21
Kyle agradeció a Patsi su sinceridad. Ella se durmió en el acto como todas las noches, mientras que él se quedó contemplando el techo de una habitación que pertenecía a una ciudad cuyo nombre seguía ignorando. Se formaban sombras en él al capricho de los vehículos que pasaban. Como las nubes en pleno día, dibujaban caras y formas dantescas.
Se volvió hacia la ventana, pero su habitación estaba en la vigésima segunda planta. De eso estaba seguro. Había sido él quien había apretado el botón del ascensor al entrar. A esa altura, cero posibilidades de que un árbol viniese a rescatarlo con sus ramas. Volvió a pensar en el abedul del parque de Coryn.
Y… en la joven mujer rubia.
«¿Existe el “siempre”? Maldita sea, ¿y si Patsi tuviera razón?» Sus pensamientos divagaron un tiempo indefinido y suplicó a la señora Migraña que lo distrajera. Pero como una amante caprichosa, jugó al escondite con él. Solo quedaba Coryn… ¿Y si únicamente estaba ella?
¿Habría dado ya a luz? Su vientre despuntaba bajo su jersey, pero Kyle no habría sabido decir de cuántos meses estaba. No tenía ni idea del asunto. Todo lo que sabía era que el accidente había ocurrido el 23 de marzo y que estaba a… «¿Qué día, mierda?» Miró el techo sin moldura. Era más bajo y moderno que el de Moscú. Los muebles de la habitación, también. Eso sí que lo veía. Había notado la suavidad de la noche cuando el taxi los dejó en el hotel. «Estamos en junio.» Pero seguía sin saber el día. Catorce. Quince. «¿Dieciséis?» No existían notas de música que se llamaran así. Niños tampoco. ¿Sería niño o niña? Se preguntó cómo sería dar a luz. Llevar un niño dentro. Le habría gustado realmente tener uno, sí. Sin embargo, no era ni razonable ni posible. Coryn no era una opción razonable… «Ni posible.»