10

 

 

 

 

Kyle se despidió de Coryn poco después de las tres de la madrugada. Sí, era mejor que volviese a su habitación. En cuanto a dormir… ¿Cómo hacerlo después de semejante noche? Después de lo que ella le había contado y lo que él había sentido. Mucha rabia y muchas —demasiadas— emociones.

Pasó por delante del cuarto de Jane. La puerta estaba entornada. Llamó. Ella abrió, con el teléfono pegado a la oreja. Su voz tenía la «tonalidad-Dan». Kyle se dejó caer en el sofá y escuchó distraídamente los últimos retazos de la conversación.

—¿Dónde está a estas horas? —le preguntó cuando hubo colgado.

—De servicio.

Jane se encogió de hombros y dijo que Dan los visitaría al día siguiente.

—Y tú, ¿dónde estabas?

—Con Coryn.

—¿Y…?

—Y nada. Hemos hablado.

—¿Qué te ha contado? —preguntó Jane, que no quería traicionar la confianza de la joven mujer.

—Me ha hablado de su infancia, de cuando conoció al Cabronazo. De sus hijos. De su aislamiento. De su soledad… y de la lucecita roja del magnetófono. No me ha dado detalles del «resto».

—Muchas no consiguen verbalizarlo. Necesitan tiempo para comprender, necesitan tiempo para admitir los hechos y… necesitan tiempo para rehacer su vida.

Kyle y Jane se miraron. Lo sabían mejor que nadie, recuperarse era como olvidar: un deseo en el vacío. Kyle se apartó el mechón de la frente.

—Me pongo enfermo. Tendría que haber…

—Nos lo decimos todos, Kyle.

Jane se sentó al lado de su hermano en el sofá. Notaba su rabia, pero también lo demás. Kyle extendió piernas y brazos. Dejó escapar un interminable suspiro. ¡Oh! Sabía muy bien lo que Jane estaba pensando.

—La respuesta es «puede» —afirmó cerrando los ojos.

—Te estás metiendo donde no debes.

—Jane… Cállate, por favor.

—No me gusta que hables así.

Abrió los ojos y le recordó que ella había sido la amante de Dan durante casi doce años sin que él hiciera el más mínimo comentario.

—«No eliges a quien amas.» ¿No es tuya esta frase?

—¿Y Patsi…?

Tras un silencio, Kyle dijo con voz grave:

—Pues… para resumir las cosas, estamos en plena fase de reflexión sobre nuestro futuro. No profesional, te lo aseguro.

—¿Por culpa de Coryn?

—Patsi no sabe nada de Coryn.

Jane habría dicho que es mejor desconfiar de lo inefable, de las cosas que ocultamos y de las que callamos… Pero ella también se contuvo.

—¿Por qué no me habías contado nada?

Kyle se encogió de hombros.

—Acabas de decir que necesitamos tiempo para entender las cosas, ¿no?

—Patsi las entiende rápido.

—Patsi tiene suerte.

Añadió que no sabía muy bien en qué punto se encontraba. Estaba tan seguro de que Coryn lo perturbaba como de que no haría…

—… nada que no fuera ayudarla. Porque es simplemente imposible. ¿Sabes lo que soy y la vida que llevo? Y lo que Coryn necesita nunca será un tipo que evoluciona en un mundo paralelo y se pasa la vida en la carretera.

Miró de nuevo a su hermana un buen rato y concluyó:

—¿Ves? Lo sé. Mi vida no es compatible con la suya.

Jane lo miró a los ojos. Tenían una expresión sincera y luminosa. «Casi sin sombras.»

—Pero…

—Pero ¿qué?

—Estoy esperando el «pero» que casi veo en tu frente.

—Pero… —confesó— eso no cambia en absoluto el hecho de que podría haber funcionado entre nosotros. En otra vida.

Jane no preguntó cómo podía estar tan seguro. «Pregunta idiota», habría respondido él. Parece tonto decirlo, pero cuando estás atento tienes certezas como esa.

Kyle siguió hablando, y su voz adoptó esa vez una tonalidad que, en otras circunstancias, habría arrancado una carcajada sincera a su hermana.

—Tiene esa sutileza, esa finura, esa elegancia… que me acompañarán y me faltarán durante el resto de mis días.

Jane apretó su mano y afirmó con tanta convicción como pudo que hacía bien en «mostrarse razonable».

—Pero, maldita sea, espero que ese capullo siga entre rejas los años suficientes para que ella rehaga su vida con un tipo decente.

—¡Oh! No deberías preocuparte por eso.

Kyle se incorporó y preguntó con una inquietud apenas disimulada si Jane insinuaba que Coryn ya había conocido a alguien.

—Aparte de ti, nadie que yo sepa.

—Me muero de risa.

—Lo que quiero decir —siguió ella— es que, en general, la jueza Mac Henry es quien lleva esta clase de asuntos. No es una mujer complaciente y ese «capullo» no debería salir de prisión mañana.

—¿Y si su abogado demuestra que tuvo una infancia terrible? ¿Que su padre le pegaba?

—No creo que sea el caso.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has investigado?

—No.

—¿Qué sabes de él entonces?

Jane suspiró.

—No gran cosa.

—¡Jane! Te lo ruego —suplicó Kyle.

—Lo que sé, lo que Dan ha podido ver de su informe, es que Jack Brannigan no se ha quejado, como la mayoría de los tipos de su calaña, de haber sufrido violencia durante su infancia. De su madre, en particular. Él mismo afirma que creció como hijo único en una familia sin problemas y acomodada. Su padre era médico y su madre se ocupaba de él. Parece que no tiene gran cosa que reprochar a ninguno de los dos.

