10

 

 

 

 

Cuando Kyle se subió a un escenario por primera vez tuvo la exultante sensación de «estar vivo». El joven supo siempre que sería músico. Nunca había albergado la menor duda. Ninguna incertidumbre. Algunas cosas son así. Algunas personas son así. Cuando decenas de periodistas le preguntaran más tarde:

—¿Por qué decidió ser músico?

Kyle respondería sin dudarlo:

—Porque no podía ser de otro modo.

Si hubiese sido pintor, bailarín, equilibrista, escultor, enólogo o incluso escritor, habría empleado las mismas palabras. Hacía lo que necesitaba para vivir. Acaso por influencia de su madre, casi seguro. Acaso porque tenía un talento innato, casi seguro.

Kyle solo sentía la necesidad de tocar su instrumento y el deseo de correr tras las chicas; cuantas más, mejor. Solo pensaba raras veces en «eso». En «ella». Hacía tantos años que se había marchado…

 

 

Su padre seguía con vida y en la cárcel. El joven nunca había ido a verlo. Nunca había abierto ni una sola de las despreciables cartas que el Cabrón le enviaba con regularidad. La abogada le había asegurado que, dados los horrores infligidos a su madre, no saldría de prisión. Jane también se lo había prometido, y Kyle la había creído, porque Jane cumplía siempre su palabra. Su hermanastra era quince años mayor que él y, como es natural, se había ocupado del pequeño después de que el padre de Kyle matara a su madre.

Jane estudiaba y trabajaba en San Francisco. Kyle ni siquiera recordaba la época en que Jane había vivido con ellos. La chica odiaba al nuevo marido de su madre y este, por su parte, no la tragaba. Jane se las ingenió para conseguir una beca en la Universidad de San Francisco. Estaba lo bastante lejos para no tener que volver a Willington más que una vez al año. Por Navidad. De manera que Kyle solo conservaba dos recuerdos de su hermana: un camión y una grúa envueltos en papel blanco decorado con dibujos hechos por la propia Jane. Todavía se acordaba del Papá Noel extremadamente estilizado.

—¿Por qué Papá Noel vuela sobre una tela de araña?

—¿Te refieres a esto? —respondió la joven volviendo a examinar su obra—. Pero Kyle, ¿no ves que se trata del trineo y los renos para sujetar las riendas?

Kyle volvió a mirar el dibujo y se puso a contarlos.

—Hay demasiados. Te has equivocado.

—¿Por qué? ¿Sabes contar?

—Pues claro. Cuento las teclas que mamá toca con los dedos.

Jane nunca había sospechado el sufrimiento de su madre. No había visto ni una sola de las palizas, ni las quemaduras de cigarro. Nunca se había llevado bien con su padrastro, y se quedaba a dormir en casa de sus amigas lo más a menudo posible. Solo pensaba en poner el máximo de kilómetros entre ella y él. «Tengo que vivir mi vida.»

 

 

Jane se llevó al niño a San Francisco, donde mandó enterrar a su madre. Kyle no hizo preguntas. Descubrió el colegio, los amiguitos, la maestra que tenía voz de pájaro. Le gustaba ver a su hermana y su nueva casa cuando regresaba. Jane no cocinaba bien, pero «¿y qué?». El sabor de los alimentos no le llamaba mucho la atención. Estaba más atento a lo que entendía, a lo que resonaba en su interior. Todo tenía un ritmo. Los tacones de la señora Miller al pasar por entre las filas. Las ruedas chirriantes del autobús amarillo del colegio. Las pisadas que crujían en la casa. El gluglú del frigorífico en respuesta a la descarga del dispensador de agua fría mientras se llenaba a trompicones, la crepitación del aceite en la sartén incandescente. Los bocinazos de la calle, las sirenas lejanas. «Muy lejanas…» Kyle tamborileaba con los dedos para reproducir el ritmo y estar seguro, llegada la noche, de memorizar las melodías antes de dormirse. Las retenía, y solo oía a medias la voz de Jane, quien hacía esfuerzos sobrehumanos por encontrar un hueco para contarle historias.

—¿No sabes cantar?

Jane dejó el libro.

—No soy exactamente como mamá, Kyle.

—Ya. Tú eres mi hermana… Mi hermana mayor.

La miró con extrañeza y agachó la cabeza.

—¿Sí?

Kyle siguió mirando hacia un punto lejano.

—Quiero tocar el piano.

