12

 

 

 

 

—Buenos días, ¿cómo está?

—¡Oh! Buenos días —respondió la mujer mirando enseguida a su alrededor.

Kyle lo vio claro. Había tenido razón al pensar que temía al tal Jack.

—Tengo que hablar con usted.

—Aquí no —murmuró ella.

—Donde quiera.

—Saliendo de la tienda, a tres calles a la derecha hay un parque infantil. Al fondo del todo verá un rincón con columpios.

—La espero allí.

Recorrió a pie —y con el corazón palpitante— el trayecto que Coryn le había indicado. Contó las calles. Cruzó el parque. Los columpios estaban, en efecto, a resguardo de las miradas. Las hojas primaverales hacían de pantalla al arenero y los toboganes. A esa hora ninguna madre de familia estaba allí sentada. Kyle eligió el banco del fondo, el más protegido. Permaneció atento a los sonidos. Apagó el móvil. Seguramente apenas tendría unos minutos para estar con ella y no quería que una llamada inoportuna los redujera. Levantó la cabeza, convencido de haber oído el crujido de la arena a lo lejos. Unos segundos más tarde apareció Coryn. El viento le levantó la melena. Algunos mechones se le pegaron a la cara, y ella se los apartó a un lado con la mano y los alisó. Desprendía algo que Kyle solo habría podido describir con música, pero su razón le recordó que el hecho de citarlo allí, en un lugar apartado, era también una prueba. No quería que la vieran en compañía de otro hombre. «Pero ¿quiere eso decir que no ama a Jack?»

—Hola —dijo ella.

Kyle se levantó. Le tendió la mano en un gesto de amabilidad, aunque le habría gustado abrazarla… «Otra vez.» En esa fracción de segundo, al igual que el día anterior, sintió la límpida sensación y el deseo irresistible de estrecharla entre sus brazos. «Hold you in my arms…» Eso es lo que lo había conmocionado, y seguía conmocionándolo, pero respondió, turbado, feliz, ansioso y sonriente:

—Hola de nuevo.

Se sentaron juntos, y Kyle le preguntó por Malcolm. Coryn dijo que la operación, que había tenido lugar a primera hora de la mañana, se había desarrollado sin complicaciones, y que en principio no tendrían que operarlo otra vez. Jack, le explicó, había vuelto al hospital la víspera después de dejarlas en casa, a ella y a Daisy, y añadió que iría a relevarlo a mediodía. Los médicos, concluyó, habían asegurado que su hijo se recuperaría pronto.

—Me siento culpable —dijo el músico.

—Yo también —afirmó Coryn. Pero añadió enseguida—: Fue un accidente.

Kyle la miró a los ojos. Ella le sostuvo la mirada.

—¿Quiere que almorcemos juntos?

Como la tarde anterior, Coryn se sonrojó y agachó la cabeza.

—No creo que sea conveniente.

—Perdóneme. No era mi intención ponerla en un aprieto —farfulló Kyle, furioso por su osadía.

—Me habría encantado —musitó Coryn, sorprendida de su osadía.

Coryn levantó la mirada hacia Kyle, y él se aferró como pudo a… lo que pudo. La verdad. Le explicó lo que había sentido. Que le había parecido que Jack tenía un «comportamiento indebido» con ella. Coryn lo escuchaba sin dejar entrever nada y sin decir nada.

—Estaba en el aparcamiento del hospital, ayer por la tarde, cuando el chico con patines se detuvo delante de su coche. ¿Qué pasó?

—Jack estaba enfadado porque estaba nervioso por lo de Malcolm y…

—Coryn —la interrumpió Kyle.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre en su presencia.

—Mi padre pegaba a mi madre. La mató. Es…

No pudo terminar. No le salieron las palabras.

—Entiendo —respondió ella, tan turbada y desestabilizada que se oyó decir que Jack trabajaba mucho, que tenía una situación excelente, que era un buen marido—. Y quiere a sus hijos, y a mí también.

—¿Y usted?

—¿Yo?

—¿Quiere a su marido?

Se oyó un ruido de ramas detrás de ellos, y la joven se levantó dando un brinco. Unos pájaros echaron a volar.

—Tengo que volver a casa —dijo ella.

Kyle no se atrevió a reformular la pregunta y atendió a lo más urgente. Le dio la tarjeta de Jane y le explicó a qué se dedicaba su hermana. Que el centro que dirigía acogía a mujeres cuando lo precisaban, el tiempo que necesitasen reponerse. Que allí estaban a salvo. Que las escuchaban y que las entendían… Coryn la cogió entre sus dedos y la miró dos segundos antes de devolvérsela.

—Pensará que soy un grosero.

Ella negó con la cabeza.

—En otras circunstancias, ¿habría aceptado almorzar conmigo?

Coryn sonrió levemente, y Kyle se sintió desfallecer.

—¿Y me habría hablado de lo que quiere usted o incluso de lo que no quiere?

Coryn sonrió de nuevo al tiempo que se agachaba para volver a ponerle a la pequeña Daisy el gorrito, que esta había conseguido quitarse. Kyle añadió que a él también le habría gustado comer con ella y, temeroso de que saliera volando con el viento, le preguntó qué es lo que más le gustaba del parque.

—Las ramas de este abedul.

Coryn se fue, y Kyle se desplomó en el banco. Permaneció inmóvil. Como si acabase de recibir una flecha en pleno corazón. Coryn no había dudado. ¿Cómo era posible algo así? ¿Cómo te recuperas de algo así?

Cerró los ojos, y no volvió en sí hasta que notó que el viento de marzo lo estaba dejando aterido. «Hold you in my arms.»

«¿Cómo te recuperas de algo así?»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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