18
Cuando el músico vio a Coryn, la joven seguía junto a la ventana. Estaba sola en la penumbra. Inmóvil. Kyle sabía que estaba escuchando su música. ¿Tendría los ojos cerrados? Parecía tan frágil… ¡Oh, pero no como una niña! Su fragilidad era la de una mujer que había sufrido. Se le notaba en su forma de estar. Tuvo miedo de que se desvaneciese. Empujó la puerta, y Coryn percibió el movimiento en el cristal de la ventana.
—Te encontré.
Ella sonrió. Kyle dejó el abrigo y la bolsa de plástico que tenía en la mano en una de las sillas y se acercó a ella.
—¿Te gusta?
La joven asintió con la cabeza y murmuró:
—Mucho.
—¿Y qué te hacen sentir estas canciones?
—Son… son… No sé muy bien cómo explicarlo.
Kyle se acercó más.
—Inténtalo. Dime qué te hacen sentir.
Coryn no pensó que el músico estaba peligrosamente cerca —ni deliciosamente, de hecho— y se concentró en dar con las palabras justas. Le había gustado que Kyle la zarandease de los hombros. Que la ayudase a liberarse de sus cadenas. Que fuese él quien la empujara a tener confianza en sí misma. «Sí, que sea él.» Entonces le vino la imagen y dijo que, para ella, esas melodías tenían volumen y que…
—… me hacen pensar en una ola.
La imagen le gustó al músico.
—Es la primera vez que me comparan con una ola. Pero he crecido en San Francisco y me paso la mitad del año sobrevolando los océanos, así que quizá me inspiren sin que me dé cuenta.
—En cualquier caso, las dos últimas me parecen audaces, emotivas y…
—¿Y…?
—… rebeldes y melancólicas y…
—¿Y…?
Ella levantó los ojos hacia él.
—Tú eres así, ¿no?
No era una pregunta. Kyle lo sabía, claro. Pero se sintió conmovido. Se acercó a Coryn cuanto pudo. Sentía deseos de oírla respirar. Le gustaba escuchar la respiración de la gente, porque daba la medida de sus emociones, y en ese instante de su presente Kyle tenía la necesidad acuciante de conocer la emoción precisa de la joven mujer. De valorarla por sí mismo.
¡Oh! Pero no se lo reconoció y ni siquiera pensó en ello. Porque, en esos casos, no dices nada. Estás en suspenso como una marioneta que una mano mueve y hace danzar a su gusto. Te deleitas viviendo todas esas impresiones que se transformarán en recuerdos porque es imposible detener el tiempo. De hecho, no querrías hacerlo. Lo mejor sigue siendo —y será siempre— una posibilidad.
No, cuando el músico se acercó despacio a Coryn no pensaba en nada de eso. Solo era Kyle respirando el mismo aire que ella. Por instinto, como cuando estaba sobre el escenario, acopló su respiración a la de ella. Como su voz a la melodía. Buscaba un mismo movimiento, una misma onda, una misma tonalidad. Imposible de disociar. Como las palabras unidas a las imágenes. Exactamente como la fluidez de las olas que vienen a fundirse con la arena. «Coryn tiene razón.» Tampoco pensaba que todos esos esfuerzos de unidad eran para luchar contra su infancia destrozada. Tendió la mano para asir uno de los auriculares.
—¿Por dónde vas?
Enseguida lo supo. Solo la melodía había finalizado. El famoso tercer tema. El que Patsi quería tirar por el desagüe. Lo había compuesto hacía unos meses, cuando el destino había decidido lanzarlos uno hacia el otro, y desde entonces la joven mujer no lo había abandonado. Coryn era ya una sombra mucho más luminosa que todas las personas con las que se cruzaba y a las que frecuentaba en esos momentos.
Ese día, a las once horas y cuarenta tres minutos de la noche, esa mujer apenas estaba a unos centímetros de él y no existía nada más. En el preciso instante en que se puso el auricular, supo que cada nota era una esperanza. Y ella, la respuesta.
Coryn miraba sin ver la calle. Estaba inmersa en la música. Kyle observó su perfil y su reflejo en la ventana. Seguía encontrándola etérea y maravillosamente hermosa. Ninguna de sus abominables marcas podría jamás restarle su gracia. Acaso por ese motivo aquel cabronazo le pegaba. ¿La golpeaba por miedo a que se le escapase para siempre? Kyle sintió vértigo. «¡Dios mío!» Pero ¿en qué pensaba? Coryn volvió la cabeza hacia él y el corazón le dio un vuelco.
—¿No tendrá letra?
—Aún no he encontrado las palabras.
—¿Tienes idea de lo que quieres escribir?
—Todavía no. Pero terminará por imponerse.
—Así es como ocurre entonces… Las cosas se imponen a ti.
—Como en la vida.
Antes de que su cerebro le impidiese lo que fuera, el brazo de Kyle rodeó la cintura de Coryn, y ella se dejó abrazar. Sorprendida de no resistirse. Cosa que tampoco hizo cuando él le tomó una mano y la apoyó sobre su corazón. Una onda extraña le subió de los pies a las mejillas. Apoyó la cabeza en su hombro, y Kyle se concentró en escuchar sus inspiraciones y espiraciones. Quizá los pintores solo vibrasen con las luces y los colores y los poetas solo sintiesen las emociones, pero él, el músico, escuchaba la música de su vida. La respiración de Coryn era un canto y, al apoyar las manos en ella, sintió cada una de las notas que la habitaban.
Entonces le vino la letra. Justo entonces. Kyle recibió las palabras una a una y necesitó ver los ojos de la joven mujer. ¡Oh! Quiso mirarla, pero… Pero lo que hizo le vino dictado por aquel sentimiento que permanecía oculto en lo más hondo de su ser. De nuevo, supo exactamente lo que iba a hacer, del mismo modo que supo que no debía hacerlo. Sus labios se deslizaron sobre los de Coryn.
Y todo estaba ahí.
Pero se oyó un portazo a lo lejos. A menos que fuese la música lo que se interrumpió.