—¿Intentas demostrarme que nada es hereditario?

Jane negó con la cabeza. ¡Oh! Sabía muy bien lo que su hermano insinuaba.

—¿Están muertos?

—Sí, desde hace años. Su padre sufrió un cáncer de pulmón y su madre un paro cardíaco poco después. Coryn ni siquiera los ha conocido.

—Entonces intentará que parezca pasional.

—¡Kyle! ¡No seas pájaro de mal agüero! ¿Te estás volviendo un pirado?

—Yo no, Jane. El pirado es él. Aunque tratarlo de pirado sería excusarlo.

—No te preocupes. Nadie va a buscarle circunstancias atenuantes cuando no las hay.

—Si es necesario, testificaré. Diré que noté… algo cuando hablé con Coryn en el hospital. Es más, habría que buscar también a aquel chico del aparcamiento, porque…

—¡Kyle! —lo interrumpió Jane negando otra vez con la cabeza—. Coryn no quiere que hablemos del asunto. Y tiene razón.

—¿Eso te ha dicho? ¿Por qué?

—Sí, eso me ha dicho. Y no, más vale que no te impliques en esta historia, más allá del accidente de Malcolm. Hay que evitar ponerla en una situación embarazosa. —Miró a Kyle—. No sabes qué puede suponer la defensa. Si apareces en su vida como algo más que el tío que envió a su hijo al hospital, harán todo lo posible por desacreditarla. Repito: todo. Podrías hasta legitimar a ojos de algunos los golpes que ha recibido.

Kyle permaneció inmóvil y en silencio.

—No olvides que la interrogarán para intentar que meta la pata. Si consiguen sembrar en el jurado la sospecha de que albergaba la más mínima sombra de atracción hacia ti, el caso estará perdido.

—¿Y qué pasa con esta residencia?

—Coryn se las ingenió para salir del paso cuando le preguntaron. Dijo que miró en el listín telefónico cuando tuvo la hemorragia y que el nombre, La Casa, le dio seguridad. Los azares de la vida han hecho el resto.

Kyle sonrió, si es que podía llamarse sonrisa a aquella especie de mueca.

—Pero aquí nadie sabe lo del accidente de Malcolm, así que sería conveniente que fuéramos discretos. Esta casa es grande…

—Tomo nota. Nadie me ha visto entrar o salir de su habitación.

Jane asintió.

—Sin embargo, tenéis que poneros de acuerdo en que no habéis vuelto a veros entre el día del accidente y hoy. Y ahora estoy pensando que sería mejor que no te pusieras en contacto con ella hasta el final del juicio. Lo que quiero decir es que no cometas la «tontería» de pedir su número a la centralita, por ejemplo. A mí solo me llama al móvil.

—¿Es seguro?

—Está a nombre de Dan. Es necesario que Coryn pueda divorciarse cuanto antes.

Kyle captó lo que Jane le daba a entender. A su hermana ya le habían pinchado el teléfono y se había metido en un montón de follones. Jane se pasó la mano por la frente. El músico vio las sombras bajo los ojos de su hermana y sus primeras canas perdidas entre sus rizos morenos. Jane añadió que también le daría a Coryn un teléfono seguro, pero…

—… el tuyo no lo es. Nunca se sabe. En fin, compórtate como sueles hacer aquí y todo irá bien.

Kyle sonrió y se levantó.

—Estaba rica la cena de esta noche.

—Ah, pero ¿la has apreciado? Porque a la velocidad que la has engullido…

Kyle no puedo reprimir un bostezo larguísimo.

—Ve a acostarte. Estás en pleno desfase horario.

Ambos se levantaron y Kyle le pasó un brazo alrededor de los hombros a Jane. Dijo que estaba contento de estar «en casa». Permanecieron así unos instantes más, abrazados, luego se dieron un beso y se desearon «lo mejor», como cada año. Kyle apoyó la mano en el pomo de la puerta, pero se volvió bruscamente, con una expresión de inquietud en el rostro.

—Repite lo que acabas de decir.

—He dicho que vayas a acostarte.

—No. Lo de la hemorragia. ¿Sabes si fue posterior al parto?

—No, fue después de unos…

Se censuró y lo lamentó al instante.

—¿Qué pasa?

—…

—¡Jane!

—Si Coryn no te ha dicho nada, no puedo contártelo.

—¿Qué le hizo?

Jane se dio medio vuelta. Kyle la retuvo del brazo.

—¡Jane!

Escrutó los ojos de su hermana.

—Puede que fueran fragmentos de membrana placentaria. Puede que…

Kyle palideció. Comprendió quién le había provocado la hemorragia, sin lugar a dudas.

—No me digas que encima la…

Kyle no pudo terminar la frase. Estaba tomando consciencia de lo que había sido la realidad de Coryn. Y durante años enteros. De rabia, golpeó la pared.

—Tendría que haberlo matado. ¡Tendría que haberlo matado en aquel aparcamiento!

—No —dijo Jane con toda la firmeza de que era capaz—, lo que necesitamos es que permanezca encerrado el mayor tiempo posible. Eso es lo que podemos, y lo que queremos, conseguir. Y que acepte el divorcio.

¡Oh! Kyle sabía que su hermana tenía razón. Pero no podía dejar de pensar en Coryn. ¿Cómo había aguantado? ¿Con cuántas ramas de árbol se había desgarrado los dedos? ¿Había pedido ayuda alguna vez? ¿Por qué no la había conocido él cuando tenía diecisiete años? ¿Cómo dormir después de saber todo eso?

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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