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Localizar la lápida de sus padres apenas le llevó dos minutos. Segundo pasillo, séptima tumba a la derecha. Debajo del nombre de Clara Bondera, esposa de Jenkins, el de Buck Jenkins estaba recién grabado. El Cabrón había pedido en su testamento que lo enterraran con su mujer, y los hijos no habían podido impedirlo. Qué absurdos todos esos procedimientos. Jane había encontrado numerosas dificultades para repatriar el cuerpo de su madre desde Willington y, al final, sin una sombra de inquietud, su asesino acababa de unirse a ella… Para toda la eternidad. Y por primera vez el músico se preguntó qué mandaría grabar en su propia tumba. ¿Kyle Jenkins o Kyle Mac Logan? ¿El apellido heredado de su progenitor o su nombre artístico? «He renegado de él y, sin embargo, sigue existiendo. No quiero morir sin haberme liberado del Cabrón.»
El viento frío le levantaba los faldones del abrigo. El músico se mantuvo inmóvil durante varios minutos mirando fijamente las letras y las cifras. ¿Por qué su madre había aceptado y soportado todo aquello? ¿Por qué no se había rebelado y marchado? ¿Por qué él, Kyle, no había podido protegerla? ¿Por qué… por qué y por qué y por qué y por qué? «¿Por qué?»
«Dios mío, te pido que no fuera por amor.»
Kyle miró al cielo… Vio la luna llena, resplandeciente, y debajo de ella, bien definidas, las ramas de un abedul. La imagen era precisa. Hermosa. Entonces decidió que había llegado la hora de volver a casa.