31
—Hija mía, estás radiante. El matrimonio y San Francisco te sientan bien. Estás más guapa que nunca.
¡Pues sí! Algunas cosas no varían lo más mínimo y siguen en el mismo lugar. Por más que Coryn hubiera fantaseado con poder hablar con su madre y con que esta la entendiera, en esos momentos ya podía concluir que el tiempo y la distancia son traicioneros. Deforman los recuerdos. La realidad sigue siendo la que es.
—¡Ven a mostrarme esa cosita que se esconde entre tus brazos!
Desde hacía dos años la señora Benton vivía pegada a una silla de ruedas, con las articulaciones de las rodillas definitivamente destrozadas por los innumerables kilos acumulados embarazo tras embarazo. Tenía las piernas hinchadas y las varices la torturaban, pero no se quejaba. Decía que ser mujer era saber sufrir. «Todos los meses el cuerpo nos tortura. Entra en el orden natural de las cosas, gimotear no arregla nada.» Para ella era ir en contra de la voluntad de Dios. Coryn sabía muy bien que era imposible demostrar a su madre que Dios no existía en el verdadero mundo de los hombres. La señora Benton tenía fe y su hija no la tenía. No hablaban la misma lengua. «Entonces ¿para qué desatar una guerra?»
—¿Cómo estás, mamá?
—¡Como una mujer vieja! Sígueme —dijo accionando su silla con destreza—. Tenemos trabajo por delante. ¡Esta noche hay fiesta, niños!
En cuanto Coryn cruzó el umbral de la cocina su madre le comunicó el programa que le tenía reservado. Había dicho a Jenny que se tomara el día libre.
—Como estás tú aquí, no voy a pagar a alguien para que te mire mientras trabajas. Vas a prepararnos dos magníficos pavos, como antes. ¿Te acuerdas?
«Claro, ¿cómo no iba a acordarme de las horas que he pasado en tu cocina?» No solo las cosas no habían cambiado, sino que era inútil y desesperante creer que cambiarían some day. Era imposible corregir la imagen que tenían de Jack. Del mismo modo que era ridículo que Coryn dijese que había soñado con una vida totalmente distinta… en la que todos los Jack del mundo regresaban al estado embrionario por la santa Selección natural.
—Pero al principio lo querías, ¿no? —habría respondido la señora Benton con los puños cerrados y los ojos cargados como fusiles de asalto.
Sí, era cierto. Coryn se había enamorado de Jack. Sí, había sucumbido a él como su padre, su madre, Wanda, sus hermanos y todo el mundo. No había prestado atención a los comentarios de Lenny, el cocinero del Teddy’s. Su marido era… imprevisible. Sí, se había convencido de que lo que existía entre Jack y ella era amor. Y luego, sin comerlo ni beberlo, ocurrió el accidente. Había conocido a Kyle… «¿Qué hago para salir de esta?»
—Pero ¡qué suerte la tuya! —exclamó la madre cogiéndole la mano izquierda, donde brillaban los diamantes del reloj y los del anillo de compromiso.
La madre se puso las gafas, jugó con los reflejos y después añadió que Jack cumplía su contrato matrimonial colmándola siempre con joyas espléndidas.
«Diré a mis hijas que desconfíen de los diamantes.» Que es mejor un tipo que regala una vulgar piedra recogida del jardín. Incluso uno que se vaya de pesca con sus amigotes durante varios días, incluso uno que vuelva a casa borracho como una cuba y sucio como un cerdo, riendo.
—¿Le has contado a Timmy que yo venía hoy?
—¡Uy! Tu hermano está haciendo un reportaje en el norte de Londres, pero ha prometido que vendrá esta noche. Los demás también. En fin, los que puedan.
—¿Con sus novias?
—No. Los que vienen no tienen novia… o no la tienen ya.
—¿Y Timmy?
—Timmy no explica nada, ya lo sabes.
Era mentira. Era el que más explicaba, pero no a ella. Solo hablaba con quienes sabían escucharlo. Y tenía suerte de haber nacido en esa familia siendo varón.
—De todos nuestros hijos, aparte de Brian, que-el-pobre-ha-perdido-a-su-mujer-que-descanse-en-paz, tú eres la única que se ha casado «como está mandado». Eres la única que ha seguido mi ejemplo.
Coryn abrió la puerta del frigorífico y buscó lo que nunca encontraría dentro.
—Pero no te creas que vamos a ser menos esta noche —continuó su madre al tiempo que cerraba el frigorífico con un golpe seco—. Y más vale que te des prisa. ¡Hay que asar estos pavos y que queden bien dorados!
Coryn dejó a Christa en su balancín, en un rincón de la cocina, y se volvió hacia las dos enormes aves que reposaban en la mesa. Era como si llevaran años esperándola. Sin una palabra, se puso el inmenso delantal y se dispuso a pelar los kilos de cebollas. Se le escaparon unas lágrimas, pero las lágrimas de cebolla «no cuentan».
La señora Benton se sentó a la mesa y se puso a pelar la montaña de patatas mientras pasaba revista a la vida del barrio. Que si fulanita de tal hacía esto, que si la señora Bowie comentaba aquello, que si la señora Z… A Coryn le importaban poco sus historias de supermercado, pero escuchaba, porque su madre apostillaba «¿no te parece?», «¿no crees?», preguntas a las que tenía que responder, porque, de lo contrario, la madre la miraba con ojos inquisitivos y de reprobación. Todo ello sin dejar de mover con el pie el balancín de Christa.
Coryn pensó que, curiosamente, su madre había conservado cierta finura de tobillos, a pesar de que sus pantorrillas estaban recorridas por miles de venas cuya visión le arrancaba deseos de gritar. Pensó también que la miraba como se mira a una extraña. «Tantos caminos errados…»
Comieron rápidamente, hablaron de las tiendas donde Coryn hacía sus compras, del colegio. «¿Vas montado en un autobús amarillo?» Malcolm respondió que iba andando. «El colegio y la guardería no quedan lejos de casa.» «¿Estudias mucho?», «¿Es simpática tu maestra?», «¡Oh!, ¿es muy vieja?», «La señora Bowie dice que la maestra de su hijo pequeño es demasiado joven», «Tampoco viene mal tener experiencia…»
El resto del día se ahogó en preguntas sin importancia, olores de relleno y de asado. John fue el primero en llegar. A Coryn le desconcertó ver que se había echado encima treinta kilos de más. «Treinta y ocho», puntualizó él. La abrazó y, como todo el mundo, le dijo que había tenido suerte de haber salido de allí. Trabajaba de cocinero en un restaurante de mala muerte de Londres. Era su día de descanso, así que la ayudó a preparar los eternos crumbles, porque daban un programa en la tele que su madre no podía perderse. No dijeron nada aparte de cosas tipo «pásame la mantequilla», «¿has puesto bastante azúcar?», «abre el horno». John no tenía novia desde…
—Claro… —dijo—. Me dejó porque estaba demasiado gordo y de pronto gané más peso.
—¿Lo pasas mal? —preguntó Coryn.
—¿Por qué? ¿Por los kilos o por la guarra esa?
—Tú dirás.
—Creo que, después de todo, prefiero el papeo —dijo, y se largó al comedor.