Jane apuntó a su hermano a clases de piano. Tendría ocho años más o menos. Lo acompañaba todas las semanas y esperaba sentada en un banco a que terminase. A veces levantaba la cabeza de sus libros cuando una nota la hacía vibrar más que otra. Después lo llevaba a casa y lo dejaba al cuidado de la compañera de cuarto que tuviera en ese momento para irse a trabajar al hospital, de noche. Porque estaba mejor pagado y eso le permitía…

—… estar aquí cuando te despiertas, hermanito. Puedo acompañarte al autobús.

—¿Y después te vas a dormir?

—Después voy a la universidad.

—¿Y no duermes, Jane?

—¡Sí, sobre la marcha!

Kyle no sabía lo que significaba eso. Quiso preguntar a Jane si había una cama sobre «la marcha», pero su hermana lo metió en el autobús.

Jane estudiaba y trabajaba como una descosida sin quejarse. Tenía motivación de sobra. Tras la muerte de su madre cambió de orientación profesional. Dejó los estudios de enfermería y se hizo asistenta social para ayudar a las mujeres maltratadas por sus cabrones-maridos-amantes-destructores…

—… para que nunca se conviertan en sus asesinos.

Sabía muy bien que era porque ella, Jane, no había sido capaz de ver nada. Se culpaba —a muerte— por no haber estado más cerca, más accesible. Más atenta. Sí, a la escucha, como una buena hija. No había desempeñado su papel. Había metido la pata por egoísmo. ¿Eso cómo se compensaba? ¿Cuál era la condena por ese… crimen? ¿Cómo se vivía con eso? «Haciendo lo que hago.»

Jane había leído que en todo el mundo, en todas las clases sociales, una de cada tres mujeres era golpeada, maltratada y violada a lo largo de su vida. Que la mitad de los homicidios de las mujeres era a manos de sus parejas. Que cada tres días una mujer moría bajo los puños de un hombre que se suponía que la amaba. Que esos datos eran estables e inmutables. Una verdad como un templo. Que esos números se triplicaban si se tenían en cuenta a las víctimas colaterales y se contaban los suicidios; si se tenía en consideración a los niños. Que, por desgracia, también había mujeres que maltrataban y mataban… Y que si sumásemos todos esos números desde la creación del mundo no sentiríamos vértigo sino un asco profundo.

¿Quién era capaz de creer que era por amor?

Jane jamás podría perdonar lo que era «imperdonable». Ella misma no se perdonaría. Lo que el Cabrón le había hecho a su madre había determinado su vida. Y la de Kyle. Por eso hizo cuanto estuvo en su mano para que su hermano no dejase de tocar el piano. Para que pensara en otra cosa… «Cuando es imposible olvidar.»

—Kyle no solo tiene talento —aseguró John Mansciewski, el profesor de piano—. Tiene eso… Me pregunto qué más puedo enseñarle.

Jane se echó a reír, y compró un piano; su coche nuevo tendría que esperar al año siguiente. Kyle permaneció toda la tarde en el porche al acecho de los repartidores. Cuando por fin colocaron el piano en el salón, se sentó frente a él. En el suelo. Dos horas.

—Es tuyo —le susurró Jane mientras comían—. Puedes tocarlo.

—Lo sé.

—Entonces… ¿a qué esperas?

—Estamos haciéndonos amigos.

Necesitaron exactamente seis días y cinco noches para «hacerse amigos». A la mañana siguiente Kyle tocó sin interrupción y Jane supo que serían inseparables. En cuanto paró fue corriendo al cuarto de su hermana, sin aliento:

—No lo venderás jamás, ¿verdad?

—Pues claro que no. Un amigo es para toda la vida.

Cuando Kyle tocaba no habría sabido decir si la música salía por sus dedos para resbalar por el teclado o si el piano lo poseía hasta el punto de fundirse con su alma. Tocaba… y vivía. Punto.

Jane, por su parte, tenía la profunda convicción de que su hermano llegaría lejos. Lo imaginaba recorriendo el mundo como un pianista virtuoso. Estaría extremadamente elegante con su esmoquin. Sería más alto e incluso más delgado. Se alisaría el pelo, peinándolo hacia atrás, y aquel mechón rebelde ya no le caería sobre la frente tapándole los ojos. Los tendría cerrados mientras las multitudes, que se habrían desplazado para verlo, lo escucharían y solo se levantarían con pesar de su asiento cuando el músico se hubiera marchado, finalmente, después de ser reclamado a escena en numerosas ocasiones. Luego esa curiosa entidad dotada de miles de ojos se descompondría, y cada cual se llevaría consigo una emoción única.

Una tarde Jane se sintió tan turbada mientras observaba a su hermano al piano que habría deseado abrazarlo para decirle todo eso. Para darle las gracias. Como todos los espectadores. Pero se retiró a su dormitorio por pudor.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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