que madurar en él antes de una eventual cosecha. El ciclo de la vida, a fin de cuentas. «Estamos en marzo, ¿no? En primavera.»

 

 

Patsi no estaba en el aeropuerto, y Kyle lo lamentó. Steve le explicó que se había puesto furiosa. Tuvo una clara visión de Patsi-poniéndose-furiosa.

—Dice que cada vez que vas a San Francisco después todo es una mierda.

—¡No entraba en mis planes atropellar a ese niño!

—Kyle… Tranqui, ¿vale? Yo no soy Patsi. Yo paso de mosquearme por nada. Del accidente ya hablaremos más tarde. En vista de tu careto, pilla un taxi y vete a dormir.

—¿Adónde vas?

—A ensayar.

—¿Estáis todos?

Steve miró a Kyle a los ojos.

—¿Dónde está?

—Donde le da la gana… Pero vendrá después.

—Voy.

—No. Tienes más necesidad de dormir que de ensayar.

—¿Estás seguro?

—Tan seguro como la jaqueca que tienes.

Steve cogió lo que su amigo había traído.

—Espero que no hayas olvidado su traje nuevo.

Kyle negó con la cabeza, añadió que se las había arreglado para recogerlo y que también tenía un regalo de parte de Billy. Un nuevo bajo que era una auténtica maravilla.

—¿Y tu guitarra?

—Los astros se han mostrado menos clementes conmigo.

—Acuéstate en cuanto llegues a casa.

Steve le dio una palmada en la espalda, y el cantante se fue en dirección a los taxis.

—¡Eh, Kyle! ¡Toma!

Kyle alargó los brazos para atrapar lo que Steve le lanzaba. Era blando y peludo. Inerte. Sintió ganas de tirarlo lejos de él, pero Steve le indicó que se lo pusiera en la cabeza.

—¡Pela más que en Bratislava! ¡Desde que llegamos ha caído más de un metro y medio de nieve!

Las calles de Moscú estaban, efectivamente, recubiertas de una nieve gris y sucia. El cielo encapotado se confundía con el asfalto. Kyle tenía la extraña impresión de que seguía en el avión, zarandeado por esa sensación de movimiento que se siente incluso en la cama. No habría sabido determinar con certeza el día y la hora. El taxista conducía como un loco, dando bandazos en medio de la calle. Kyle notó un nudo en el estómago y se acercó a él para exigirle que fuera más despacio. El tipo se encogió de hombros, farfulló algo incomprensible y al final aminoró la velocidad. El trayecto hasta el hotel duró más de una hora, pero a Kyle le daba igual. En Moscú seguro que había chiquillos que se soltaban de la mano de su madre para correr detrás de no se sabía qué…

En cuanto Kyle bajó del vehículo, el taxista salió disparado salpicando un chorro de agua negruzca y nieve que Kyle esquivó por los pelos. El músico entró en el vestíbulo. Habitación 312. La suite estaba desierta. Lanzó la ropa sobre una butaca antes de desplomarse en la cama. Estaba tan aterido que se durmió con la shapka en la cabeza.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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