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Clark Benton no tuvo que rezar demasiado a santa Rapidez para obtener respuesta a sus plegarias. Poco después un concesionario de coches de lujo abrió sus puertas a pocos kilómetros de allí y un tal Jack Brannigan fue a desayunar al Teddy’s. Coryn le sirvió, y él no le quitó los ojos de encima. Volvió a almorzar allí cada día de la primera semana. Se sentaba a la misma mesa para que la joven lo atendiera. La miraba como se mira un postre. Era extremadamente educado y muy elegante. Le hablaba con respeto. Sonreía, y Coryn respondía bajando la mirada, pero sonreía también. Mientras Teddy tomaba nota. Al séptimo día Teddy llamó a Clark.

—¿Coryn te ha dicho algo?

—¿Qué? —preguntó el señor Benton patinando con sus pantuflas—. ¿Un buen partido? ¿Buena pesca?

—Eso parece. Es aseado. Educado y ambicioso.

Benton padre tradujo esas palabras por «premio gordo» y comunicó a Teddy que iba hacia allí. Dicho y hecho, Clark fue corriendo al restaurante. En pantuflas. «¡No hay tiempo para cambiarse de calzado!» Quiso oír el relato otra vez. Tenía que escuchar con sus propios oídos —y ver con sus propios ojos— la palabra «ambicioso» en boca de su amigo.

—Pero ¿cómo de am-bi-cio-so?

—Como un vendedor de coches de lujo.

—¿El concesionario nuevo?

Teddy asintió.

—¿El dueño?

—Tiempo al tiempo…

—Tiempo al tiempo…

Clark volvió a casa con las manos en los bolsillos. Y la cabeza en la luna. Era un buen partido. Su olfato se lo decía. Sin embargo, se cuidó mucho de contar nada a su mujer. Y a Coryn, menos aún. «¡Las mujeres no saben nada de pesca!» Se durmió agradeciendo a santa Napia y al Señor que la suerte existiera. Por primera vez en meses, esa noche roncó a pierna suelta.

 

 

Aún hubo unos días más de plegarias. De abundantes platos preparados en la cocina, de postre cortesía de la casa servido por las dulces manos que Jack ansiaba devorar.

Y Coryn sonrió con menos timidez. Jack no estaba mal. A ver, para ser exactos, era un hombre apuesto. Siempre llevaba corbata y no se quitaba la chaqueta para almorzar. Tenía elegancia. Ojos negros intensos. Manos limpias y uñas cuidadas. Al irse decía:

—Hasta mañana, señorita.

Y Coryn respondía:

—Hasta mañana, señor.

Jack la encontraba deliciosa. Un bombón. Sobre todo cuando sonreía. Parecía frágil. Tan dulce. Tan deseable. Tan ingenua… «Perfecta.»

Antes de que la segunda semana finalizase propuso cortésmente a Coryn ir juntos al cine.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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