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Un regimiento de policías frenó el avance del taxi de Kyle cuando se aproximaba a la terminal. El músico acertó a ver apenas que metían una camilla en una ambulancia. Curioso por naturaleza, en circunstancias normales habría querido saber lo que sucedía. Pero esa mañana no tenía tiempo que perder. Se concentró en su vuelo y en su pasaporte. Cumplió todos los trámites sin mirar atrás y se acomodó en su asiento con alivio.
Cinco horas de sueño intenso más tarde tomó el enlace a Zihuatanejo. Su periplo lo tenía totalmente absorto. Organizó las búsquedas y supo por dónde empezar. Primero alquilaría un coche y pediría que le recomendasen un hotel en la playa. La más bonita. La más pequeña. La clase de playa donde Coryn tal vez llevaría a sus hijos. Con un poco de suerte, la joven volvería la cabeza y se lanzaría a sus brazos al verlo. «No tengo un segundo que perder.»
Eran las siete y cincuenta y siete de la tarde cuando dejó su guitarra y su equipaje en la habitación. Las oficinas municipales estaban ya cerradas. Kyle solicitó un plano de la ciudad en la recepción del hotel y fue a sentarse a la terraza de un restaurante de la playa. Pidió una cerveza, pescado y verduras a la plancha. Y tomate.
La camarera esperó a que guardara sus documentos para servirle el plato y, de nuevo, Kyle notó la sensación de hambre. ¿Volvería la vida a correr por sus venas? Durante todo el día se había preguntado si de verdad se encontraba mejor o solo eran imaginaciones suyas. «No voy a torturarme ahora con tonterías así, ¿a que no?»
En cuanto hubo terminado el último bocado desdobló el plano y trazó un círculo alrededor de todos y cada uno de los colegios. Zihuatanejo tenía en torno a sesenta y cuatro mil habitantes. Catorce colegios podían acoger a Malcolm, repartidos por toda la ciudad. Pensó por un instante en extender su búsqueda a toda el área metropolitana, pero su intuición le dijo que perdería un tiempo precioso. Solo podría vigilarlos uno a uno —y eso suponiendo que Coryn dejase a Malcolm por la mañana y volviese a buscarlo por la tarde—, lo cual implicaba catorce días de búsqueda, veintiocho oportunidades de encontrarla, interrumpidas por los fines de semana. Por suerte, las vacaciones habían terminado y los niños habían vuelto al cole. Con suerte, los hijos de Coryn no estarían enfermos. «Con suerte, ella estará en Zihuatanejo.»
Al día siguiente Kyle se plantaría a primera hora delante del primer colegio de su lista, no se movería del sitio hasta que llegase el último alumno, enseñaría la foto de la joven mujer a los padres y en los restaurantes del barrio. Era consciente de que tal vez ya no se llamaría Coryn. Ni los niños Malcolm, Daisy y Christa… ¿Y si se había teñido el pelo? «No. Debo tener suerte. La necesito ahora.»